Chile: la vida en toque de queda - Efecto Cocuyo

INTERNACIONALES · 23 OCTUBRE, 2019 18:03

Chile: la vida en toque de queda

Texto por Mariel Lozada | @marielozadab

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Escribo esto en la cuarta noche de toque de queda en varias ciudades de Chile. Es raro. No solo porque, hace dos noches, cuando regresé a Santiago, tuve que pedirle permiso a la policía para moverme por la ciudad. También porque la Alameda, mi calle, la principal arteria vial de la ciudad, está en completo silencio. Cuando sabes lo ruidosa que es, este silencio aturde. Hace extrañar a los borrachos gritando y a los autos y micros tocando corneta toda la noche. 

Hoy, en la mañana, salí a ver qué me encontraba en la ciudad. Mi barrio, en pleno centro de las protestas, me resultaba desconocido. Muchos de los negocios habían sido saqueados. Los pocos que no, igual estaban cerrados. Si había gente, era reforzando las medidas de seguridad de sus locales. No sé dónde haré mis compras cuando la ciudad se calme, aunque ahora eso me parece un problema menor.

Había más gente en la calle: voluntarios limpiando, algunos por cuenta propio y otros coordinados por Karla Rubilar, la Intendenta de la Región Metropolitana de Santiago, y policías esperando la protesta del día. La protesta llegó, la represión también, y todo el trabajo de los voluntarios fue en vano. Si me asomo por la ventana, veo más sucio y basura que hace doce horas. 

Es el octavo día consecutivo de protestas en el país. Todo empezó el lunes 14 de octubre, con evasiones masivas en el metro. Una semana antes, el domingo 6, entró en vigencia el segundo aumento del año a las tarifas de transporte. El pasaje en hora pico -o punta, como se dice en Chile-, pasaba de costar 800 pesos chilenos a costar 830, algo así como 1,20$. Con ese precio, para los que ganan sueldo mínimo, el gasto en pasaje representaría cerca del 11% de su ingreso.

O bueno, para los que ganaban sueldo mínimo hasta la noche de hoy. Mientras intentaba adaptarme al silencio de mi casa, algo lo interrumpió: el discurso de Piñera. Me enteré por los cacerolazos fuera de hora. Finalmente hizo anuncios: el sueldo mínimo pasaría de 412$ a 481$, y la Pensión Básica Solidaria aumentaría 20%, al igual que el Aporte Previsional Solidario.  El paquete incluía otra serie de medidas, todas concentradas principalmente en la salud, a las que llamó Agenda Social. También pidió perdón, por lo que llamó su “falta de visión”. 

Desde La Moneda, anunció que mañana volverían a funcionar las líneas 3 y 6 del metro de Santiago, cerradas desde el viernes pasado. Hasta este martes, de las 136 estaciones de metro solo funcionaban 24. Santiago es una ciudad de 837,89 km2 y más de 6 millones de habitantes. No tener metro significa caos. 

Yo usé el único tramo disponible para llegar a mi oficina. En todas las estaciones que recorrí había personal reparando los daños de las instalaciones. Todas estaban casi vacías. ¿Otro factor en común? En todas había policías. Uno nunca se acostumbra a verlos en su día a día. 

La encargada de limpieza de mi piso en la redacción tuvo otra preocupación: los casi 40$ que ha gastado moviéndose desde y hacia su trabajo los días de protesta. “¿Y eso quién me lo repone?”, me pregunta, molesta, no solo por la plata, sino porque siente que volvimos a 1973, el año del golpe de Estado que derrocó a Allende.

Según el Instituto Nacional de Derechos Humanos, para la tarde del martes iban 1.692 detenidos, 226 heridos y cinco muertos por agentes del Estado. Según el gobierno, la cifra total de muertos va por 15, once de ellos a causa de “quemas e incendios de centros comerciales”.

La gente no está tan segura de ningún número. Una de las principales consignas de estos días ha sido que “la prensa miente”, y que todos deberían apagar la televisión e irse a protestar. Las protestas llegaron a los medios: este lunes las hubo en las sedes de CNN y de Mega, canales de televisión y el sábado pasado quemaron El Mercurio de Valparaíso.

Paro de escribir esto y reviso el chat de mis amigas. Todas venezolanas en Chile. Unas desde hace cinco años, otras desde hace un par de meses. Se dan apoyo entre ellas y comparten “herramientas para estar mejor en tiempos de violencia”. Cuentan cuánto han llorado, cuántos días tienen sin salir de sus casa y el miedo terrible que se siente al volver a ver colas en los supermercados.

Ese lo sentí también. También fui al supermercado de la zona a buscar atún, papel higiénico y otras cosas más, lo que los venezolanos ya sabemos que nos ayuda a sobrevivir. Incluso compré velas. Hoy, con el alma más tranquila y la despensa llena, pasé frente a, al menos, dos decenas de supermercados con colas. Lo mismo con las farmacias. 

Para la oposición, las medidas de Piñera “van en la línea correcta”, pero no “resuelven el fondo”. El mismo presidente lo dijo, que esta Agenda Social “no solucionará todos los problemas que aquejan a los chilenos”, pero que sí incrementará su calidad de vida y reducirá la brecha de la inequidad, eso que realmente está detrás de las protestas, aunque el aumento del pasaje del metro haya servido como gatillador. “No son 30 pesos, son 30 años de abusos”, se escucha y se lee en las calles. 

Es casi medianoche. El silencio se acabó: en la lejanía se escuchan gritos, insultos y cacerolas. Hace minutos se escucharon sirenas, que probablemente se dirigían hacia allá. Un helicóptero pasa sobre mi casa. Yo no me quiero acostumbrar a nada de esto. Mi amiga chilena me dice que no diga que quiero que Chile vuelva a la normalidad, que mejor diga que ojalá Chile cambie y sea mejor para todos. Ojalá. 

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