Cómo llegan los nuevos migrantes venezolanos a  Washington DC (I)

VENEZUELA MIGRANTE · 15 AGOSTO, 2022 09:37

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Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes


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QUÉ CHÉVERE
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QUÉ INDIGNANTE
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QUÉ CHIMBO

Uno a uno, cada uno de esos 40 pasajeros se va marchando de Union Station, el centenario terminal de trenes y autobuses de Washington D.C. Llegaron procedentes de Texas, a eso de las 6:00 am del 30 de julio de 2022. Al cabo de varias horas sólo queda un grupo de hombres jóvenes (la mayoría no pasa de 25 años), que se hicieron amigos en el camino y apenas balbucean un “yes, yes”. 

El viaje de estos nuevos migrantes, muchos de ellos, venezolanos “en busca del sueño americano” se detiene en la capital de Estados Unidos, quién sabe hasta cuándo. Para la pernocta de esa noche solo tienen dos opciones: dormir en la calle o en un refugio de la ciudad para personas sin hogar. No tienen claro cuál será el siguiente paso. Pero, a pesar de todo, no parecen desesperados. “Hemos pasado por cosas peores para llegar a este país”, comenta uno de ellos en nombre de todos.

Desde abril de 2022, cientos de migrantes que han ingresado por caminos no autorizados de la frontera sur son enviados a la capital de Estados Unidos y Nueva York por instrucciones de los gobernadores de Texas y Arizona. Muchos de los viajeros son venezolanos.

Cuando llegan son recibidos por voluntarios de las organizaciones humanitarias Samu y Humanitarian Action. “Bienvenidos a Washington DC” les dicen en español y en algunos casos este saludo tiene acento venezolano.

Hay tres familias con hijos pequeños, mujeres jóvenes, un hombre de 52 años de edad y unos diez muchachos.  Todos provienen de un centro de procesamiento migratorio en Texas,  donde unos permanecieron pocas horas y otros varios días.

El recorrido hasta Washington D.C., calculan, demoró unas 32 horas. A las 10:00 am ya han tomado agua, comido un sandwich ligero y se han cambiado de ropa.  Para el mediodía casi todos tienen un espacio dónde pernoctar:  las familias han sido acogidas por agencias de caridad; quienes tienen familiares o amigos en otras ciudades han recibido un boleto de autobús (y los más sortarios un boleto de avión) para proseguir su ruta.

Los gobernadores de Texas y Arizona envían a los migrantes a Washington y Nueva York

Pero, los muchachos y el “pure”, como le dicen a Orlando, el hombre de 52 años, no saben qué va a pasar con ellos.

Cada quien lleva una bolsa transparente que contiene otra muda de ropa y un sobre de manila amarrillo, donde guardan, como el tesoro más preciado, la documentación que los acredita como personas en búsqueda de protección internacional, sin que ello signifique estatus de refugiado o asilado otorgado por las autoridades estadounidenses.

La regularización de estos nuevos migrantes venezolanos es un proceso que les puede llevar varios meses. Algunos, como Orlando, tienen un teléfono celular que repicará todos los días, entre las 12:00 m y las 2:00 pm.  La persona migrante debe responder con una fotografía y subirla a una aplicación que solo se activa luego de la llamada.  Es un monitoreo de las autoridades migratorias.

Samu y Humanitarian Action están dando atención de “primera respuesta” que consiste en ver sus condiciones generales, ayudarles a adquirir pasajes para que sigan el viaje, llamar a familiares o conocidos, alimentarlos, proveerles de un kit de higiene, ropa limpia, ayudarlos a ubicar un sitio donde pasar esa primera noche  y hablarles  en español, en el caso de los latinos.

Todos los venezolanos de este grupo pasaron por el Darién, la selva que une a Colombia y Panamá. Unos tardaron un mes en llegar a Estados Unidos y otros hasta tres meses.

Este tipo de tránsito es un nuevo hito en el proceso de migración de los venezolanos en su camino para ingresar a los Estados Unidos. Según un reporte de Unicef, entre enero y junio de este año, 48.430 personas cruzaron ese tramo. De ellas, el 58% tenían nacionalidad venezolana.

.

“Vas a llorar”

Mientras aguardan, los muchachos venezolanos se sientan juntos en  una mesa.  Arnaldo cavila a la espera de que un amigo en Indianápolis acepte recibirlo. Yerfrenk  confía en llegar a Nueva York, aunque allá nadie lo espera.  Martín se toma fotos, ríe y bromea eufórico porque su amiga Yamilet lo va a recibir. Manuel tiene una mirada por donde parece salírsele el corazón: está preocupado porque su amigo en Greenville, Carolina del Norte, aún no responde sus mensajes y supone que está ocupado trabajando. Los “morochos”, un par de hermanos gemelos, se miran entre ellos y admiten que no tienen ni familiares ni amistades que los acoja. Israel oye con interés los planes de sus amigos; el de él depende de que  un conocido le brinde techo en Cincinnati, Ohio.

Orlando se mantiene alejado de los distintos grupos que se han ido armando. Los chicos ya le apodaron el pure, porque es mayor que todos ellos.

Es un hombre de complexión delgada. Sus ojos vivaces se mueven como escaneando el ambiente. Mientras hablo con él, espeta: “bueno si no consigo cobijo me quedo en tu casa”, quizás apelando a su idea de solidaridad entre los venezolanos en el exterior. 

Atropelladamente, cuenta que fue policía en Venezuela, de la Disip, hasta 2006;  que pasó un tiempo detenido en El Helicoide, de donde, asegura, se fugó; y que se fue a Colombia, volvió a Venezuela en 2018 a firmar unos documentos para traspasar su apartamento a su hija, y salió del país nuevamente “porque lo tenían precisado”. Pareciera acostumbrado a contar la peripecia.

La razón por la que Orlando decidió probar suerte en Estados Unidos es porque ganó Gustavo Petro en Colombia. “Y ya yo sé para dónde va eso”, sentencia.

 -Si te cuento vas a llorar, advierte sobre su paso por el Tapón del Darién, una selva que a las dificultades geográficas suma la presencia de distintos grupos criminales.

– ¡Cuéntame!

A diferencia de los muchachos, Orlando solo hizo amistad con un nigeriano durante su recorrido por la selva. Lo conoció en Necoclí, la población colombiana donde muchos inician la ruta cuyo alto riesgo oscila dependiendo del pago que hagan: 50 dólares por la vía larga o 300 por otra  que les ahorrará unos cinco días de camino, aunque no todos los peligros.

 “Fue la única persona con la que compartí”, dice.  En ese momento la mirada se le apaga.

Orlando, un hombre que trabajó como policía de inteligencia, llegó a Estados Unidos desde Colombia

“Él viajaba con su esposa y sus dos niños. Yo lo ayudé con uno de los chamitos cuando nos tocó subir la Loma de la muerte” . Orlando gesticula mientras va contando y nombra puntos de la selva como si ya fuesen de dominio público.  

“Mientras subíamos, su esposa resbaló y se desnucó. Él terminó de subir a uno de sus niños y yo al otro. Al llegar arriba me pidió que le aguantara a los chamos. Bajó a buscar el cuerpo de su esposa, se lo puso en la espalda y lo subió…”  Orlando abre los brazos y muestra cómo su amigo elevó el cuerpo de su esposa y lo puso alrededor de sus hombros, para que no se cayera.

“Al llegar a la cima, buscó un sitio para recostarlo. Inocentes, los niños pensaron que la mujer estaba dormida y se acostaron  junto a ella, cada uno a un lado, y le preguntaban al papá cuando se iba a despertar” .

Orlando no encuentra la voz para seguir. Se frota los brazos como quien siente escalofríos. Sin embargo, se recupera  y prosigue: “Él la llevó cargada un trecho más hasta que llegamos a un punto. Nos paramos a descansar y allí él hizo una fosa para enterrarla.  Mientras duró la travesía para llegar al puesto de Panamá se volteaba y me decía en español: “Amigo, estoy dejando a mi esposa. Estoy dejando a mi esposa”.

El nigeriano y Orlando perdieron el contacto una vez llegaron al puesto migratorio de Panamá.

“Yo he visto cosas duras; pero esa es una que no voy a olvidar”, dice como quien comparte un duelo.

“¿Dónde vamos a dormir?”

A eso de la 1:00 pm, algunos de los jóvenes que aún esperan en Union Station ayudan a cargar las cajas que llegan con  almuerzos donados por el chef español José Andrés, quien se ha vuelto famoso por el trabajo humanitario que lleva a cabo en distintos países del mundo y que ha llegado hasta la Ucrania azotada por la guerra.

Un niño duerme entre varias sillas, mientras su hermanita corretea. Sus padres los vigilan. Ellos han sido acogidos por un refugio de una iglesia católica. Esperan que los vayan a buscar.

Un hombre se acercó a los voluntarios y preguntó qué podía hacer para apoyar. Orlando, que se ha mantenido alerta, le dice que debe viajar a Nueva York pero que no tiene dinero.

Ese “ángel” benefactor de Orlando, que viste con atuendo de ciclista, acepta comprarle el pasaje en autobús (que cuesta unos 30 dólares) y le da otros 50 “para cualquier eventualidad”.  Se aleja entre vítores. En verdad, el “milagro” de un donante in situ no es tan común.

De los muchachos ya solo quedan cinco: Arnaldo, Israel, Manuel y los morochos Víctor y Carlos. Sus recorridos han sido variados. Tres han estado viviendo en Colombia, los gemelos entre Perú y Ecuador. Se fueron de Venezuela en 2018.

De los que han seguido su viaje, Martín vivía en El Cementerio, del sector Los Alpes, Yofrek, de 22 años, salió de La Guaira donde vivía con su abuela. Cuenta que no tiene dónde llegar, pero, de pronto, se va con otros dos en un autobús rumbo a Nueva York.

La venezolana Marisela Castillo Apitz, directora de la ONG Humanitarian Action, una de las organizaciones que atiende a los migrantes en tránsito, comenta que la situación de los hombres jóvenes puede ser muy apremiante, pues los recursos para socorrer a las personas migrantes que llegan a Washington D.C. son escasos y las mujeres y familias con menores de edad reciben atención prioritaria.

“Esto ha generado que el perfil de los migrantes que se quedan en Washington DC sean hombres jóvenes, venezolanos, que viajan solos. Algunos no tienen sponsors, familiares ni amigos”, afirma Castillo Apitz.

Apenas pasado el mediodía un incidente agita el ambiente. Dos hombres se han enzarzado en una riña a puños. Los muchachos miran asombrados la refriega, mientras debaten si separarlos o no. Mejor lo segundo, por razones de seguridad. Los voluntarios están próximos a marcharse de Union Station y el grupo de cinco aún no tiene lugar dónde dormir. Les toca irse a un refugio de la ciudad donde reciben a hombres sin vivienda. Al llegar allí deben esperar a las 4:30 pm para que les asignen una de las 72 camas.

En la parte trasera del refugio hay una pérgola rústica de madera, con bancos donde se resguardan del sol. Los cinco se juntan en una esquina mientras llegan otros hombres, algunos de ellos indigentes. Un joven de unos 30 años, de aspecto atlético, les habla en español con un acento inglés. Quiere saber quiénes son, qué hacen allí.  Los muchachos bromean con “yes, yes”. El hombre sonríe, enciende un cigarrillo de marihuana y pregunta si me molesta el humo. Tiene un cachorrito de pitbull que empieza a juguetear con los chamos.

Para este momento, los morochos, Israel, Manuel y Arnaldo se miran entre ellos como dubitativos. Manuel aún espera por su amigo que luego le compra un boleto de avión. Arnaldo insiste con su amigo de Indianápolis. Al final de esa noche ellos seguirán su camino. En el refugio se han quedado los morochos e Israel. Lograron cupo esa noche. También hallaron a otros venezolanos que han llegado desde principio del mes de julio.

Los vuelvo a ver dos semanas después. Han hechos algunos oficios de construcción.  Hacen planes para alquilar un espacio propio. Uno comenta que ya ha enviado 200 dólares a su hermana que está en Lima. Aún ninguno sabe a ciencia cierta qué va a hacer. Creen que se van a quedar en Washington DC, al igual que otros que han llegado a este refugio.  

Este es el inicio de la serie «Del Darién a Washington DC: el viaje de los nuevos migrantes venezolanos«.

VENEZUELA MIGRANTE · 2 OCTUBRE, 2022

Cómo llegan los nuevos migrantes venezolanos a  Washington DC (I)

Texto por Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes

Uno a uno, cada uno de esos 40 pasajeros se va marchando de Union Station, el centenario terminal de trenes y autobuses de Washington D.C. Llegaron procedentes de Texas, a eso de las 6:00 am del 30 de julio de 2022. Al cabo de varias horas sólo queda un grupo de hombres jóvenes (la mayoría no pasa de 25 años), que se hicieron amigos en el camino y apenas balbucean un “yes, yes”. 

El viaje de estos nuevos migrantes, muchos de ellos, venezolanos “en busca del sueño americano” se detiene en la capital de Estados Unidos, quién sabe hasta cuándo. Para la pernocta de esa noche solo tienen dos opciones: dormir en la calle o en un refugio de la ciudad para personas sin hogar. No tienen claro cuál será el siguiente paso. Pero, a pesar de todo, no parecen desesperados. “Hemos pasado por cosas peores para llegar a este país”, comenta uno de ellos en nombre de todos.

Desde abril de 2022, cientos de migrantes que han ingresado por caminos no autorizados de la frontera sur son enviados a la capital de Estados Unidos y Nueva York por instrucciones de los gobernadores de Texas y Arizona. Muchos de los viajeros son venezolanos.

Cuando llegan son recibidos por voluntarios de las organizaciones humanitarias Samu y Humanitarian Action. “Bienvenidos a Washington DC” les dicen en español y en algunos casos este saludo tiene acento venezolano.

Hay tres familias con hijos pequeños, mujeres jóvenes, un hombre de 52 años de edad y unos diez muchachos.  Todos provienen de un centro de procesamiento migratorio en Texas,  donde unos permanecieron pocas horas y otros varios días.

El recorrido hasta Washington D.C., calculan, demoró unas 32 horas. A las 10:00 am ya han tomado agua, comido un sandwich ligero y se han cambiado de ropa.  Para el mediodía casi todos tienen un espacio dónde pernoctar:  las familias han sido acogidas por agencias de caridad; quienes tienen familiares o amigos en otras ciudades han recibido un boleto de autobús (y los más sortarios un boleto de avión) para proseguir su ruta.

Los gobernadores de Texas y Arizona envían a los migrantes a Washington y Nueva York

Pero, los muchachos y el “pure”, como le dicen a Orlando, el hombre de 52 años, no saben qué va a pasar con ellos.

Cada quien lleva una bolsa transparente que contiene otra muda de ropa y un sobre de manila amarrillo, donde guardan, como el tesoro más preciado, la documentación que los acredita como personas en búsqueda de protección internacional, sin que ello signifique estatus de refugiado o asilado otorgado por las autoridades estadounidenses.

La regularización de estos nuevos migrantes venezolanos es un proceso que les puede llevar varios meses. Algunos, como Orlando, tienen un teléfono celular que repicará todos los días, entre las 12:00 m y las 2:00 pm.  La persona migrante debe responder con una fotografía y subirla a una aplicación que solo se activa luego de la llamada.  Es un monitoreo de las autoridades migratorias.

Samu y Humanitarian Action están dando atención de “primera respuesta” que consiste en ver sus condiciones generales, ayudarles a adquirir pasajes para que sigan el viaje, llamar a familiares o conocidos, alimentarlos, proveerles de un kit de higiene, ropa limpia, ayudarlos a ubicar un sitio donde pasar esa primera noche  y hablarles  en español, en el caso de los latinos.

Todos los venezolanos de este grupo pasaron por el Darién, la selva que une a Colombia y Panamá. Unos tardaron un mes en llegar a Estados Unidos y otros hasta tres meses.

Este tipo de tránsito es un nuevo hito en el proceso de migración de los venezolanos en su camino para ingresar a los Estados Unidos. Según un reporte de Unicef, entre enero y junio de este año, 48.430 personas cruzaron ese tramo. De ellas, el 58% tenían nacionalidad venezolana.

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“Vas a llorar”

Mientras aguardan, los muchachos venezolanos se sientan juntos en  una mesa.  Arnaldo cavila a la espera de que un amigo en Indianápolis acepte recibirlo. Yerfrenk  confía en llegar a Nueva York, aunque allá nadie lo espera.  Martín se toma fotos, ríe y bromea eufórico porque su amiga Yamilet lo va a recibir. Manuel tiene una mirada por donde parece salírsele el corazón: está preocupado porque su amigo en Greenville, Carolina del Norte, aún no responde sus mensajes y supone que está ocupado trabajando. Los “morochos”, un par de hermanos gemelos, se miran entre ellos y admiten que no tienen ni familiares ni amistades que los acoja. Israel oye con interés los planes de sus amigos; el de él depende de que  un conocido le brinde techo en Cincinnati, Ohio.

Orlando se mantiene alejado de los distintos grupos que se han ido armando. Los chicos ya le apodaron el pure, porque es mayor que todos ellos.

Es un hombre de complexión delgada. Sus ojos vivaces se mueven como escaneando el ambiente. Mientras hablo con él, espeta: “bueno si no consigo cobijo me quedo en tu casa”, quizás apelando a su idea de solidaridad entre los venezolanos en el exterior. 

Atropelladamente, cuenta que fue policía en Venezuela, de la Disip, hasta 2006;  que pasó un tiempo detenido en El Helicoide, de donde, asegura, se fugó; y que se fue a Colombia, volvió a Venezuela en 2018 a firmar unos documentos para traspasar su apartamento a su hija, y salió del país nuevamente “porque lo tenían precisado”. Pareciera acostumbrado a contar la peripecia.

La razón por la que Orlando decidió probar suerte en Estados Unidos es porque ganó Gustavo Petro en Colombia. “Y ya yo sé para dónde va eso”, sentencia.

 -Si te cuento vas a llorar, advierte sobre su paso por el Tapón del Darién, una selva que a las dificultades geográficas suma la presencia de distintos grupos criminales.

– ¡Cuéntame!

A diferencia de los muchachos, Orlando solo hizo amistad con un nigeriano durante su recorrido por la selva. Lo conoció en Necoclí, la población colombiana donde muchos inician la ruta cuyo alto riesgo oscila dependiendo del pago que hagan: 50 dólares por la vía larga o 300 por otra  que les ahorrará unos cinco días de camino, aunque no todos los peligros.

 “Fue la única persona con la que compartí”, dice.  En ese momento la mirada se le apaga.

Orlando, un hombre que trabajó como policía de inteligencia, llegó a Estados Unidos desde Colombia

“Él viajaba con su esposa y sus dos niños. Yo lo ayudé con uno de los chamitos cuando nos tocó subir la Loma de la muerte” . Orlando gesticula mientras va contando y nombra puntos de la selva como si ya fuesen de dominio público.  

“Mientras subíamos, su esposa resbaló y se desnucó. Él terminó de subir a uno de sus niños y yo al otro. Al llegar arriba me pidió que le aguantara a los chamos. Bajó a buscar el cuerpo de su esposa, se lo puso en la espalda y lo subió…”  Orlando abre los brazos y muestra cómo su amigo elevó el cuerpo de su esposa y lo puso alrededor de sus hombros, para que no se cayera.

“Al llegar a la cima, buscó un sitio para recostarlo. Inocentes, los niños pensaron que la mujer estaba dormida y se acostaron  junto a ella, cada uno a un lado, y le preguntaban al papá cuando se iba a despertar” .

Orlando no encuentra la voz para seguir. Se frota los brazos como quien siente escalofríos. Sin embargo, se recupera  y prosigue: “Él la llevó cargada un trecho más hasta que llegamos a un punto. Nos paramos a descansar y allí él hizo una fosa para enterrarla.  Mientras duró la travesía para llegar al puesto de Panamá se volteaba y me decía en español: “Amigo, estoy dejando a mi esposa. Estoy dejando a mi esposa”.

El nigeriano y Orlando perdieron el contacto una vez llegaron al puesto migratorio de Panamá.

“Yo he visto cosas duras; pero esa es una que no voy a olvidar”, dice como quien comparte un duelo.

“¿Dónde vamos a dormir?”

A eso de la 1:00 pm, algunos de los jóvenes que aún esperan en Union Station ayudan a cargar las cajas que llegan con  almuerzos donados por el chef español José Andrés, quien se ha vuelto famoso por el trabajo humanitario que lleva a cabo en distintos países del mundo y que ha llegado hasta la Ucrania azotada por la guerra.

Un niño duerme entre varias sillas, mientras su hermanita corretea. Sus padres los vigilan. Ellos han sido acogidos por un refugio de una iglesia católica. Esperan que los vayan a buscar.

Un hombre se acercó a los voluntarios y preguntó qué podía hacer para apoyar. Orlando, que se ha mantenido alerta, le dice que debe viajar a Nueva York pero que no tiene dinero.

Ese “ángel” benefactor de Orlando, que viste con atuendo de ciclista, acepta comprarle el pasaje en autobús (que cuesta unos 30 dólares) y le da otros 50 “para cualquier eventualidad”.  Se aleja entre vítores. En verdad, el “milagro” de un donante in situ no es tan común.

De los muchachos ya solo quedan cinco: Arnaldo, Israel, Manuel y los morochos Víctor y Carlos. Sus recorridos han sido variados. Tres han estado viviendo en Colombia, los gemelos entre Perú y Ecuador. Se fueron de Venezuela en 2018.

De los que han seguido su viaje, Martín vivía en El Cementerio, del sector Los Alpes, Yofrek, de 22 años, salió de La Guaira donde vivía con su abuela. Cuenta que no tiene dónde llegar, pero, de pronto, se va con otros dos en un autobús rumbo a Nueva York.

La venezolana Marisela Castillo Apitz, directora de la ONG Humanitarian Action, una de las organizaciones que atiende a los migrantes en tránsito, comenta que la situación de los hombres jóvenes puede ser muy apremiante, pues los recursos para socorrer a las personas migrantes que llegan a Washington D.C. son escasos y las mujeres y familias con menores de edad reciben atención prioritaria.

“Esto ha generado que el perfil de los migrantes que se quedan en Washington DC sean hombres jóvenes, venezolanos, que viajan solos. Algunos no tienen sponsors, familiares ni amigos”, afirma Castillo Apitz.

Apenas pasado el mediodía un incidente agita el ambiente. Dos hombres se han enzarzado en una riña a puños. Los muchachos miran asombrados la refriega, mientras debaten si separarlos o no. Mejor lo segundo, por razones de seguridad. Los voluntarios están próximos a marcharse de Union Station y el grupo de cinco aún no tiene lugar dónde dormir. Les toca irse a un refugio de la ciudad donde reciben a hombres sin vivienda. Al llegar allí deben esperar a las 4:30 pm para que les asignen una de las 72 camas.

En la parte trasera del refugio hay una pérgola rústica de madera, con bancos donde se resguardan del sol. Los cinco se juntan en una esquina mientras llegan otros hombres, algunos de ellos indigentes. Un joven de unos 30 años, de aspecto atlético, les habla en español con un acento inglés. Quiere saber quiénes son, qué hacen allí.  Los muchachos bromean con “yes, yes”. El hombre sonríe, enciende un cigarrillo de marihuana y pregunta si me molesta el humo. Tiene un cachorrito de pitbull que empieza a juguetear con los chamos.

Para este momento, los morochos, Israel, Manuel y Arnaldo se miran entre ellos como dubitativos. Manuel aún espera por su amigo que luego le compra un boleto de avión. Arnaldo insiste con su amigo de Indianápolis. Al final de esa noche ellos seguirán su camino. En el refugio se han quedado los morochos e Israel. Lograron cupo esa noche. También hallaron a otros venezolanos que han llegado desde principio del mes de julio.

Los vuelvo a ver dos semanas después. Han hechos algunos oficios de construcción.  Hacen planes para alquilar un espacio propio. Uno comenta que ya ha enviado 200 dólares a su hermana que está en Lima. Aún ninguno sabe a ciencia cierta qué va a hacer. Creen que se van a quedar en Washington DC, al igual que otros que han llegado a este refugio.  

Este es el inicio de la serie «Del Darién a Washington DC: el viaje de los nuevos migrantes venezolanos«.