¿Se está preparando el país para una transición?

Piero Trepiccione

Politólogo con especialización en gerencia social. Actualmente es el coordinador general del Centro Gumilla en el Estado Lara. Profesor universitario de pre y postgrado. Analista político y de tendencias electorales. Columnista de opinión. Locutor y conductor de programas de radio.

Independientemente de cuál sea el impacto de la constituyente, si esta se llegare a aplicar o no este año, el escenario más cercano a la realidad-país tiene que ver con la finalización de un ciclo histórico en nuestra evolución política. Este ciclo comenzó formalmente a partir de 1998 con la victoria en las urnas electorales de Hugo Chávez que dio al traste con el periodo de gobernabilidad establecido bajo los parámetros del célebre “pacto de Punto Fijo”. La marca bajo la cual se inició la pauta del ciclo es la llamada “revolución bolivariana”, que ocupó por cerca de 18 años un lugar privilegiado en el imaginario colectivo de los venezolanos. Dos elementos esenciales han caracterizado el debilitamiento de la marca. En primer lugar, el fallecimiento de Hugo Chávez en marzo del 2013. Su hiperliderazgo y la concentración del apoyo popular en su figura no permitieron la emergencia de nombres alternativos en el seno del gran polo patriótico que sirvieran de enroques para garantizar la alternabilidad del proceso bolivariano.

En segundo lugar, la caída drástica de los precios petroleros en los mercados internacionales que ha socavado el modelo político soportado sobre un enorme gasto público sin compensaciones en el ingreso fiscal que permitiese darle sustentabilidad, sin el anclaje obligatorio a los hidrocarburos. Esto nos permite señalar que -grosso modo- el país se prepara para una transición del liderazgo y del modelo que pudiera establecerse sobre un nuevo pacto de gobernabilidad.

Para visualizar el momento político actual es necesario observar detenidamente el pulso que la opinión pública venezolana viene tomando en los últimos meses. Revisando estudios y promediándolos nos damos cuenta de que más del noventa por ciento de la población se identifica con un cambio político. A esto le agregamos que ese mismo porcentaje está disconforme con la situación económica actual del país señalando que marchamos en la dirección incorrecta. Estos términos acompasados de opinión pública nos desmontan el fenómeno de la polarización general que fue la “marca” identificatoria del ciclo político que se inició en 1998 con la victoria electoral de Hugo Chávez.

Son cifras extremadamente contundentes que van más allá de los alineamientos políticos promovidos en polarización. Los bloques situacionales se ubican en menos de un tercio en el lado del polo patriótico y en un cuarenta por ciento del lado opositor.
Otro elemento característico del ciclo político actual es el agotamiento sufrido por efecto de la concentración de responsabilidades en relación a la situación económica que atraviesa el país. De cada diez venezolanos prácticamente ocho responsabilizan tanto al gobierno nacional como al primer mandatario de las consecuencias de la desaceleración de la economía y las penurias causadas por el desabastecimiento y la inflación. Esto se traduce en cansancio con respecto al esquema discursivo y remarcado en la ejecución de políticas públicas desde la perspectiva del gobierno nacional. Frente a este marco de opinión pública la reacción del gobierno ha sido la de querer aferrarse al poder a cualquier precio cerrando las vías constitucionales para que la nueva mayoría que se ha ido gestando alrededor del descontento se exprese para formalizar un nuevo gobierno. En consecuencia, en la medida en que la minoría se repliegue sin favorecer salidas institucionales, los episodios de violencia política pudieran acelerarse hasta llegar a un punto de quiebre que favorezca otro posible escenario.

En ese sentido, es importante acordar cuanto antes una hoja de ruta concertada y con apoyo de la comunidad internacional. En ella obviamente deben interactuar todos los actores políticos e institucionales para que emerja una gobernabilidad mínima que garantice un reacomodo de vectores de fuerzas políticas -de acuerdo a su proporcionalidad en respaldo popular-, y además sirva de marco para consensuar un programa económico de largo alcance que permita atacar de raíz la causalidad de los males que impactan tan negativamente nuestra realidad. Si el liderazgo interpreta la realidad correctamente puede verse favorecida esta opción de cambio en una forma relativamente ordenada que recaiga en una figura de consenso que cumpla un rol similar al que le tocó cumplir a Valentín Paniagua en el Perú, Patricio Ailwyn en Chile o el propio Ramón J. Velázquez en Venezuela. Es altamente necesario rescatar la política y sus métodos para dirimir diferencias.

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