“Me dijeron que recomendara a otro venezolano”, cuenta uno de los 64 galenos al sur de Chile

Empezar de cero a más de 7.000 kilómetros de casa. Eso hicieron la doctora Ana Natera y su esposo. Ambos cirujanos pediatras que prestaban servicio en el hospital J. M. de los Ríos. Ella, con una década de experiencia. Él, con tres.

Transcurrieron años mientras pensanban cuál era la decisióncorrecta“: quedarse a batallar por el país o meter la vida en un par de maletas, montarse en un avión y luchar por su futuro, pero la crisis política y económica los hizo decidirse por la segunda. El 1 de agosto de 2016 aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez, de Santiago de Chile, y empezó la odisea de los papeles, de buscar trabajo y adaptarse a un nuevo país.

Hoy ambos son parte de la plantilla del Hospital Puerto Montt Dr. Eduardo Schütz Schroeder, una ciudad a 12 horas de Santiago y puerta de entrada a la Patagonia chilena. El centro de salud recientemente fue noticia por la cantidad de venezolanos que trabajan allí: en total 64 galenos de distintas edades, orígenes y especialidades. Son el 16% del personal médico del hospital, y el 80% de sus trabajadores extranjeros.

Chile es un país de inclusión. Es el único país que tiene en sus billetes la imagen de una persona que no nació dentro de su territorio, Andrés Bello, un venezolano”. Así empezó el discurso de agradecimiento de la doctora Rosalyn González, endocrinóloga, encargada de representar a la comunidad venezolana en el homenaje rendido a los médicos extranjeros que forman parte de ese centro de salud.

Habló de cómo se han sentido en casa en Puerto Montt, a pesar de tener que acostumbrarse a un nuevo clima y tradiciones; de cómo ahora en los pasillos del hospital se oye decir “chévere” y “bacán”  (versión austral de la expresión criolla) y de cómo en las reuniones sociales se ofrece no solo pebre (salsa típica chilena), sino también guasacaca.

El inicio

Hablar con el doctor Anselmo Campos, el primer galeno venezolano en incorporarse al Schutz Schroeder, es complicado. Si no está atendiendo una emergencia, probablemente esté fuera de cobertura. Cuando llegó, el 23 de enero de 2016, empezó a trabajar en Calbuco, una pequeña localidad con 30.000 habitantes ubicada en el distrito de Los Lagos, provincia de Llanquihue y cuya capital es Puerto Montt.

No era lo que estaba en sus planes. El pediatra, con 51 años de edad y 23 de graduado, no suena ni triste ni arrepentido cuando cuenta sus primeros días en Chile. Más bien positivo, aunque no le tocó fácil. Luego de muchos años de ejercer la medicina en clínicas importantes de Venezuela, pasó a tener que recorrer más de una hora para ir y venir desde el pequeño hospital hasta su habitación arrendada, donde llegaba a estudiar para legalizar su título y también para no quedarse atrás con nuevos métodos que a su país de origen no llegaron.

Lo mismo le pasó a la doctora Natera. Tanto ella como su esposo tuvieron que actualizarse y aprender los protocolos que no sabían para poder ejercer con tranquilidad. Cuenta que, además, hay muchos tratamientos que en el resto del mundo son normales, pero en la Venezuela de estos últimos años se practican de forma casi obsoleta por la falta de equipos y dotación. Después de todo, salieron del J. M. de los Ríos, uno de los hospitales más golpeados por la crisis del país.

En julio de 2016, el doctor Campos entró al hospital base de Puerto Montt. El horario que tiene desde entonces lo lleva a pasar dos días allí y tres días en Calbuco. Dependiendo de los horarios de las guardias,  puede pasar hasta 48 horas sin ir a su habitación. Pero igual no le importa llevar ese ritmo de trabajo.

“Desde que llegué, trabajé y me dediqué por completo. Un día, los médicos del hospital me preguntaron si podía recomendar a otro doctor venezolano“, recuerda. Y así empezó todo. Tenía ya un año cuando la doctora Natera se unió. Aunque ella llegó el primero de agosto, fue hasta el 15 de enero que empezó a trabajar. Buscó emplearse en 17 hospitales de Santiago hasta que, seis meses después, consiguió en el de Puerto Montt.

Antes de su llegada, el doctor Campos ya había contactado a varios de los colegas que conoció en Caracas y así el hospital empezó a llenarse, poco a poco, de venezolanos. Cada uno tenía a alguien a quien recomendar. Inicialmente, solo llegaban de la capital profesionales con especialidades, pero a medida que la crisis venezolana avanzaba, esto fue cambiando. Empezaron a llegar cirujanos más y más jóvenes, sin postgrado y del interior del país.

“Esto me llena de emoción y de satisfacción. Hay cirujanos, traumatólogos, gastroenterólogos, neurólogos, ginecólogos, médicos internistas, médicos generales. Estamos en puestos importantes. Todos estamos eternamente agradecidos con los colegas chilenos. Y ellos agradecidos con nosotros, porque vamos creciendo juntos”.

Aunque cada día es más común ver, sobre todo en redes sociales, denuncias de xenofobia contra venezolanos en el extranjero, Natera y Campos lo descartan enfáticamente. En cambio, ambos han vivido situaciones donde llegan pacientes que quieren que los atienda “el venezolano”.

“La gente te acepta cómo eres, y se alegran con tu trato. Así la guardia esté muy dura, uno no pierde la sonrisa. Saben que estás aquí porque una circunstancia te hizo salir de tu país, y eso lo entiende la gente”, dice la doctora.

Cuando llegó Campos, hace un par de años, un venezolano en tierras tan lejanas y con un clima tan ajeno era una rareza, pero ya dejó de serlo. En 2017, 164.866 venezolanos ingresaron a Chile, según las cifras de la Policía de Investigaciones chilena, órgano encargado de resguardar las fronteras. Después de Ecuador y Colombia, es el país donde residen más venezolanos en el exterior. Muchos de ellos han hecho de Puerto Montt, donde la constante es la lluvia, su casa.

Para finales del año pasado, la Asociación de Médicos Venezolanos Andrés Bello calculaba que ya había unos 1.800 médicos venezolanos en Chile. Es el destino favorito para los galenos criollos porque el trámite para poder ejercer es relativamente fácil: deben presentar el Examen Único Nacional de Conocimientos de Medicina (Eunacom), si son médicos generales. Para los especialistas, desde diciembre del año pasado las cosas mejoraron: si la Comisión Nacional de Acreditación de Especialidades Médicas (Conacem) les certifica la especialidad, pueden ejercer. Cada uno de los exámenes tiene parte práctica y teórica. En julio de 2017, el 44% de los extranjeros que presentaron el examen, lo aprobaron.

Además, Chile tenía un déficit de unos 20.000 médicos, por lo que se ha visto beneficiado con la migración de los venezolanos.

Cuando gana la nostalgia

Aunque ambos se sienten felices de estar donde están, saben que dejaron mucho atrás, y que su país cada día está peor. Para la doctora Natera es especialmente doloroso que, de sus tres hermanos, ninguno viva con su mamá. Uno de ellos también migró a Santiago de Chile, y los otros dos a países distintos.

Si se le pregunta lo que más extraña, la respuesta es una: el calor familiar. Dice, también, que extraña la amabilidad y tolerancia que antes eran propias del venezolano. Que, para ella, la pérdida moral es enorme. “De repente es porque estamos en guerra, y en guerra se ve lo peor del ser humano”, comenta, con un dejo de nostalgia en su voz.

Campos sabe que es duro, pero dice que “no hay camino imposible de transitar para los venezolanos”, a quienes considera llenos de fuerza, voluntad y coraje. “Somos valientes. Son mujeres que dejaron a sus hijos. Jóvenes que dejaron sus casas. Esta es una carrera de resistencia“.

Para él, la experiencia ha sido bonita pero triste. “El corazón se te arruga cuando recuerdas a tu país”, dice, pero sin dejar de mencionar a sus amigos chilenos que les han abierto las puertas de su trabajo, de sus casas y preguntan, con interés, por Venezuela. “Quieren conocer a tu país, pero saben de la situación“, lamenta.

Cuenta, entre risas, que en el tiempo allá se ha ganado un par de apodos: los jóvenes le dicen “papi Anselmo”, y sus colegas “el fuego del Caribe”, desde que una vez llegó vestido de colores vivos. Agradece a Chile y dice estar seguros de que todos van a prosperar.

Natera subraya lo agradecida que está con la nación austral. Aunque extraña a Venezuela, no sabe si pueda volver algún día. Dice que, así cambie el Gobierno, falta mucho para que la crisis se supere y ella solo quiere una vida tranquila con su esposo. Está feliz de que Chile le haya abierto las puertas a tantos venezolanos. “Yo amo a este país”, confiesa.

Fotos: Elpolitico.com

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