A la deriva el transporte marítimo en Venezuela

LA HUMANIDAD · 4 JULIO, 2021 11:30

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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Un solitario catamarán se mantiene flotando en el muelle de Araya desde hace cuatro años. Ya van más de mil cuatrocientos sesenta días que los habitantes del pueblo se despiertan a las dos de la madrugada y se apresuran para llegar a la embarcación, la única manera segura de cruzar rápidamente los 70 kilómetros de mar que los separa de Cumaná.

Cuando necesita comprar telas para completar algún pedido, Gisela Pérez elige un suéter grueso para protegerse del frío y sale de su casa apenas el reloj marca las 2:01 a.m. La costurera camina un par de calles oscuras a paso rápido y no para hasta contemplar la silueta de al menos cincuenta personas que hacen una fila silenciosa en el muelle.

A las cuatro, un grupo de guardias anotan nombres en una hoja blanca. Los nombres de los primeros cuarenta y cinco de la cola. Son los únicos que podrán subir al catamarán cuando esté a punto de zarpar y pagar los 50.000 bolívares de pasaje reglamentario.

Los demás deberán quedarse o elegir cancelar 3.000.000 de bolívares a precarios botes peñeros, conducidos por hombres que quieren ganarse algún dinero trasladando personas que lo necesitan. Pero estos pequeños botecitos se astillan y son tan antiguos, que algunos dicen que hay que saber nadar si se toma la decisión de abordarlos.

Debido a la pandemia del COVID-19, todos deben viajar con su reglamentario tapabocas, pero es algo que no suele cumplirse.

“Esa es una odisea para ir, y para venir es otra. Además, los guardias venden el puesto en la lista. Les dicen a las personas que van llegando “Dame 1.500.000” o “dame 5.000.000”, depende de la hora. Yo lo noté. Lo que están es bachaqueando”, contó Gisela a Efecto Cocuyo el 30 de junio de 2021.

La árida tierra de Araya, en el estado Sucre, al nororiente de Venezuela, es tan famosa por su península como por sus salinas. Aparece en los libros de geografía desde 1499, cuando fue descubierta por Cristóbal Guerra y Pedro Alonso Niño. Hasta principios de este siglo, atrajo una multitud de extranjeros, cineastas y empresarios seducidos por las playas y por la sal.

El pueblo ya no recuerda esto. Las nuevas generaciones están ansiosas por escapar y los más ancianos intentan sobrevivir cocinando con leña porque no hay gas desde hace meses. Tampoco agua potable en las tuberías o un servicio decente de electricidad.

La forma más rápida de salir es en lancha o barco. Pero las dos que tenían entre 2016 y 2017 fueron retiradas por el gobierno. Entre los habitantes corre el rumor de que se las llevaron para La Guaira en Caracas. En realidad, nadie sabe qué ocurrió con ellas. Ya casi cumplen cinco años solo con el catamarán como embarcación oficial de viajes para un estimado de 36.000 personas.

“Ojalá venga el presidente del INEA (Instituto Nacional de los Espacios Acuáticos) y duerma en el muelle de Araya y se vaya a las 4 a.m. en los botes destapados, para que viva en carne propia esa terrible experiencia”, dijo un habitante de Araya que no quiso ser identificado.

La gente de Araya compra la comida en Cumaná, en la entrada del golfo de Cariaco, la ciudad principal donde están todas las instituciones públicas del estado Sucre. Ahí también está el Hospital Universitario Antonio Patricio de Alcalá, donde hay que trasladar todos los pacientes de emergencia desde Araya, porque su propio hospital (Hospital Virgen del Valle) es un armatoste olvidado por las autoridades y en el poco se puede hacer para salvar una vida.

“El alcalde brilla por su ausencia. No hace nada. Hace un corto tiempo falleció un niño, los padres no pudieron llevarlo a tiempo a Cumaná. Murió a mitad de camino”, comentó Gisela.

Algunos enfermos o heridos mueren en alta mar, en botes prestados o alquilados. No hay lancha ambulancia en Araya desde hace tres años. Los pobladores han denunciado a viva voz la carencia y le han pedido soluciones al gobernador del estado, Edwin Rojas, y al alcalde de la localidad Jonny Acosta, ambos pertenecientes al Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv). No han obtenido más que promesas inconclusas.

Por ello, los dueños de los mismos botes y una que otra lancha particular se ofrecen a llevar a los que se están muriendo. Si es que consiguen la gasolina para navegar sin preocupaciones de quedar a la deriva.

Los choferes cargan pasajeros y mercancía por igual. A veces no hay espacio ni para poner los pies pero aún así se aventuran al mar. Hay quien han visto como por el  bamboleo de las olas, se ven en la obligación de lanzar los pesados sacos de sal por la borda para evitar el hundimiento del vehículo. Cuando eso pasa la angustia y los rezos se multiplican.  

En Araya nadie sabe exactamente cuántos se han contagiado de coronavirus, pero si entienden que los casos más graves están en riesgo de fallecer sin oportunidad siquiera de llegar a los muelles de Cumaná.

Por otro lado, las embarazadas primerizas son acomodadas en las tablas de madera de las embarcaciones, a veces a mitad de la noche. Entonces emprenden el viaje de media hora, acompañadas por sus maridos o madres, asustadas por el bamboleo del bote y rezando porque no llueva y que el mar se mantenga tranquilo. Algunas se aferran a la idea de que la Virgen del Valle no permitirá que ellas se ahoguen y ayudará a nacer al niño sano y salvo.

Aquellas que ya tienen hijos y saben qué les espera cuando entran en labores de parto, prefieren quedarse en Araya a dar a luz. Si no hay complicaciones, se sienten tranquilas de quedarse en su tierra, sin cruzar kilómetros de mar impredecible. Pero le siguen rezando a la virgen de todas formas.

En 1915, cuando en Venezuela había dos presidentes en el mismo período (uno electo y otro provisional), más de la mitad de la sal consumida por venezolanos se sacaba de la península de Araya y los sucrenses que vivían en el pueblo creían que los tiempos mejorarían. Se equivocaron. Gisela Pérez no nació en 1915, pero explica que en sus 62 años de vida no ha visto una situación tan catastrófica allí, como la que hay ahora.

Pescadores y migrantes

Con más de 71.295 kilómetros de azul mar territorial, en Venezuela es imposible ignorar el Caribe que se extiende al norte, hacia el océano Atlántico tropical. En especial para los habitantes de Sucre, Zulia, Falcón, Carabobo, Aragua, Vargas, Miranda, Anzoátegui, Delta Amacuro y Nueva Esparta, estados costeños del país.

Estos aprovecharon el recurso para desarrollar actividades pesqueras y turísticas, en general. Sin embargo, mientras que en 2008 el transporte marítimo y el turismo registraron un repunte, en junio de 2021 la nación entera es un cementerio de lanchas sin repuestos y embarcaciones abandonadas.

Debido a la pandemia del coronavirus, los turistas no ponen un pie en territorio venezolano. Además, la inseguridad, la crisis de la gasolina y la hiperinflación tienen paralizados a los pescadores. Trasladarse por mar ya no es una opción segura.

Al norte de Sucre, en el municipio de Valdez, está Güiria desde 1767. Es una ciudad pesquera cuyos mejores momentos sucedieron a mitad del siglo pasado. Hoy en día los 40.000 habitantes aproximados que allí viven miran hacia la fina línea del horizonte de las playas, intentando buscar una salida al hambre, el desempleo, la crisis de electricidad y la pobreza que los agobia.

Ramón Díaz tiene 52 años, tres hijos y una lancha propia que adquirió después de años de esfuerzo como pescador. Vive en el sector de Las Malvinas en Güiria y cuenta que sus compañeros solo alcanzan a trabajar tres días de cada quince.

La gasolina y el gasoil llegan racionados a la comunidad, subsidiados. Pero de nada sirven los 300 litros quincenales de combustible que les dan, porque una embarcación necesita 200 diarios para funcionar. Y salir a pescar no es sencillo. Díaz indica que se trata de suerte. Si la fortuna los persigue y vuelven a casa con una buena pesca, pueden obtener ingresos de hasta 20 dólares vendiéndola en el mercado.

Pero hay días en los que se levantan a las cuatro de la mañana, se embarcan a las cinco y cuando vuelven, con la luna vigilando su regreso, lo hacen con las manos vacías.

“Uno tiene la vida dura. Muy dura, mija. Uno se rebusca en esos casos. Te toca vender el poquito pescado que tenías guardado para ti, para comprar aunque sea una harina PAN”, dice Díaz.

Los pescadores suelen ser hombres rudos, con la piel quemada por el sol y las manos de marinos. No le tienen miedo a la lluvia cuando están en alta mar, pero no hay algo que los ponga más nerviosos que quedarse varados por falta de combustible o una falla en el bote.

“Hace como 15 días tuvimos que rescatar a dos. Se les quemó el motor. Estuvieron dos días en el mar. ¿Sabes que comieron? Pescado. Lo pusieron a asarse toda la tarde con el sol. Les funcionó”, aseguró Ramón.

Señala que existen centenares de lanchas y botes abandonados en Güiria, porque los repuestos no se consiguen fácilmente o son costosos y se cobran en dólares en Cumaná. El agua de mar no perdona, las piezas se oxidan y hay que ser muy cuidadoso para que la embarcación no se dañe. Sin ella, un pescador pierde automáticamente el sustento para llevar a su hogar, lo que lo puede llevar a tomar decisiones desesperadas.

En diciembre de 2020 la tragedia golpeó violentamente a Güiria cuando más de 30 venezolanos, incluyendo niños, se ahogaron intentando llegar a Trinidad y Tobago, a unos 100 kilómetros de mar abierto de distancia. Iban en dos peñeros y huían de la desidia de un Estado que los olvidó. Naufragaron en el intento.

Los botes pesqueros que prestan el servicio de traslado de personas en la localidad sucrense son viejos y poco capaces de llevar de forma segura a los 25 o 30 pasajeros con los que zarpan. Personas que intentan buscar una mejor vida, pero que saben que pueden terminar en el fondo del mar.

La crisis del turismo 

Hubo una época en la que las personas no escapaban del país, sino que se entusiasmaban con explorarlo. Especialmente, la afluencia era notoria en las costas venezolanas. No obstante, el flujo del turismo se ha visto reducido drásticamente, pero no por culpa del COVID-19.

La inseguridad, el transporte y la situación económica disuaden a quienes desean pasar unas vacaciones relajados en la arena, frente a las olas.

Por ejemplo, en octubre de 2020 la Asociación de Lancheros de Chichiriviche estableció el precio para subir a una lancha de siete personas con destino a Cayo Muerto, ubicado en el Parque Nacional Morrocoy del estado Falcón, en 40 dólares. Para ir a Cayo Sal, en el mismo parque al occidente venezolano, el monto ascendía a 50 dólares. Tan solo un paseo corto por la reserva protegida costaba 180 dólares

En el presente, una familia venezolana necesitaría más de 70 sueldos mínimos para costear el viaje en lancha, pues este se ubica en 7.000.000 de bolívares o dos dólares y medio aproximados desde mayo de 2021. La excusa en la que se escudan los lancheros es el costo de los repuestos de los vehículos acuáticos, las restricciones de la pandemia y la crisis del combustible.

En Puerto La Cruz (estado Anzoátegui), los turistas brillan por su ausencia. Las lanchas que llevan a la playa de Puinare, que forma parte del Parque Nacional Mochima, son vehículos viejos que crujen cuando subes en ellos. Servicios de embarcaciones como Reservaciones Puinare, cuentan que en diciembre de 2020 los lancheros podían contar con los dedos de las manos cuántos temporadistas acudían. El 6 de ese mes, tan solo un visitante ruso se embarcó a la playa, después de pagar 50 dólares para que lo llevaran. Estuvo todo el día frente a las olas, sorprendido por la soledad del lugar. 

El servicio de ferry

Nueva Esparta es el único estado insular que hay en Venezuela. Está formado por tres islas: Cubagua, Coche y, la más famosa, Margarita. En 1959 es inaugurada la Naviera Nueva Esparta C.A. (Naviesca), con el fin de prestar servicios de traslado de pasajeros en ferry en las últimas dos islas.

El ferry se convirtió en una de las principales vías de comunicación del país con Nueva Esparta. Hoy en día, estos barcos zarpan desde el Puerto de Guanta y Puerto La Cruz, estado Anzoátegui, en la región nororiental de Venezuela.

Naviesca inicialmente fue fundada por ocho empresarios margariteños, siendo el principal Rafael Tovar. Posteriormente pasó a llamarse Consolidada de Ferrys C.A. (Conferry). Esta fue nacionalizada en 2011 por el expresidente Hugo Chávez Frías. Desde entonces, los usuarios del servicio denuncian que el declive ha sido rápido y visible.

En 2016, la Cámara de Turismo del estado Nueva Esparta reportó que sólo funcionaba una de las 11 naves que tenía Conferry, debido a la falta de mantenimiento y la negativa a comprar repuestos por parte del Estado.

El problema no se termina en la pérdida de una flota de embarcaciones, sino que pasa por la corrupción denunciada en distintos medios de comunicación del país. En 2013, la presidente de la Nueva Conferry, Rosana González, anunció la compra de nuevos barcos traídos directamente desde Grecia.

Por ellos, el presidente de Bolipuertos, Hebert García Plaza, firmó un pago por poco más de 45 millones de euros. Sin embargo, lo que llegó a Venezuela fueron tres naves con graves fallas (Virgen de Coromoto, San Francisco de Asís y Virgen del Valle II). Por esto, el Tribunal 10 de Control del Área Metropolitana de Caracas ordenó la captura de García Plaza, quién fue acusado de comprar los ferrys con sobreprecio.

Actualmente, en Puerto La Cruz también funcionan las empresas privadas de ferry Navibus, Naviarca y Paraguaná. Sin embargo, en medio de la cruda situación con la pandemia y la crisis venezolana, son pocos los que toman un barco con motivos vacacionales a Margarita.