A la intemperie: vecinos evacuados aguardan frente a sus edificios inhabitables
Mujeres y hombres se sientan a vigilar sus enseres recién sacados frente a sus edificios surcados de grietas

En varias aceras de Los Palos Grandes hay una fila de muebles, colchones inflables, maletas a medio hacer y cajas llenas de lo que el terremoto no rompió. Mujeres y hombres se sientan a vigilar sus enseres recién sacados frente a sus edificios surcados de grietas. Las autoridades les han advertido que no pueden volver a sus apartamentos por los riesgos de desplome. Se han quedado afuera, despojados por completo de su cotidianidad. Es la media tarde del viernes 26 de junio, al este de Caracas, en el municipio Chacao del Área Metropolitana. El tercer días tras el doble movimiento telúrico que sacudió a Venezuela.
Sentados al lado de sus portones, los afectados se tragan los suspiros y apenas apartan la vista para leer las noticias en sus teléfonos. Algunos han perdido amigos y familias que vivían en La Guaira, a 30 km de distancia de la capital, y se suman en un luto silencioso. Otros se sienten culpables por quejarse de su situación actual: permanecen en la calle, es verdad, pero están vivos, con unas cuantas pertenencias a cuestas. El sol les broncea las caras y les calienta las cabezas, el agua embotellada se entibia rápidamente en sus manos y el tiempo parece transcurrir demasiado lento.

“Antes de ayer (el miércoles 24) me encontraba con mis sobrinas. De los nervios casi no pudimos abrir la reja durante el terremoto. Se desplomaron casi todas las paredes del apartamento, los vidrios se partieron; pero ninguno de nosotros sufrió una lesión. Estoy pensando a ver dónde me voy y gracias a Dios mi familia ha podido ayudarme”, dijo Luis Zerpa, mecánico de 67 años, residente del apartamento 1 (primer piso) del edificio Imperial. Las bases del inmueble están fracturadas y hasta ahora ninguno de los cinco pisos puede habitarse.
En varios viajes y con ayuda, Zerpa ha logrado sacar los muebles que no terminaron destruidos, un par de electrodomésticos y otros tantos bienes. Un sobrino le consiguió un camión de mudanza para mover todas las cosas a hogares de parientes repartidos en Caracas. Mientras, los vecinos del Imperial esperan las inspecciones gubernamentales que no han llegado, porque la mayor parte de los esfuerzos de la alcaldía se han destinado a mover los escombros del complejo residencial Petunia I y otros dos inmuebles que colapsaron en el municipio Chacao.
Alrededor de la primera transversal de Los Palos Grandes, decenas de edificaciones de los años 50 y 60 se mantienen en pie, con sus balcones repletos de plantas. Pero están muertas por dentro, allí no se puede vivir. Nadie sabe cuánto tardarán las autoridades en realizar un censo completo de los edificios perdidos o en riesgo permanente.
Entre el jueves y el viernes de esta semana, empresas y organizaciones han ofrecido revisiones técnicas estructurales gratuitas en Caracas, con prioridad en los municipios Chacao, Baruta, El Hatillo y Sucre. No obstante, sin un pronunciamiento oficial de entes gubernamentales, pocas familias desalojadas podrán volver a sus hogares de forma segura.
La herida culposa
Mariam Barbar hizo varias cosas poco usuales en su rutina en la tarde del 24 de junio de 2026. Ese miércoles tenía agendado un viaje a Maracaibo, que se suspendió a último minuto. Era día feriado en Venezuela y sus hijas le habían pedido un squishy, un tipo de juguete moldeable que recupera su forma original tras ser estrujado. Barbar estaba bastante cansada así que, intentando no irse de casa, les impuso varias condiciones a las niñas para comprarlo. Limpiar, almorzar a una hora exacta, hacer las tareas pendientes. Las pequeñas de nueve y doce años las cumplieron todas y la madre no tuvo más remedio que salir con ellas del edificio San Miguel, en la avenida Luis Roche, en Altamira, a cumplir su palabra.
“Me bañé antes. Primera vez en mi vida que salgo con el pelo mojado. Parece tonto, pero es que esas cosas uno a veces las recuerda porque dices ‘Si me hubiese quedado secándome el pelo, ¿qué hubiese pasado?’ Entonces salí dos minutos antes del terremoto. No quise sacar el carro, me iba a ir en metro. Es decir, no trabajé, no me fui de viaje, no saqué el carro, salí apurada con el cabello mojado. Cuando llegué a la esquina en Altamira, empezó a temblar”, contó Barbar a Efecto Cocuyo.
Al principio, creyó que se trataba de una bomba y se aferró a sus hijas por un rato hasta que la tierra dejó de moverse. Se quedó durante algunas horas en la plaza Francia de Altamira, asimilando el evento, y aguardando instrucciones de los entes gubernamentales y de su hermano. En ese entonces no sabía que en las próximas horas sus pertenencias se reducirían a un par de uniformes escolares, varias prendas de ropa cotidiana y sus documentos de identificación.

“Estaba pensando que era un simple temblor y que podría volver a mi casa, pero no. El edificio está demasiado comprometido. Hay opiniones diversas. La gente está subiendo de a diez minutos buscando cosas, para que no se las roben. Yo volví y dejé 80 % de mis cosas ahí porque estuve pocos minutos. No creo que se pueda habitar nuevamente. Lo veo muy difícil por las columnas, las escaleras están completamente comprometidas”, relató Barbar el 26 de junio.
En la corta visita que hizo al piso 3 del San Miguel se topó con sus vecinos que subían y bajaban cuidadosamente los peldaños del edificio. Se miraron a los ojos, en silencio. Ojos rojos por llorar durante dos noches enteras. Nadie dijo nada mientras sacaban lo poco que pudieron salvar. Pasillos destrozados, muros partidos, suelos inestables. Es lo que queda. Un armatoste en peligro de derrumbe.
“Yo saqué una cesta con los uniformes y la ropa, vi a unos periodistas que me estaban grabando y me dio un ataque de pánico. Empecé a vomitar, me echaron agua en la cara, después fue que reaccioné. No paraba de llorar. Cada hora que pasa caigo más en cuenta de lo que pasó. Los inmuebles están carísimos, pero sé que hay mucha gente que está peor”, dijo Barbar.
Su hija mayor también ha experimentado episodios de angustias.


Hay una indefensión cruda y cierta culpa en las aceras de Chacao. La gente se limpia las lágrimas rápidamente y pide perdón por llorar por sus casas perdidas o dañadas. Piensan en los muertos de La Guaira, tapiados bajo toneladas de concreto y cemento. Creen que sus propias tragedias son superficiales. Sin embargo, en Venezuela (y quizás cualquier parte del mundo) quedarse sin hogar es perder la estabilidad, la intimidad y la certeza del futuro, que en este país de crisis permanentes es casi un golpe de gracia para miles de personas que trabajan diariamente para sostener a sus familias.
“¿Sabes qué pasa? Yo invertí todos mis ahorros en mudarme a Caracas y perdí tantas cosas… pero he estado sintiendo culpa por llorar por mis cosas, por el dinero, cuando hay gente que cuenta que caminó entre fallecidos en La Guaira. Me estaba sintiendo culpable por quejarme de eso. Pero a mí también me duele lo que me pasó, también es una pérdida, un duelo, un proceso”, dijo Barbar.
Por ahora, se aloja en casa de un tío en Manzanares, municipio Baruta, cuyo acceso a servicios públicos es intermitente. A la par, vecinos permanecen en vigilia frente al San Miguel, con miedo de que sea saqueado si se atreven a abandonarlo.
“El alcalde de Chacao dijo que iba a dar ayudas para hoteles. Me quedé esperando que me llamaran, ayer estuve una hora y media aquí en la plaza. Dicen que van a inspeccionar, pero no lo han hecho. Nadie sabe en qué va a parar esta situación”, puntualizó Barbar.
Respuestas que tardan en llegar
El último balance estatal hasta las 8:30 p.m. del este viernes 26 de junio contabilizaba 920 muertos, 3.360 heridos y 3.007 damnificados a nivel nacional. El gobierno y sus diferentes entes han habilitado refugios en hoteles, parques y plazas para las personas que se han quedado sin hogar. La respuesta es lenta, entre los equipos de rescate sin recursos que luchan hasta el último minuto para sacar a los tapiados entre los escombros y los miles de heridos que son trasladados a centros de salud en colapso.
Alrededor de Los Palos Grandes los esfuerzos no se centran en los que se mantienen con sus pertenencias en las aceras, sino en los pedazos de bloques esparcidos en la primera transversal en los restos del Petunia I, de donde apenas han logrado rescatar a 23 personas de los 14 pisos que tenía ese edificio.
Los vecinos de Los Palos Grandes dependen de un informe técnico para saber si su vida puede continuar con algo de normalidad. Siguen esperando, rezando por los que ya no están, algunos ayudando en los centros de acopio cercano y, sobre todo, agradeciendo la oportunidad de seguir respirando en medio del desastre.
