Política visceral o la mejor forma de acabar en una guerra…

Piero Trepiccione

Politólogo con especialización en gerencia social. Actualmente es el coordinador general del Centro Gumilla en el Estado Lara. Profesor universitario de pre y postgrado. Analista político y de tendencias electorales. Columnista de opinión. Locutor y conductor de programas de radio.

Hoy en día las pasiones que se desatan en las redes sociales cuando el tema tratado tiene que ver con Venezuela son impresionantes. Los calificativos más soeces se usan para atacar, ridiculizar, desacreditar o intimidar a cualquiera que emita opiniones o análisis que se circunscriban a la realidad del país. La irracionalidad priva por encima de cualquier intento serio de aproximarse a la coyuntura venezolana. Hemos llegado a un estadio en el que no existen “medias tintas”. A esto, sencillamente, se le denomina: “política visceral”, una forma de acción asociada a las emociones en extremo que minimiza o simplemente, elimina toda posibilidad de diálogo para resolver las diferencias políticas.

Esta “política visceral” se desarrolla fundamentalmente desde las redes sociales. Algunos actores la practican con absoluta transparencia en su identidad pública y otros (la gran mayoría) bajo el anonimato. Consiste en asumir una actitud de supremacía moral cual santo tribunal de inquisición y desdeñar ofensivamente de líderes políticos, sociales o empresariales que expresen opiniones distintas a los planteamientos “duros” esbozados desde la visceralidad. Esta práctica recurrente en los últimos tiempos, ha logrado permear en ciertos sectores de la sociedad venezolana que han optado por desconectarse del liderazgo, generando consecuencias terribles que tienen que ver con la ultra-fragmentación del descontento generalizado de la población, la siembra de la desconfianza en muchos líderes opositores, el descrédito de la política como forma de procesar las diferencias en una sociedad, entre otras.

Esta visceralidad en acción permanente voló en mil pedazos a la que ha sido hasta hoy, la mejor plataforma política de articulación que tuvo la oposición en los últimos veinte años. Vale decir, la mesa de la unidad democrática mejor conocida como la MUD. Con su tarjeta de la manito llegó a sacar la votación individual más alta registrada en nuestra historia política y llegó a tener una referencia de apoyo en la opinión pública nacional de casi un cuarenta por ciento, algo solo superado por el PSUV en sus mejores tiempos con un apoyo alrededor del cuarenta y dos por ciento. Hoy la MUD está por debajo de 2% de apoyo y prácticamente está fuera de juego. La visceralidad practicada por la antipolítica y con apoyos internos en los partidos, que buscaban mejor acomodo luego del rotundo triunfo del 2015 para fines presidenciales, contribuyeron a ello. Hoy día, frente a las decenas de intentos de reagrupamiento de los factores opositores la visceralidad termina promocionando junto al Gobierno la implosión de una direccionalidad unitaria.

Y enmarcando todo esto, tenemos un país que se desgarra a diario. Esta estrategia de fomentar y fortalecer acciones viscerales que realzan los estadios de la antipolítica puede llevarnos al escenario más temido de todos: vivir una guerra. Si, suena duro a pesar que en los últimos tiempos se haya estado banalizando e inclusive en algunos casos, invocando esta fórmula para “supuestamente” resolver nuestros males, pero que nos lleva a estadios mucho más dantescos que los que se padecen actualmente por las carencias generadas por la crisis. Tenemos el deber de alertar que la visceralidad nos puede llevar directamente a una guerra absolutamente no convencional.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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