La pasión teatral emigró con los venezolanos

VENEZUELA MIGRANTE · 18 DICIEMBRE, 2021 11:30

Ver más de

Agustina Bordigoni


¿Cómo valoras esta información?

QUÉ CHÉVERE
QUÉ INDIGNANTE
QUÉ CHIMBO

Organizar el Festival de Teatro Venezolano en Argentina fue la forma que una actriz migrante, Nazareth Cordero, encontró para reconectar con sus raíces. La primera edición contó con artistas de diferentes nacionalidades.

azareth Cordero emigró de Caracas, Venezuela, en 2015. Es actriz de teatro, tiene 32 años de edad y dejó su país impulsada por una situación que se hacía cada vez más difícil: “Había muchas huelgas, muchas protestas, muchas muertes”. Durante su viaje pasó por Colombia, Ecuador y Perú, donde recorrió la vía pública haciendo arte callejero. Dos meses más tarde llegó por tierra a la nación que se convirtió en su destino presente: Argentina. Se había enamorado de Buenos Aires durante unas vacaciones que tomó en 2013. En su valija no llevaba más que la idea de hacer teatro y el dinero apenas suficiente para sobrevivir un mes.

“Ajá… ¿Y ahora qué? ”, se preguntó al llegar. Su primera respuesta fue sobrevivir económicamente: comenzó a tomar empleos temporales en áreas en las que jamás había trabajado. Fue camarera, trabajó en restaurantes, “en infinidad de lugares”, cuenta. Mientras se desempeñaba en esas funciones hacía audiciones teatrales: “Trataba de tener lo artístico presente”.

En su cabeza además tenía una idea que no la abandonaba: quería organizar un encuentro de artistas venezolanos. “Es nuestra raíz y eso hay que tenerlo bien fuerte”. No se quedó tranquila hasta que finalmente lo concretó cuando impulsó en Buenos Aires el primer Festival de Teatro Venezolano en Argentina (FEVEA) que tuvo lugar en octubre de 2019Surgió como necesidad de unión, de unirnos en lo artístico, en lo teatral, como país”, dice.

La primera edición, en el Teatro Empire, reunió a 6 agrupaciones que fueron seleccionadas entre más de 20 que se presentaron para participar. De esas compañías había tres conformadas enteramente por venezolanos, dos por argentinos (que presentaron alguna obra venezolana o tenían entre sus integrantes a algún venezolano o venezolana) y una compuesta por venezolanos, argentinos y colombianos. “Me gustaría hacer una segunda edición del festival con muchísima más organización, más grande, cuidando los detalles que me faltaron”, comenta Cordero, ahora dedicada a otras actividades teatrales que surgieron a partir de ese encuentro.

Allí también se formaron nuevas redes de artistas de diferentes nacionalidades, y se inauguró otra etapa en la historia compartida del teatro argentino y venezolano, que había tenido en la figura de Carlos Giménez, migrante argentino que fundó la agrupación Rajatabla en Venezuela, uno de sus puntos de contacto más importantes hasta el presente. “La experiencia me hizo crecer como artista, como productora, como actriz, como humano, como mujer”, dice Cordero.

Lo que ocurrió con ella es la historia de la migración y la superación del duelo migratorio: “La migración supone una serie de pérdidas. Hay un proceso de duelo que atravesar. El cómo se resuelva este duelo tiene íntima relación con el modo en que ocurrió la migración y con las condiciones de vida que pueda ofrecer el país de destino”, afirma la psicóloga especializada en asuntos migratorios, Florencia Quercetti. Para Cordero, organizar el festival fue parte de su reinvención en Argentina.

Transformar el dolor

El festival, que se diagramó en tres encuentros de dos funciones diarias, ha sido la expresión más relevante del movimiento teatral encarnado por actrices, actores y escritores que salieron de Venezuela en tiempos recientes para establecerse en un país de fuerte tradición escénica. Cordero espera que la próxima edición pueda captar un número mayor de auspiciantes y de personas en la organización.

Los artistas venezolanos han explorado el tema del duelo en los montajes que han hecho en Argentina. Entre las más representativas figura una obra contemporánea de Karin Valecillos, dramaturga venezolana de 44 años de edad: “Jazmines en el Lídice”. La pieza está inspirada en la historia real de 54 mujeres que perdieron a sus hijos a causa de la violencia delictiva en su país. Esas historias reales fueron documentadas por “Esperanza Venezuela”, una organización que auspicia y crea campañas de sensibilización, siempre a través del arte.

¿Cómo vamos a cambiar algo si no nos atrevemos a mirar el dolor? El dolor es un espejo donde no hay belleza… pero qué se hace. No todo es bello… Por eso nos buscamos, ¿no? Hablamos un mismo idioma… y ojalá los que están afuera escucharan…”.

Es un fragmento del parlamento de Aída, uno de los personajes de la obra. Sus palabras reflejan cómo se enfrentó a la pérdida de su hijo, pero se pueden aplicar a cualquier dolor, a cualquier duelo. Así lo cree Oriana Nigro, de 33 años de edad, radicada en Argentina desde 2014, incluso antes de que empeorara la situación venezolana, que se ya se anticipaba crítica para entonces.

Nigro emprendió el viaje para estudiar la Especialización en Teatro de Objetos y Nuevos Medios, en la Universidad Nacional de las Artes en Buenos Aires. Ella es diseñadora teatral y se estrenó como directora con “Jazmines en el Lídice”, una obra que le permitió procesar sus propios dolores: “El duelo puede abrirse a otras instancias. En el caso de nosotras, el duelo de salir del país y decidir vivir en otra tierra”.

De la obra “Jazmines en el Lídice” participaron solamente actrices venezolanas. Foto: Anthonett Melo.

Las actrices y la directora decidieron mantener la forma de hablar típica de su país, sin cambiar las expresiones para el público argentino. Es decir, sus dolores fueron compartidos, pero a la vez escuchados y entendidos por los espectadores locales más allá de los coloquialismos venezolanos.

“Jazmines en el Lídice” también muestra la historia de aquellos que, aun estando en peligro, deciden quedarse en su país de origen. A las madres protagonistas de estas historias las detienen los recuerdos, los objetos, los olores de sus hijos perdidos. Por eso me gusta esta casa, me gusta este jardín… me hace ilusión que un día pase alguien y se sorprenda… Pueden nacer flores en la tierra donde mataron a nuestros hijos, dice Aída.

Nigro espera poder presentar la obra en una próxima edición del festival, lo que por razones fortuitas no pudo hacer en el anterior.

La obra Jazmines en el Lídice está pensada como “teatro de objetos”. Cada objeto representa a un ser querido perdido, al que las madres se aferran. Foto: Andrés Prada.

Cuentos de Guerra para dormir en paz explora otros dolores: el de las hermanas Tihana y Danica, separadas por la guerra entre croatas y serbios; el de un matrimonio venezolano que piensa estar en medio de la Guerra del Golfo; el de dos excombatientes de la guerra de Malvinas que intentan seguir adelante; y el de una pareja de desplazados colombianos.

En todas esas historias hay pérdidas, hay destierro, hay desarraigo. “Se ve un poco cómo han sido desplazados por la sociedad que no entiende lo que ellos vivieron”, resume Mariana Calderón, quien es actriz, productora y una de las directoras de la agrupación “Scenik-Arte”, que surgió en Buenos Aires en 2019. Algunos de los artistas que la componen ya trabajaban juntos en Venezuela desde 2010.

Calderón salió de Venezuela en 2016, junto a su compañero Luis Villegas. Ya tenían la idea de hacer teatro independiente y llevar al escenario obras de dramaturgos venezolanos y latinoamericanos. “Para nosotros el teatro es un modo de vida, no hay otra. Es un modo de ver la vida”. Los personajes de “Cuentos de guerra para dormir en paz”, que “Scenik-Arte” presentó en el festival, atraviesan diferentes pérdidas. La obra también está basada en un texto de Karin Valecillos. “Nos presenta cuatro historias cortas de ocho personajes que son víctimas de guerras impuestas por otros, y desde diferentes perspectivas deben aceptar o hacerle frente a esas realidades para poder recomponer su condición humana y sus sueños”, dice Calderón.

En “Mandrake Copperfield, hijo de Houdinni” una pareja de desplazados vive en otra tierra sin papeles, sin nombre. De “Cuentos de guerra para dormir en paz”. Foto: cortesía Nelson Dudier.

“Grita Kassandra” es la historia de Tihana y Danica, dos hermanas separadas por la guerra entre serbios y croatas, y unidas por la telenovela venezolana “Kassandra”. “Cuentos de guerra para dormir en paz”. Foto: cortesía de Nelson Dudier.
Una pareja oriunda de Aguas Calientes (Venezuela) cree que Medio Oriente es donde ellos viven, y que la Guerra del Golfo Pérsico se está desarrollando en su propio territorio. De “El Medio Oriente es de Carúpano para allá” en“Cuentos de Guerra para dormir en paz”. Foto: cortesía de Nelson Dudier.

Historias de ida y vuelta

Carlos Giménez fue un actor, creador teatral, director y escritor que se considera clave en la evolución del teatro venezolano. Además de fundar Rajatabla, fue uno de los directores del Festival Internacional de Teatro de Caracas, en 1971. Nació en Argentina, pero tuvo que huir del país en 1969, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Carlos Giménez es un referente muy importante en el teatro venezolano”, dice Nigro, que estudió en el Instituto Universitario de Teatro (IDET), del que Giménez fue fundador. “Yo creo que eso me trajo acá también, hay una esencia de él en mi búsqueda”.

Para Calderón, Giménez significó “una nueva concepción plástica del teatro. Que el teatro más que un espejo de la realidad es una manera de poder moldear, de poetizar la realidad”. Ella se formó enteramente en la agrupación Rajatabla, de la que recuerda un busto del artista argentino que está ubicado en la placita de entrada al edificio.

Cordero estudió bajo la influencia de dos argentinos: Giménez y Juana Sujo, una de las fundadoras de la Escuela Superior de Artes Escénicas.

Saber que Carlos Giménez hizo el primer Festival Internacional de Teatro en Caracas me motivó muchísimo a hacer el festival acá”.

De algún modo quienes emigraron sienten que escriben una página más de una misma historia de lazos entre Argentina y Venezuela a través del teatro. Para la organización del festival, Cordero contó con la ayuda de la actriz argentina Pilar Bonillo, a la que conoció estudiando en el Centro de Investigación Cinematográfica de Buenos Aires. “La experiencia fue hermosa, de mucho aprendizaje, me encantó poder estar, tener el privilegio de estar dentro de toda esa movida de venezolanos que realmente era muy emocionante”, cuenta Bonillo.

Con Scenik-Arte sucedió algo similar. El grupo abrió un casting específicamente para presentar la obra en el festival. Producto de esa selección se incorporaron a la compañía actores y músicos venezolanos, colombianos y argentinos. “Eso nos permite comparar los procesos artísticos de cada país, y el intercambio en cuanto a formas de producción”, comenta Calderón.

Así fue precisamente como Lautaro Ayerdi, un actor argentino, llegó a Scenik-Arte en 2019. “Se hizo un muy lindo montaje, y sobre todo un muy lindo grupo”, cuenta. La compañía se prepara para nuevos lanzamientos, entre ellos una obra de títeres y objetos. “Estoy muy ilusionado con los nuevos proyectos que iremos construyendo y las historias que iremos contando”. 

Lautaro Ayerdi en “Un chiste de las Malvinas”, la historia de dos excombatientes que luchan para seguir adelante a pesar de las pérdidas. Parte de la obra “Cuentos de guerra para dormir en paz”. Foto: cortesía de Nelson Dudier.

Como parte de esas historias conjuntas, Valeria Fernández, actriz de la agrupación argentina “Entramadas, mujeres por una poética propia”, participó del festival al que la compañía accedió por una de sus actrices, Rowena Prieto, que es venezolana. La obra que presentaron entonces fue “El Devorador o hasta que florezcan los jazmines”, que trata de un grupo de mujeres que se encuentran atrapadas por una bestia a la que tienen que alimentar. “La idea del espectáculo es cómo liberarse de esa situación, y ahí se dan unos encuentros y desencuentros entre este grupo de mujeres”.

Un grupo de mujeres espera que se muera la bestia que las tiene atrapadas. La bestia tiene las llaves que las podría sacar de ese lugar. Foto: cortesía de “Entramadas”. 

Tejiendo redes

Cordero sueña con un nuevo encuentro con artistas venezolanos que hoy están en diferentes partes del mundo: “Si viene una nueva edición será con esta nueva versión de quién soy yo y de lo que es el arte en este momento en mi vida”.

Para Nigro los vínculos con otros artistas venezolanos también son importantes. En 2020 creó junto a otras actrices un colectivo a distancia llamado “Teatro en red”. “Fue una forma de reconectar con Venezuela, porque pudimos presentarnos y ser vistas allá”.

Calderón dice que presentar obras venezolanas en Argentina es una forma de seguir en contacto con el país teatral que dejó, y que otros dejaron.

Siento que el teatro venezolano más que situarse geográficamente en un punto del planeta ahora está en todos lados. Y eso es hermoso porque a la vez nos permite trascender”.

Trascender es también la representación de los jazmines. Aquellos que florecieron para rescatar a las mujeres de la bestia en “El devorador” o los que mantenían vivos los recuerdos de los hijos de las protagonistas de “Jazmines en el Lídice”.

No se trata más que de eso: nuestros pasos dejan huellas aquí y allí. Solo hace falta atravesar esos duelos para descubrirlo y volver a florecer.

Créditos

Textos, guiones y edición de podcasts: Agustina Bordigoni
Acompañamiento editorial: David González
Edición de video: Alejandro Lorda y Marina Balbo / Imágenes video: Gentileza de Carlos Iván Suárez / www.esreviral.com
Fotos: Claudia Salazar. Cortesía de Nuestra Señora de Caacupé, Venezuela Gastronauta, Entramadas, Scenik-Arte y Oriana Nigro.
Diseño web: Facundo Lodeiro
Diseño de portada: Bachi

Producción realizada en el marco del curso Puentes de Comunicación II de la Escuela Cocuyo, apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

Si quieres saber ms sobre este tema, lee también:

VENEZUELA MIGRANTE · 28 DICIEMBRE, 2021 07:30

Hambre de futuro