Voluntarios de Ciudad Ojeda a Catia la Mar: No podía estar en mi casa sin hacer nada
Treinta y tres jóvenes salieron del Zulia para ayudar en las labores de rescate de las victimas de los terremotos en La Guaira

A los venezolanos los une un sentimiento: la impotencia. Esa misma emoción que llevó a Abdías Morín desde el Zulia hasta La Guaira. Tras una llamada de un amigo que le habló de un asiento libre en un bus, se unió a un grupo de 33 enfermeras, fisioterapeutas y rescatistas voluntarios que viajó el viernes 26 de junio durante ocho horas hasta Caracas.
Sin recursos y sin una especialización médica, sintió que su curso de primeros auxilios no era suficiente. Acompañó al grupo hasta el Poliedro de Caracas, donde las largas filas de civiles voluntarios rodean las rejas del espacio, y consiguió un QR para acceder a la zona. Aún no sabían su destino, pero el sistema creado por el Estado les arrojó Catia la Mar. Allí llegaron por otro voluntario, que trasladó a las 33 personas en un camión.
Con el corazón arrugado decidió aportar su grano de arena. Sin experiencia se unió a un grupo de rescatistas extranjeros. Dice que no es lo mismo ver el desastre del doble terremoto en Instagram, que vivirlo en persona.
La necesidad y decadencia de los sobrevivientes lo marcó. Entre los escombros, no encontró personas vivas. “Ayudamos a los familiares a recuperar los cuerpos de sus seres queridos, eso es un gran aporte. Quisimos hacer más, pero las circunstancias y el tiempo que había pasado no lo permitieron”.
Con ganas y voluntad
En Playa Grande, la zona a la que designaron a Abdías, ya había grupos de rescatistas alemanes, estadounidenses, salvadoreños y holandeses que organizaron a los voluntarios venezolanos y les indicaban qué escombros mover con cuerdas o cómo buscar sobrevivientes entre los edificios colapsados.
Aunque su cara muestra el cansancio físico, el emocional sale con el rechazo a hablar de lo que vio. “Nuestra intención era rescatar personas con vida, pero estamos contribuyendo. Nos da un poco de calma”, exclamó. Sus ojos se cristalizan al hablar de los hermanos venezolanos, aquellos por los que vino.
Destacó que si los voluntarios no tienen experiencia, es mejor que no visiten las zonas. Se ríe, porque aunque él no tenía el conocimiento, sí las ganas y la voluntad. “Si no estás preparado para ver lo que se vive acá, si no sabes cómo reaccionar en este tipo de situaciones, es mejor que no vengas. Aquí se necesita ayuda real”.
Dolor y tristeza. Esos fueron los sentimientos que embargaron a Abdías ante el desastre. Lo que lo motiva a seguir ayudando no lo sabe con certeza, pero para él es más valioso colaborar que estar en su casa sin hacer nada. En Catia la Mar no se siente bien, pero sí útil. Pidió unos días libres en su trabajo, que le dieron al saber que estaría acompañado por personal médico. Piensa regresar este martes, con el mismo grupo de voluntarios con el que llegó.

Dormir ante la tragedia
Abraham Estrada es vendedor e hizo un curso de rescate; no sabe cómo describir la situación de las familias, pero sí destaca que el desastre queda en la mente. En el terminal, sentado y con insomnio, dice: “No es fácil llegar, acostarse y no pensar en eso”. Intentó dormir sobre el suelo, pero se le venía a la mente todo lo que vio. Las personas fallecidas, las familias llorando, personas que no podían sacar a sus seres queridos de los escombros. “Muchos decían que estaban vivos, otros les decían que no, que ya estaban muertos”.
Abraham es una persona que suele dar mucho y sintió que podía dar más desde La Guaira. “Nuestros hermanos nos necesitaban, no podía estar en mi casa sin hacer nada”. El terminal de Catia la Mar se convirtió en un centro de acopio, distribución de insumos, espacio para atender emergencias médicas y de recepción de personal médico.

Sin capacidad ante las catástrofes
Adrián Hernández, contador, dice que no es un secreto que Venezuela no tiene el personal para enfrentar una catástrofe. “Debido a la falta de capacitación que tenemos, los especialistas en el área de rescate de otros países sumán mucho más. Nosotros somos un aporte, un engranaje para que todo funcione”.
A Adrián, en el Zulia, le rompió el corazón ver los videos de niños y adultos mayores. Empezó a recolectar comida, donó en centros de acopio, pero pensó que no era suficiente. “Esta es una situación que como país nos debería unir, aunque sean ciudades diferentes, somos venezolanos. No tengo la capacidad de los rescatistas profesionales, pero tengo la motivación”.
Aunque no han dormido y no sabían a lo que se iban a enfrentar, el grupo ha dado el cien por ciento. Reconocen que no tienen todas las herramientas, pero entregan lo mejor de sí. Algunos están en shock, siguiendo los protocolos y a los rescatistas extranjeros. “Ningún país está preparado, pero Venezuela en especial no está capacitada para una tragedia así”, concluyó Adrián.
