OPINIÓN · 17 OCTUBRE, 2017 10:45

Venezuela: votar en dictadura

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Carmen Beatriz Fernández | @carmenbeat

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El domingo en Venezuela pistoleros asaltaron dos autobuses de pasajeros. Sucede casi todos los días, en realidad. Caracas se ha convertido en capital hemisférica del crimen. La novedad está en que los asaltantes actuaron sobre autobuses que trasladaban electores migrados. Al finalizar la acción criminal los ladrones se llevaron las llaves de los buses, para que de esta forma sus choferes no pudieran seguir trasladando electores. Y es que a escasas 72 horas de celebrarse las elecciones más de 700 mil votantes, aquellos que sufragaban en los circuitos más fuertemente opositores, fueron cambiados de su centro de votación, hacia otros más distantes geográficamente y más hostiles políticamente. El cambio se hizo a última hora y sin la suficiente advertencia a los electores, muchos de los cuales se enteraron del traslado justo al llegar a su centro de votación. Allí los esperaba el apoyo en movilización del candidato opositor, y deberían trasladarse a sufragar en centros saturados, con logísticas deliberadamente complicadas, fuertes colas y cerca del doble de electores del que fueron diseñados para manejar.

Desde hace ya varios años el árbitro electoral venezolano dejó de serlo para convertirse tímidamente en un jugador oficialista. Un árbitro que imponía condiciones leoninas a la oposición y se las facilitaba al oficialismo, un árbitro que inclinaba el campo de juego para que a su equipo favorito le fuera más fácil meter goles. Un recurso muy manido en los últimos años fue dejar en evidencia la parcialidad del árbitro electoral y su posibilidad de torcer el resultado de las urnas, ello facilitaba desmotivar al elector opositor a ejercer su voto y dificultaba los acuerdos entre quienes adversan al gobierno. Son también frecuentes los casos de votos forzados donde se acompaña, a veces militarmente, al votante más pobre y rural. Tampoco se le permite votar al elector de la cada vez más abundante diáspora que representa ya más del 10% del padrón electoral.

Mientras que el 25% chavista de la sociedad iba a votar, el 75% opositor se debatía entre ir o no.

Nunca durante la llamada revolución bolivariana las condiciones electorales han sido equilibradas, pero en las elecciones que se celebraron el domingo, se entró en una nueva fase. Ese árbitro cedió a su timidez inicial para convertirse descaradamente en el único jugador relevante del equipo de Maduro: el que mete todos los goles.

El domingo unos 18 millones de electores fueron llamados a votar en las elecciones para escoger gobernadores. Fueron éstas unas elecciones extemporáneas que habían debido celebrarse el pasado diciembre, por mandato constitucional. El chavismo, que alardeaba tanto de la muy frecuente convocatoria a las urnas, dejó de celebrar elecciones apenas comenzó a perderlas y llegó a estas en parte por presión internacional, y en parte por un esfuerzo de Maduro de aligerar la presión interna, aún a costa de sacrificar a algunas de sus propias fichas.

En Venezuela 3 de cada 4 electores adversan duramente al gobierno de Maduro y con esos números se podría esperar que la oposición se hiciera con al menos 20 de las gobernaciones. Pero nunca fue ese el pronóstico, pues mientras que el 25% chavista de la sociedad estaba convencido de ir a votar, el 75% opositor al régimen de Maduro se debatía entre si ir a votar o dejar de hacerlo, con lo cual la batalla en las urnas electorales se hacía mucho más equilibrada.

Los problemas serios comienzan cuando el electorado se convence de que no hay salidas por la vía electoral

En una elección normal una campaña de gobiernos regionales sería ocasión de presentar y debatir propuestas, contrastar lemas, destacar imágenes. Nada eso pasó en esta contienda. Fue un proceso con perspectiva nacional: durante la campaña el gobierno central usó toda su fuerza argumental para disuadir a los opositores de que fueran a votar. Un argumento fue categorizar a las negociaciones gobierno-oposición como evidencia de un pacto de convivencia, tratando de convencer a las bases opositoras de que hay acuerdos turbios y colaboracionismo. Otro argumento insistía en que votar era reconocer a la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente. Un tercero, ya reiterado, hacer siempre evidente la parcialidad del árbitro electoral. Quizás uno de los momentos más interesantes de la campaña se dio cuando más de 20 presos políticos suscribieron desde su cárcel una carta invitando a votar. Las campañas electorales también se juegan durante las dictaduras, pero en ellas los mensajes son distintos…

Sin embargo, durante las últimas dos semanas el liderazgo opositor había sido capaz de convencer a sus electores sobre la importancia de asistir a votar. La disposición al voto entre los opositores, que se mantenía en niveles inferiores al 50% fue creciendo hasta alcanzar un compromiso superior al histórico para elecciones regionales. Así las cosas el oficialismo recurrió a su plan B, con el que consiguió hacerse con 17 de las 23 gobernaciones. Fallada la táctica de impulsar argumentalmente la abstención, se buscó lograrla por la vía de inclinar aún más la cancha para dificultar al máximo el voto opositor. Es posible incluso que se haya ido un paso más allá en el pucherazo, y el fraude en las condiciones electorales se haya complementado con fraude en la votación, particularmente en aquellos centros de menor tamaño. Un indicador no venial es que existen numerosos centros de estas características en los que el candidato oficialista obtuvo más votos de los que nunca obtuvo el difunto comandante Chávez.

Quizás no haya nada demasiado nuevo en esto: a fin de cuentas ningún sistema se juzga como más o menos democrático porque existan reclamos de fraude. El poder suele jugar con ventajismo en todas partes del mundo. Sin embargo el dilema sobre si participar o no, no es banal en un sistema político. Los problemas serios comienzan cuando buena parte del electorado se convence de que no hay salidas por la vía electoral.

Foto: Archivo Efecto Cocuyo

Publicado en El Español 

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

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Desde hace ya varios años el árbitro electoral venezolano dejó de serlo para convertirse tímidamente en un jugador oficialista. Un árbitro que imponía condiciones leoninas a la oposición y se las facilitaba al oficialismo, un árbitro que inclinaba el campo de juego para que a su equipo favorito le fuera más fácil meter goles. Un recurso muy manido en los últimos años fue dejar en evidencia la parcialidad del árbitro electoral y su posibilidad de torcer el resultado de las urnas, ello facilitaba desmotivar al elector opositor a ejercer su voto y dificultaba los acuerdos entre quienes adversan al gobierno. Son también frecuentes los casos de votos forzados donde se acompaña, a veces militarmente, al votante más pobre y rural. Tampoco se le permite votar al elector de la cada vez más abundante diáspora que representa ya más del 10% del padrón electoral.

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El domingo unos 18 millones de electores fueron llamados a votar en las elecciones para escoger gobernadores. Fueron éstas unas elecciones extemporáneas que habían debido celebrarse el pasado diciembre, por mandato constitucional. El chavismo, que alardeaba tanto de la muy frecuente convocatoria a las urnas, dejó de celebrar elecciones apenas comenzó a perderlas y llegó a estas en parte por presión internacional, y en parte por un esfuerzo de Maduro de aligerar la presión interna, aún a costa de sacrificar a algunas de sus propias fichas.

En Venezuela 3 de cada 4 electores adversan duramente al gobierno de Maduro y con esos números se podría esperar que la oposición se hiciera con al menos 20 de las gobernaciones. Pero nunca fue ese el pronóstico, pues mientras que el 25% chavista de la sociedad estaba convencido de ir a votar, el 75% opositor al régimen de Maduro se debatía entre si ir a votar o dejar de hacerlo, con lo cual la batalla en las urnas electorales se hacía mucho más equilibrada.

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Sin embargo, durante las últimas dos semanas el liderazgo opositor había sido capaz de convencer a sus electores sobre la importancia de asistir a votar. La disposición al voto entre los opositores, que se mantenía en niveles inferiores al 50% fue creciendo hasta alcanzar un compromiso superior al histórico para elecciones regionales. Así las cosas el oficialismo recurrió a su plan B, con el que consiguió hacerse con 17 de las 23 gobernaciones. Fallada la táctica de impulsar argumentalmente la abstención, se buscó lograrla por la vía de inclinar aún más la cancha para dificultar al máximo el voto opositor. Es posible incluso que se haya ido un paso más allá en el pucherazo, y el fraude en las condiciones electorales se haya complementado con fraude en la votación, particularmente en aquellos centros de menor tamaño. Un indicador no venial es que existen numerosos centros de estas características en los que el candidato oficialista obtuvo más votos de los que nunca obtuvo el difunto comandante Chávez.

Quizás no haya nada demasiado nuevo en esto: a fin de cuentas ningún sistema se juzga como más o menos democrático porque existan reclamos de fraude. El poder suele jugar con ventajismo en todas partes del mundo. Sin embargo el dilema sobre si participar o no, no es banal en un sistema político. Los problemas serios comienzan cuando buena parte del electorado se convence de que no hay salidas por la vía electoral.

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