50 mil gargantas en el Zócalo

En esta crónica sobre el día inaugural del Mundial, Rafael Uzcátegui relata cómo se vivió el partido México-Sudáfrica en el Zócalo de la Ciudad de México

Pocos eventos pueden alterar el funcionamiento habitual de una megalópolis como Ciudad de México. Quizás el partido inaugural del Mundial de Fútbol, disputado este 11 de junio, haya sido lo más parecido a una pausa colectiva que puede experimentar una ciudad de nueve millones de habitantes. Durante 90 minutos, la actividad disminuyó al mínimo y el habitual bullicio del centro histórico se apagó cuando unas 50 mil personas, reunidas en el Zócalo, contuvieron la respiración tras el pitazo inicial del encuentro entre México y Sudáfrica.

México es, hasta ahora, el único país que ha sido sede de una Copa del Mundo en tres ocasiones. Para la inauguración de esta edición, compartida con Estados Unidos y Canadá, las autoridades suspendieron las clases en la capital, redujeron las actividades presenciales de la administración pública y recomendaron al sector privado adoptar esquemas de trabajo a distancia. Incluso para quienes querían mantenerse al margen del torneo, era imposible ignorar que aquel jueves no sería un día cualquiera.

La otra tribuna del Mundial

Quienes vivieron el Mundial de 1986 no dejan de comparar aquel torneo con el que comenzó este 2026. Recuerdan una época en la que las familias podían asistir a cualquiera de los partidos. En esta edición, en cambio, la entrada más barata cuesta cerca de la mitad del salario mínimo mensual de un trabajador promedio. Por eso, una crítica bastante común estos días es que será un torneo para los extranjeros.

Por esta razón, muchas personas prefirieron disfrutar el partido inaugural en el Zócalo, la plaza principal de la ciudad, antes que intentar acercarse al Estadio Azteca. La decisión también estuvo influida por el amplio dispositivo de seguridad desplegado en sus alrededores. Ante el anuncio de al menos siete manifestaciones con destino al juego inaugural, las autoridades establecieron un perímetro de acceso restringido alrededor del estadio, permitiendo el ingreso únicamente a quienes contaban con una entrada o acreditación.

Las movilizaciones habían sido convocadas por organizaciones campesinas, colectivos de familiares de desaparecidos, madres buscadoras y estudiantes, que buscaban aprovechar la atención mundial para visibilizar sus demandas. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) no solo había realizado marchas los días anteriores, sino que instaló una acampada de protesta en el Zócalo que mantuvo la realización del llamado “Fan Fest” en vilo hasta el último minuto.

Una urbe coloreada de verde

Cuando salí en dirección al Zócalo desde el sur de la ciudad, aproximadamente una de cada cuatro personas vestía la camiseta verde de la selección mexicana. Al salir de la estación Bellas Artes del Metro, la proporción había aumentado a una de cada dos. Aunque la camiseta oficial cuesta más de 100 dólares, era posible conseguir una réplica bastante convincente en cualquier mercado popular por unos 8 dólares.

Los días anteriores habían estado marcados por chubascos intermitentes. Sin embargo, la mañana de este jueves amaneció despejada. Tláloc, el antiguo dios mexica de la lluvia, pareció conceder una tregua a los aficionados como muestra de apoyo a “El Tri”, el nombre con el que millones de mexicanos se refieren a su selección nacional.

Pero no todo era fútbol. En las adyacencias de la Plaza de la Constitución, nombre oficial del Zócalo, permanecían las carpas de los maestros de la CNTE, que durante semanas habían ocupado buena parte del centro histórico. Para evitar un boicot al evento, las autoridades instalaron dos perímetros de vallas metálicas alrededor de la plaza. El acceso quedó reducido a una estrecha entrada por la calle 16 de septiembre, lo que convirtió el ingreso de miles de asistentes en un proceso lento y engorroso.

Para quienes en Caracas han visto partidos de la Vinotinto a cielo abierto en Las Mercedes, la escala del Zócalo resulta difícil de imaginar. La explanada principal de la ciudad equivale a seis plazas Alfredo Sadel colocadas una al lado de la otra. Según los periódicos, 50.000 gargantas cantaron allí el himno nacional antes del pitazo inicial del partido.

En el Fan Fest había varias pantallas gigantes y grandes carpas con actividades que era imposible constatar, dada la dificultad de movilidad ante la densidad de la asistencia. Las ofensivas de El Tri eran alentadas por frases usuales del coloquio chilango (el gentilicio de los habitantes de Ciudad de México): “No mames”, “Chinga a tu madre”, “Valiste verga”. Cuando los sudafricanos cometían alguna infracción, era reclamada al coro de “Culeroooooo”. El bullicio era ensordecedor, alternando el sonido de las vuvuzelas con las porras de “México, México”.

Los dos goles fueron celebrados como la Virgen de Guadalupe manda.

Durante la mañana, Tláloc había concedido una tregua a los aficionados. Pero apenas terminó el partido y comenzaron los festejos por la victoria de El Tri, el antiguo dios mexica de la lluvia decidió unirse a la celebración. Minutos después del pitazo final, una lluvia persistente cayó sobre la ciudad. Y nosotros caminábamos apresuradamente hacia una estación de Metro.