Tersites

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

A Tersites los encontramos en el libro II de la Iliada. Homero lo describe como un hombre grotesco, hosco, cojo, feo, sin ninguna de las virtudes apolíneas que eran características de los Reyes Aqueos. Se trataba sólo de un soldado más de entre los muchos que constituían el ejército que sitió a la ciudad de Troya. Uno de los pocos que son mencionados de manera especial a lo largo de la obra, mucho más preocupada por los hechos y las acciones de los nobles y de los dioses que por las cosas que le acontecían al sujeto común. La obra, a fin de cuentas, refiere las acciones de los héroes; es claro que para un griego de ese tiempo, vivir lo cotidiano no representaba un acto heroico. Si me permiten la digresión, uno quisiera poder decir lo mismo ante una realidad cotidiana que busca molernos. Sobrevivir en medio de las dificultades, a veces representa una acto de heroísmo, para cada uno de nosotros.

Tersites era un hombre simple, un guerrero, de quien ni siquiera se menciona el linaje paterno. Era un hombre vulgar, dice el poeta, ridículo, impertinente. Sus hombros curvados le restaban gallardía, no había ningún rastro de nobleza en su rostro. Sin embargo Tersites entra por un momento en el juego del poder que se desarrolla a lo largo de la historia por su capacidad para realizar discursos y la consecuencia que esto tuvo para él. Si recordamos bien se trata de una escena genial. Tersites se dirige a la Asamblea e increpa a Agamenón por haberles tenido detenidos durante 9 años frente a las puertas de Troya. Construye un discurso que busca minimizar las glorias del Rey de Reyes. A viva voz increpa a los griegos para que levanten el campamento y regresen a su hogar, lejos de ese Rey codicioso que tantos males les ha traído, califica a Aquiles de cobarde por negarse a combatir, crea dudas entre las huestes. Ulises, inspirado por Atenea, toma el Cetro del Átrida y golpea a Tersites en la espalda haciéndolo caer y profiriendo sobre él una amenaza funesta; le dice que no pretenda disputar con los reyes, que es el peor de los hombres y que si sigue delirando no conservará la cabeza sobre los hombros.

Tersites es un hombre valiente. A pesar de no pertenecer a las castas dominantes se atreve a tomar la palabra en contra de los hombres más poderosos. Dice las cosas que cree que debe decir, expone a los demás el contenido de su pensamiento. Esto no es poca cosa en la sociedad en la cual le tocó vivir. Si bien es cierto que no había una prohibición expresa que evitara a un hombre común dirigirse a los demás, no se trataba de un comportamiento generalizado. Creo que la escena nos muestra varias cosas:

  • En un acto de valentía un hombre puede enfrentarse al poder sin medir las consecuencias, que esto constituye una acción humana que pone de manifiesto la búsqueda de la autonomía como determinación de quien uno es.
  • En la construcción discursiva nuestras cualidades están asociadas a la capacidad que cada uno tiene para hilar argumentos y trasmitirlos a los demás. Allí, en el ámbito de lo público discursivo nos igualamos.
  • Nuestras acciones generan, siempre, una consecuencia.
  • El poder tiene, en general, la capacidad de hacer que la gente calle a través del miedo, de la amenaza o de la violencia. Así, Ulises amenaza a Tersites y lo hace callar.

Entre los griegos de la Edad de Bronce el linaje era fundamental para determinar la valía de los hombres. Sin duda alguno que otro podría encumbrarse por sus actuaciones, pero quien uno era se encontraba en gran medida determinado por su origen. En la sociedad moderna se invierte la balanza: somos en la medida en que se nos reconoce y se nos incorpora como miembros de la sociedad humana. Se nos socializa, aprendemos los códigos del lenguaje, desarrollamos una capacidad para establecer contratos con los demás y para proporcionar derechos, establecemos diálogos, generamos discursos.
Requerimos, eso sí, de mecanismos que nos protejan en contra de la fuerza del Estado, de su capacidad para oprimir a la ciudadanía. La división de poderes y un funcionamiento adecuado del Estado de Derecho son imprescindibles. Lo mismo pasa con el tema de la Libertad de Expresión, requiere de un sistema de protección que nos permita dirigirnos a los demás, expresar nuestro pensamiento sin temor de que venga alguien a golpearnos con un cetro en la espalda.

De allí que preocupen asuntos como los cierres de medios, las presiones indebidas en contra de periodistas, las acusaciones en contra de quienes opinan, la disminución de espacios para la crítica. Esas cosas cosas pues que a veces pasan a formar parte de una cotidianidad que atenta en contra de la libertad y que golpea sobre los tersites de nuestro tiempo.