Entre colas y militares viven en San Antonio del Táchira, a un mes del cierre fronterizo

Los días en la frontera por el Táchira transcurren militarizados y marcados por la escasez y las colas. Este jueves, 17 de septiembre, fue muy agitado para los habitantes de San Antonio del Táchira: a los automercados Económico llegaron papel sanitario y servilletas, mientras que en la cadena de supermercados Cosmo despacharon aceite y pollo. En el primero le tocaba comprar a las personas con las cédulas que terminan entre el uno y el cuatro. En el segundo, a los terminales 0, 1 y 9.

Cuatro semanas han pasado desde el miércoles 19 de agosto, cuando el presidente Nicolás Maduro ordenó cerrar el paso fronterizo con Colombia. Sin embargo, a pesar de ser una medida tomada para combatir el contrabando de alimentos con el país vecino, las colas no se han reducido. No solamente para adquirir productos en los supermercados, sino también en panaderías y carnicerías.

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Claudio Paradas es un vendedor del Frigorífico 1, 2, 3 carne; nombre que no le hace justicia al local, porque en estas semanas han decidido no traer carne porque la Guardia Nacional Bolivariana obliga a venderla al precio regulado. El dueño de la carnicería, que prefirió no revelar su identidad, asegura que está en negociaciones con los ganaderos para llegar a un acuerdo.

La situación es similar en el resto de los establecimientos que comercializan este rubro en San Antonio, que son alrededor de 15.

En la Carnicería San Antonio, ubicada frente a la plaza del mercado, el terminal de cédula no es la única alcabala para comprar. Operando con el consejo comunal, a los clientes les piden un recibo de gas para verificar que estén residenciados en la zona.

Tanto frigoríficos como supermercados siguen tomados por militares, encargados de controlar los precios de los alimentos y las colas en los establecimientos comerciales.

A pesar de no estar bajo la vigilancia de los uniformados, las panaderías corren con la misma suerte. El desabastecimiento y la falta de producción están a la orden del día y no precisamente por el cierre de la frontera. “El cierre del paso por San Antonio no nos ha afectado porque el distribuidor trae la harina del centro del país. Antes traía entre 25 y 40 paquetes de harina de trigo. Ahora se redujeron a 8 paquetes nada más”, explica Luz Estela Serrano, propietaria de la panadería La reina de las tortas.

Lo mismo ocurre con la distribución de huevos. Anteriormente, el distribuidor traía 50 cartones a la semana. Para la fecha, esa cantidad se ha reducido a cinco. La situación pica y se extiende a las cerca de 40 panaderías que comercializan en San Antonio, porque todas operan con el mismo distribuidor.

La producción se ha reducido en 80 por ciento. Antes salían entre 20 y 25 tortas grandes diariamente, pero ahora hacemos dos”, cuenta Serrano. No obstante, los precios se han mantenido porque fueron ajustados antes del cierre de la frontera: una torta puede costar entre Bs. 3.500 y 4.000.

Las colas en los cajeros han bajado, pero los billetes de Bs. 100 y Bs. 50 siguen escasos, al igual que el pan y la carne. A pesar de que las 8 casas de cambio en San Antonio han permanecido cerradas después de las primeras dos semanas del conflicto, los cambistas venezolanos continúan haciendo transacciones con las casas en Colombia por transferencia.

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A la espera en La Invasión

En el barrio La Invasión, varias son las casas que han sido demolidas tras ser marcadas con la letra “D” por efectivos de seguridad venezolanos. No obstante, vecinos de la zona aseguran que solo se han tumbado las más cercanas a la trocha que dan con Colombia. El resto de las viviendas, la mitad llenas y la mitad vacías, continúan a la espera de las decisiones del Gobierno.

La Invasión sigue llena de militares y, de acuerdo con los vecinos, hay efectivos de seguridad que han tomado algunas de las casas abandonadas, porque no tienen dónde quedarse.

A pesar de que el lugar sigue militarizado, la situación se está normalizando entre los residentes. Desde que el censo en el barrio fronterizo terminó, es más fácil para los vecinos hacer sus actividades del día a día que antes no hacían por miedo a que sus casas fuesen demolidas. Ahora pueden salir a trabajar y a acompañar a sus hijos al colegio.

Con información y fotos de Estefany Díaz.