Colectivos con armas largas mantienen el orden en venta de productos importados por el Gobierno

Desde las 2:00 am y hasta las 5:00 pm hubo cola para comprar productos importados

armas largas y la mirada fija sobre la cola, se trasladan de un lado a otro. De rostros fríos y gestos distantes, se imponen ante la larga fila personas que esperan pacientes afuera. Dan órdenes y son acatadas por todos. Nadie los contradice en medio de ese amanecer empujado por un Sol que se advierte generoso.

La imagen no es de un campo de concentración. Corresponde al proceso para comprar alimentos y productos de primera necesidad importados por el Estado venezolano y que son ofertados en ocho puntos dispuestos por el Gobierno, en el llamado Plan de Abastecimiento Complementario con el que buscan combatir la “guerra económica” que atraviesa el país.

El jueves 20 de octubre, a las 2:00 am, Zulay Rodríguez, de 62 años de edad, llegó a la avenida Los Mangos, sector La Florida, en Caracas. No había luz en la calle, excepto la de la Luna y las luces de una panadería, dos cuadras más arriba. El frío y un suéter de tela gruesa de color gris, eran sus únicos acompañantes.

Más personas se le fueron sumando a medida en que pasaban las horas. Llegaban en motos, taxis o en carros particulares. Para Zulay, el temor a la inseguridad comenzaba a pesar menos. Aún así, no redujo la presión con la que ocultaba el morral negro entre sus delgadas piernas y el pecho. Llevaba dentro 10 mil bolívares en efectivo que se trajo desde Santa Fe, donde vive, “para comprar lo poquito que alcance”, dijo.

Luego de tres horas, a las 5:00 am, la cola comenzó a moverse. Cientos de personas esperaban estar entre los primeros 500 puestos. Los que llegaran después, tenían que arrojarse a la profundidad de la noche del día siguiente. El horario de compra es de martes a viernes de 7:00 am a 3:00 pm, y los sábados y domingos y días feriados de 8:00 am a 4:00 pm.

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Los vendedores de café y avena también madrugan con los compradores. Más tarde, se unen los vendedores de chucherías. A Freddy Morales, de 27 años, le funciona mejor levantarse de madrugada para salir a vender café, que pararse a las 7:00 am y salir a un trabajo convencional. Diariamente hace Bs. 11 mil con la venta de “un negrito” pequeño a Bs. 100.

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La mayoría de las personas eran de Caracas. Coincidían en algo: a pesar de que desconocían cuántas horas los separaban de los alimentos más buscados en los anaqueles venezolanos, era seguro que esta vez nadie saldría a decirles “ya no hay, vuelvan mañana”.

La primera advertencia del día se asomó a gritos a las 6:00 am. “¡Señores, no se salgan de la fila; si no, los oficiales y los colectivos les van a llamar la atención!” La cola dejaba entonces tres cuadras vacías de la avenida Los Mangos para entrar a la Transversal 1 de La Florida, cuando un llamado de atención golpeó los oídos de los amanecidos. -¿Los colectivos? – dijeron varios con extrañeza.

Sí, eran ellos, los colectivos de Chapellín, el sector donde está ubicada la estructura que fue tomada en el año 1999 por el Gobierno nacional para atender a los afectados de la tragedia de Vargas. Estos, junto a miembros del consejo comunal y la Guardia Nacional Bolivariana, se encargarían de la seguridad y el orden del lugar.

No faltó tampoco quien dijo “que ironía: me siento seguro dentro de tanta inseguridad”. ¿Quién podría atreverse a alterar el orden cuando colectivos y la seguridad del Estado caminan juntos con armas largas descansando a un costado del cuerpo?

A las 6:30 am los documentos de identidad de hombres, mujeres embarazadas, con niños en brazos, personas de la tercera edad, etc, fueron a parar a manos de los guardias y de inmediato a una pequeña caja de cartón, hasta que el nombre del dueño fuera llamado para ingresar al galpón, donde la mercancía es vendida hasta más de 400% por encima del precio de los productos regulados.

 

Media hora después pasó el primer lote de 50 personas -entre ellas Zulay- al estacionamiento. Mientras tanto, uniformados de la Fuerza Armada Nacional y ajenos a la institución se mantenían vigilantes. Fue entonces cuando salió a relucir la arepa asada con mantequilla de una mujer de aproximadamente 40 años, piel bronceada, contextura ancha y barriga pronunciada. Poco duró el alimento.

Minutos después, un hombre casi contemporáneo, de piel blanca, ubicado dos filas más a la derecha y dos espacios hacia atrás, sacó de una bolsa azul, algo envuelto en papel aluminio. Eran cuatro panquecas. Las preparó solo con harina de trigo y agua. Aseguró a su esposa, a su lado en un banquito, que llegaría el momento de una Venezuela que le diera todos los ingredientes, “incluyendo la vainilla, mi amor”.

La calma impuesta desde antes de salir el Sol se mantuvo hasta las 10:32 am. Había pasado una hora y media sin que saliera alguien a llamar a otro grupo de personas. Iban por la cuarta fila de diez. Se suponía, por información de quienes habían visitado el lugar, que antes del mediodía ya todos habrían comprado.

“¡Señores, el sistema está lento! Vamos a mantener la calma”, sugirió un Guardia, de contextura ancha, con la barriga amplia y sobresaliente. Adentro, donde había al menos 30 guardias nacionales y miembros del colectivo de la zona, operaban seis cajas de cobro para cancelar, cada una con una máquina contadora de dinero en efectivo.

Cuando por fin llaman al próximo grupo de 30 personas, una mujer con un niño en brazos dejó salir su ira por tanta espera bajo el sol ardiente:

– ¡Mira, mira, ¿qué pasa ahí? Esa gente estaba detrás de mí.

Los ánimos duplicaron el calor. Las experiencias vividas en la gestión de Gobierno de Nicolás Maduro, del expresidente Hugo Chávez y los anteriores, salieron a flote.

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Nadie pudo confirmar que haya sido un error o adrede, pero los llamados no eran de acuerdo con el orden en el que fueron recogidas las cédulas. Funcionarios y civiles intercambiaron palabras de disgusto y caras pesadas hasta pasada la 2:00 pm, cuando entró el último grupo de personas. Llevaban ya 12 horas en el sitio.

– Yo estoy aquí, hermano, igual que tú, desde la madrugada, aguantando la pela, dijo calmado un Guardia Nacional a los no pocos que esperaban.

– La diferencia es que a ti te pagan para eso, a nosotros nos obligan, rebotó alguien.

 

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