El Salvador y los trueques de la emergencia - Efecto Cocuyo

CORONAVIRUS · 3 JUNIO, 2020 15:31

El Salvador y los trueques de la emergencia

Texto por Cecibel Romero

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El presidente Nayib Bukele había vaticinado en marzo que para mediados de mayo la mitad de los salvadoreños (unos 3 millones 145 mil) se habría contagiado de la COVID-19, no de la epidemia de hambre. Esos números catastróficos sobre el impacto del coronavirus fueron transmitidos en cadena nacional de radio y televisión y sirvieron para imponer un estricto encierro y detener la economía.

Bukele terminaría de construir el escenario de miedo con una producción frenética de tuits en las próximas horas. “Algunos aún no se han dado cuenta, pero ya inició la Tercera Guerra Mundial”, escribió el 22 de marzo, el segundo día de aplicación de la cuarentena domiciliar obligatoria. El mensaje iba acompañado de una imagen del mapamundi bombardeado con puntos rojos que marcaban el avance de la pandemia.

Pero su predicción falló y lo que saltó a mitad de mayo fue la irrupción de cientos de puntitos blancos sobre las viviendas de las familias más pobres en el mapa de El Salvador.

Las banderas blancas sobre muros, puertas y ventanas comenzaron a multiplicarse la segunda quincena de mayo en la colonia Altavista de Soyapango; también en las “paredes” de lámina de casas del Barrio Modelo de San Salvador, Mejicanos y decenas de municipios más.

Algunas estaban manchadas con frases demoledoras: “Tenemos hambre precidente”; “Ayuda por favor”; “Necesitamos comida”.

Esos hogares parecían rendirse y solicitar una tregua al confinamiento porque ya estaban contra las cuerdas. En realidad estaban enviando una señal de que ya estaban pasando hambre y, en las condiciones de encierro y sin posibilidad de ingresos, no tenían opción: pedían solidaridad, pedían comida.

De esas casas vulnerables salen por las mañanas vendedores con sus carretones llenos de frutas y verduras; trabajadores por cuenta propia que viven del ingreso diario y que carecen de protección social.

Yaneth Soto, una madre soltera que vende ropa de segunda o tercera mano en las calles de Santa Ana, al occidente del país, notó lo que ocurría. Cuando vio los pañuelos blancos a su alrededor, decidió enviar al grupo de WhatsApp de sus vecinos algunas imágenes.

La primera, de una blusa azul marino de mujer con un cartel escrito a mano: “Cambio por paquete de galletas”; la del pantalón corto, arrugado, tirado sobre el piso, propone: “Cambio por una libra de frijol”; y una tercera es la de una blusa de mujer, a rayas rosas con blanco, ya deformada por el uso, por la que se piden apenas “dos bolsitas de detergente”.

Su intención era recoger algunos víveres para compartirlos con esas familias que tiraban la toalla porque ya habían luchado y no podían más. Pero sus amigos decidieron ampliar el radar y subirlas a Facebook y Twitter. La respuesta solidaria llegó rápidamente desde distintos puntos del país y sirvió para ayudar a 37 familias con frijoles, arroz, café, harina, papel higiénico, detergente y hasta galletas para los niños.

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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).