Cuando la Diversidad se transforma en Desigualdad

Susana Reina | @feminismoinc

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Directora Fundadora de feminismoinc.org Venezolana. Feminista. IG: @feminismoinc

Que aún no se ha conseguido igualdad sustantiva para las mujeres, más allá de lo que pautan las leyes, es una realidad. Las mujeres seguimos estando en desventaja en la mayoría de los indicadores sociales y económicos de todos los países. Pero si, además de ser mujer se tiene alguna condición especial por la edad (adultas mayores, jóvenes, niñas), el sitio de vivienda (mujeres rurales), la etnia (mujeres indígenas), la raza (mujeres afrodescendientes), o el género (mujeres lesbianas/trans), esa desigualdad se potencia y multiplica. Si eres una adulta mayor, lesbiana y afrodescendiente, tienes cuatro limitaciones a tu desarrollo y desenvolvimiento social, comparada con cualquier otra mujer, no digamos con un hombre. Son condiciones de diversidad que se convierten en factores de desigualdad, ya que marcan diferencias que pueden ser objeto de discriminación, sobre todo si no existen políticas públicas que aborden culturalmente las necesidades e intereses de esos grupos poblacionales.

Entrevistamos a tres mujeres en el territorio zuliano, una adulta mayor, otra wayú y otra con discapacidad motora, para que nos contaran como viven en el día a día las principales discriminaciones por su condición de diversidad. Fue un ejercicio de escucha que nos permitió reflexionar sobre todo lo que nos falta transitar en materia de Igualdad. Si tan solo los gobernantes escuchasen más, sus programas y proyectos de Gobierno fueran mucho más efectivos en materia de género y trascendieran las tradicionales “soluciones” que se ofrecen cuando de mujeres de trata, casi siempre orientadas a las madres (como si mujer fuese sinónimo de madre) y a capacitación en oficios poco rentables, dirigidos inevitablemente a perpetuar el ciclo de la pobreza.
Oigamos entonces a un fragmento de lo que plantean Soledad, Elisa y Andrea.

La versión completa la puedes leer aquí.

Soledad. Adulta Mayor
“Tengo 81, casi todos vividos en Maracaibo. Soy viuda desde hace 11 años. Vivo mi vida bien, a no ser que tenga que salir a la calle, porque las cosas no son fáciles mijita. Nada queda cerca y dependo de que mis yernos me lleven a los sitios. ¿Cómo me subo yo a un bus donde la gente va colgando? En Maracaibo hace mucho calor, pero peor que eso es que aquí no se puede caminar. Hay muchas escaleras, no hay aceras, los carros se atraviesan, el monte se come la vía y los carros le pasan a uno tan cerquita que me da miedo, hay que subir y bajar escalones muy grandes, el asfalto es irregular, huecos peligrosos. …. Tomo 6 medicamentos todos los días. Se gasta mucho dinero… a veces he estado sin tomar dos de los más importantes por meses, y eso me complica. Cuesta conseguirlos…son costosos… No hay clubes o casas de esparcimiento para los viejitos”

Elisa. Indígena
“Me ha sido difícil el trato de parte del alijuna (criollos no indígenas), nos discriminan… Ni en Mara ni en la Guajira hay anuncios hechos en wayúu, todo es en español. Casi todas las escuelas interculturales bilingües están en la Goajira pero no aquí en Maracaibo, que hay tantos wayúu. Se dificulta cursar estudios cuando no dominas el idioma… El mayor problema de las guajiras son los niños, que tienen muchos y no se consigue leche, ni pañales, ni medicamentos. Muchas salen embarazadas muy jóvenes a los 12, 13 años y tienen que trabajar de servicio doméstico a las maracuchas. Ninguna tiene protección social, pero todo sería distinto si estudiaran. No es fácil terminar bachillerato y entrar a la Universidad. Esto es tan inseguro que salir de clases de noche es una temeridad. Hay mucho abuso a las muchachas”.

Andrea. Mujer con discapacidad
“De niña tuve bastantes problemas. Mi mamá siempre me ayudó, pero usted sabe cómo son los muchachos, se burlaban de mí. Recuerdo haber llorado mucho, pero me adapté. Yo no quería salir pero mi mamá era la que me impulsaba. Mi papá me hizo unas muletas, luego me consiguieron otras en el hospital. Me costaba mucho moverme con eso, me arrastraba por las paredes. ..yo casi no salgo porque es muy difícil, bajar y subir de los buses… y además es que hay mucha inseguridad. A mí me han quitado la cartera en mi silla de ruedas, ¡me la han quitado! Por eso no pude estudiar. Si las aceras tuvieran para bajar y subir la silla de ruedas… un autobús donde uno se pudiera montar y bajar sin complicación…”

Más allá de las vivencias particulares que relatan y que dan cuenta de la manera como asumen su condición, encontramos en común en todas ellas, un sentimiento de indefensión social. Si bien han encontrado la manera de sobrevivir por sus propios medios hasta la fecha, ha sido gracias a conexiones de aliados, afectos, ayudas que otros les han dado, pero con muy escaso apoyo de la institucionalidad pública. Se muestran desinformadas sobre lo que sus gobiernos locales tienen para ellas, y de existir, tienen la percepción de que es muy difícil acceder a esos beneficios. La inseguridad y el miedo que ello genera es un elemento que influye muchísimo en las decisiones que toman y se convierte en la principal razón por la cual se inhiben para actuar en su entorno, con toda razón.

La educación parecería ser la clave para que estas mujeres echaran hacia adelante. Lo vemos en el caso de Elisa quien, con su empeño, no reprodujo el patrón característico de las guajiras en el municipio Maracaibo (preñarse y trabajar en casas de particulares), antes bien, se procuró en medio de todas las dificultades, tiempo y dinero para graduarse y tener un mejor nivel de vida. A Soledad le fue negado por la época que le tocó vivir y a Andrea le está dificultado por su limitación para movilizarse.

Las tres viven en un país que no les ayuda a compensar lo que pierden por sus condiciones existenciales. En países desarrollados, los gobiernos invierten y apoyan en quienes más lo necesitan. Hacer conscientes a todos de lo que mujeres como estas viven todos los días, que las tenemos muy cerca, por cierto, es un paso fundamental para comenzar a construir una sociedad más inclusiva y menos discriminatoria, donde la diversidad sea vista de forma positiva y no como una excusa para justificar la desigualdad.