Cómo perder el futuro
“Una transición no consiste simplemente en trasladar el poder de unas manos a otras”

Por Alexis Alzuru
La Alemania de 1945 dejó una experiencia que Venezuela debería mirar con atención. Una sociedad profundamente devastada no se reconstruye cambiando gobiernos o convocando elecciones. La recuperación alemana fue sistémica: política, económica, institucional, productiva, social e internacional.
La transición no se limitó a decidir quién gobernaría. Antes hubo que responder preguntas más difíciles: ¿Qué país debía reconstruirse? ¿Qué capacidades se necesitaban para regresar al funcionamiento? ¿Qué tipo de dirección transitoria permitiría crear las condiciones para una futura competencia democrática?
La reconstrucción terminó articulándose mediante una arquitectura transitoria, descentralizada, progresivamente colegiada y anterior a la normalización plena de la competencia política.
Venezuela no se ha planteado esas interrogantes o, al menos, algunas parecidas. Después de tres décadas de deterioro, se sigue hablando de apellidos, diálogo, negociación, gobierno, oposición, Consejo Nacional Electoral (CNE), Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), sanciones, presos políticos y, por supuesto, elecciones. Todo eso importa.
Pero ¿es ése realmente el problema venezolano?
Primer riesgo: definir mal el problema
Venezuela no atraviesa simplemente una crisis política. Durante las últimas tres décadas el Estado se arruinó. Colapsó buena parte del aparato productivo. Se desfondó el sistema educativo, emigraron millones de personas, desaparecieron capacidades profesionales y empresariales, se desmantelaron organizaciones civiles, partidos y sindicatos. Y, especialmente, se destruyó el ecosistema ético-político, social y normativo que hace posible la deliberación y la cooperación.
No estamos únicamente frente a una crisis de gobierno. Estamos frente a una crisis civilizatoria. Y si diagnosticamos como exclusivamente político un problema sistémico, la solución terminará reproduciendo la catástrofe bajo nuevas formas.
Segundo riesgo: definir mal qué significa transición
Una transición no consiste simplemente en trasladar el poder de unas manos a otras. Menos aún en organizar elecciones y declarar reconstruida la democracia. La ecuación para reconstruir un país y avanzar hacia la democracia es bastante más compleja como lo demostró la experiencia alemana. En el caso venezolano, para siquiera aproximarse a esa ecuación, habría antes que preguntarse: ¿Qué tipo de capacidades deberán recuperarse para volver a gobernarnos, producir, aprender, cooperar y competir?
Las elecciones forman parte de la ecuación. No pueden sustituirla.
Tercer riesgo: posicionar mal el centro decisional
Gobierno y oposición son actores necesarios. Estados Unidos posee hoy una enorme capacidad para condicionar el proceso. Pero ninguno de ellos, por separado o en conjunto, representa todo aquello que debe reconstruirse. Si el problema es sistémico, el dispositivo de solución no puede ser exclusivamente partidista.
¿Dónde están los representantes regionales y municipales? ¿Las asociaciones de vecinos? ¿Las organizaciones civiles? ¿La monumental diáspora? ¿Los trabajadores? ¿Las universidades? ¿Los empresarios? ¿Los profesionales? Ninguna mesa puede representar por sí sola a una sociedad desarticulada.
Reconstruir una sociedad es mucho más complejo que negociar cuotas de poder entre quienes administran o aspiran a administrar el aparato político.
Y existe un cuarto riesgo todavía más peligroso: el tiempo
Venezuela perdió casi tres décadas. Pero 30 años perdidos hoy no significan lo mismo que 30 años perdidos hace un siglo. Mientras Venezuela retrocedía, el mundo siguió avanzando. Cambió la economía, cambió la energía, cambió la ciencia, la tecnología. Apareció la inteligencia artificial, se transformaron el conocimiento, la productividad, las relaciones geopolíticas y hasta las formas de ejercer el poder.
Venezuela enfrenta entonces una paradoja brutal: no solamente perdió tiempo. Mientras dialoga tendrá que correr detrás de fronteras que están evolucionando a gran velocidad.
No basta con comenzar a crecer o tener un nuevo gobierno. Hay que cerrar una brecha que se amplía exponencialmente mientras intentamos recorrerla. Por eso, el error más peligroso de la negociación es imaginar que Venezuela necesita soluciones parecidas a las que necesitaba antes de su destrucción.
Ese país ya no existe. Y el mundo al que pertenecía tampoco.
La transición no es recuperar el país que perdimos, debe construir la Venezuela capaz de entrar en el mundo que apareció mientras retrocedíamos. Por eso, la pregunta decisiva no es solamente quién gobernará ni cuándo habrá elecciones. Es inexorablemente otra: ¿Se negociará una transferencia de poder o, finalmente, se diseñará una nueva nación?
Venezuela puede cambiar de presidente sin haber comenzado su transición. Y mientras discute quién ocupará el poder, el mundo seguirá avanzando. No va a esperarnos.
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