OPINIÓN · 29 OCTUBRE, 2017 11:04

Orwell, 1984 y nosotros

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Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

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Barcelona, mayo 1937

Ese inglés alto y flaco que camina por las calles de Barcelona, con su bigotillo que le adorna el labio superior, parece cualquier cosa menos un soldado. En realidad es escritor. Se llama Eric Arthur Blair y fue a España «a matar fascistas». Está de permiso en Barcelona, pues combate en el frente de Huesca donde echó sus primeros tiros con un viejo máuser. Ahora asiste, sorprendido, a un nuevo episodio de la guerra civil española pero en este no se enfrentan franquistas y republicanos sino que son los anarquistas, comunistas y trotskistas quienes se matan entre sí.

Todo comienza con la toma del edificio de la Telefónica por los anarquistas. Los comunistas no iban a permitir que los libertarios controlaran las comunicaciones. Las calles de Barcelona se llenan de barricadas y comienza la lucha entre los bandos de izquierda. Franco se frota las manos de satisfacción por las balas que ahorrará.

Los comunistas querían ganar la guerra, los anarquistas quieren la revolución ya. Estos son mayoría en Cataluña, tienen su propia milicia pero los comunistas buscan desarmarlos, prefieren hacer un ejército regular, jerárquico. Eran dos posturas enfrentadas, irreconciliables. Los comunistas, mejor pertrechados y entrenados, finalmente ganan y comienza la represión.

Los comisarios políticos entran en acción. Las tristemente célebres chekas o cárceles de tortura se llenan de anarquistas y trotskistas, entre ellos Andreu Nin, destacado intelectual catalán, a quien «desaparecen», como a muchos otros dirigentes. Las cárceles y las torturas las describe detalladamente Felix Llaugé en su libro El terror staliniano en la España republicana. Stalin se quita la máscara: es un dictador atroz y megalómano, no muy distinto de Hitler.

Londres, junio 1949

Eric, finalmente asume su condición de escritor. Se pone George Orwell como nombre artístico. Escribe y escribe, tosiendo sobre el teclado, sabe que no le queda mucho tiempo de vida pues la tuberculosis avanza. Ya no es aquel joven miliciano idealista sino el hombre desencantado de la izquierda, tras observar las atrocidades de los «camaradas» y el culto a la personalidad alrededor del «Padrecito» Stalin, quien firmaba sentencias de muerte sin pestañear.

Orwell escapó por un pelo de la represión estalinista y llegó a Inglaterra donde escribiría en 1938 Homenaje a Cataluña, una extensa crónica de su experiencia en la guerra civil española, en 1945 Animal Farm (una ingeniosa fábula política) y luego, en 1949, apenas un año antes de su muerte prematura, 1984, una visión distópica de un futuro marcado por el totalitarismo y el uso de los medios de comunicación para el lavado cerebral y la manipulación ideológica, en función de preservar en el poder a una casta burocrática criminal e inescrupulosa.

Orwell muere demasiado pronto, en 1950 a los 46 años, pero nos deja una obra que se ha convertido en materia de culto por su claridad política frente a dictaduras de cualquier signo ideológico, e inspirado numerosas adaptaciones cinematográficas, como la de Michael Radford (1984) o Brazil, de Terry Gilliam (1985), musicales como la de Anthony Philips, teatrales y literarias.

Caracas, octubre 2017

Todo ocurre en un Londres devastado por una guerra ficticia, pero bien pudiera ocurrir aquí y ahora. Winston es un intelectual que presta sus servicios en el Miniver, el ministerio de la verdad. Su trabajo consiste en alterar los archivos hemerográficos, en otras palabras, reescribir la historia, de acuerdo a los intereses de la casta dominante agrupada en el Partido.

La videopantalla reina sobre todos a cada momento. Emite continuamente noticias falsas de una supuesta guerra de Oceanía con Eurasia («siempre hemos estado en guerra con Eurasia», dice la narradora); se suceden imágenes confusas de movimientos bélicos y enumera cifras, estadísticas, de cualquier cosa: de producción de conejos, de cordones de zapatos, de clavos, de incremento de una presunta felicidad.

En un momento dado, los trabajadores se detienen y observan la cara repugnante de Goldstein, el principal opositor del Gran Hermano y fundador de la organización clandestina de La Hermandad, de quien se narran sus crímenes terroristas; comienzan los dos minutos de odio, durante los cuales todos vociferan y lo insultan para después volver a sus labores habituales, siempre bajo la mirada escrutadora del Gran Hermano, que te vigila, que nos vigila a todos.

La cotidianidad de Winston, quien come poco y mal en una ciudad deteriorada por la escasez, la miseria y el colapso de los servicios públicos, se ve alterada por una mano femenina que le entrega un papelito. Julia lo cita en un parque y allí comienza un enamoramiento, algo inusual en la vida gris de unos personajes habitantes de una sociedad totalitaria y controlada, donde la delación es un valor.

Más adelante entra en escena O’Brien, el miembro del partido interior, quien se hace pasar por conspirador. Es una trampa, muchos tentáculos se cierran sobre el pobre Winston quien termina en una silla de tortura, derrumbándose bajo las repetidas descargas eléctricas que le infligen sus hostigadores.

Y todo esto ocurre en un dispositivo escenográfico minimalista. Aquí no hay telones ni tarimas. El suelo que pisan los actores es el mismo de los espectadores; la primera fila, donde me encuentro, está al mismo nivel de ellos. Lo que se ve es un muro de color blanco sucio, con cubos incrustados a diferentes niveles. Los actores van con bragas de color indefinido (también parecen sucias).

Durante dos horas el cerebro no hace más que comparar lo que estamos viendo (que no es más que una transcripción bastante fiel de la obra de Orwell al teatro), con la realidad que está fuera de estas paredes. Y las semejanzas son espeluznantes. Aún resuenan en nuestros oídos las terribles consignas: «La guerra es la paz»; «La libertad es la esclavitud»; «La ignorancia es la fuerza…».

¡Bravo! Ovación final para la gran labor de todo el grupo Dram-On, mención especial a los directores Abel García y Aníbal Cova, quienes, al finalizar la función, anunciaron que no sería la última, ya que en virtud del gran respaldo del público, la obra volverá a la cartelera del Trasnocho Cultural en breve. Porque dos y dos son cuatro… Cuando asistir al teatro se convierte en un acto de resistencia.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

 

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Todo comienza con la toma del edificio de la Telefónica por los anarquistas. Los comunistas no iban a permitir que los libertarios controlaran las comunicaciones. Las calles de Barcelona se llenan de barricadas y comienza la lucha entre los bandos de izquierda. Franco se frota las manos de satisfacción por las balas que ahorrará.

Los comunistas querían ganar la guerra, los anarquistas quieren la revolución ya. Estos son mayoría en Cataluña, tienen su propia milicia pero los comunistas buscan desarmarlos, prefieren hacer un ejército regular, jerárquico. Eran dos posturas enfrentadas, irreconciliables. Los comunistas, mejor pertrechados y entrenados, finalmente ganan y comienza la represión.

Los comisarios políticos entran en acción. Las tristemente célebres chekas o cárceles de tortura se llenan de anarquistas y trotskistas, entre ellos Andreu Nin, destacado intelectual catalán, a quien «desaparecen», como a muchos otros dirigentes. Las cárceles y las torturas las describe detalladamente Felix Llaugé en su libro El terror staliniano en la España republicana. Stalin se quita la máscara: es un dictador atroz y megalómano, no muy distinto de Hitler.

Londres, junio 1949

Eric, finalmente asume su condición de escritor. Se pone George Orwell como nombre artístico. Escribe y escribe, tosiendo sobre el teclado, sabe que no le queda mucho tiempo de vida pues la tuberculosis avanza. Ya no es aquel joven miliciano idealista sino el hombre desencantado de la izquierda, tras observar las atrocidades de los «camaradas» y el culto a la personalidad alrededor del «Padrecito» Stalin, quien firmaba sentencias de muerte sin pestañear.

Orwell escapó por un pelo de la represión estalinista y llegó a Inglaterra donde escribiría en 1938 Homenaje a Cataluña, una extensa crónica de su experiencia en la guerra civil española, en 1945 Animal Farm (una ingeniosa fábula política) y luego, en 1949, apenas un año antes de su muerte prematura, 1984, una visión distópica de un futuro marcado por el totalitarismo y el uso de los medios de comunicación para el lavado cerebral y la manipulación ideológica, en función de preservar en el poder a una casta burocrática criminal e inescrupulosa.

Orwell muere demasiado pronto, en 1950 a los 46 años, pero nos deja una obra que se ha convertido en materia de culto por su claridad política frente a dictaduras de cualquier signo ideológico, e inspirado numerosas adaptaciones cinematográficas, como la de Michael Radford (1984) o Brazil, de Terry Gilliam (1985), musicales como la de Anthony Philips, teatrales y literarias.

Caracas, octubre 2017

Todo ocurre en un Londres devastado por una guerra ficticia, pero bien pudiera ocurrir aquí y ahora. Winston es un intelectual que presta sus servicios en el Miniver, el ministerio de la verdad. Su trabajo consiste en alterar los archivos hemerográficos, en otras palabras, reescribir la historia, de acuerdo a los intereses de la casta dominante agrupada en el Partido.

La videopantalla reina sobre todos a cada momento. Emite continuamente noticias falsas de una supuesta guerra de Oceanía con Eurasia («siempre hemos estado en guerra con Eurasia», dice la narradora); se suceden imágenes confusas de movimientos bélicos y enumera cifras, estadísticas, de cualquier cosa: de producción de conejos, de cordones de zapatos, de clavos, de incremento de una presunta felicidad.

En un momento dado, los trabajadores se detienen y observan la cara repugnante de Goldstein, el principal opositor del Gran Hermano y fundador de la organización clandestina de La Hermandad, de quien se narran sus crímenes terroristas; comienzan los dos minutos de odio, durante los cuales todos vociferan y lo insultan para después volver a sus labores habituales, siempre bajo la mirada escrutadora del Gran Hermano, que te vigila, que nos vigila a todos.

La cotidianidad de Winston, quien come poco y mal en una ciudad deteriorada por la escasez, la miseria y el colapso de los servicios públicos, se ve alterada por una mano femenina que le entrega un papelito. Julia lo cita en un parque y allí comienza un enamoramiento, algo inusual en la vida gris de unos personajes habitantes de una sociedad totalitaria y controlada, donde la delación es un valor.

Más adelante entra en escena O’Brien, el miembro del partido interior, quien se hace pasar por conspirador. Es una trampa, muchos tentáculos se cierran sobre el pobre Winston quien termina en una silla de tortura, derrumbándose bajo las repetidas descargas eléctricas que le infligen sus hostigadores.

Y todo esto ocurre en un dispositivo escenográfico minimalista. Aquí no hay telones ni tarimas. El suelo que pisan los actores es el mismo de los espectadores; la primera fila, donde me encuentro, está al mismo nivel de ellos. Lo que se ve es un muro de color blanco sucio, con cubos incrustados a diferentes niveles. Los actores van con bragas de color indefinido (también parecen sucias).

Durante dos horas el cerebro no hace más que comparar lo que estamos viendo (que no es más que una transcripción bastante fiel de la obra de Orwell al teatro), con la realidad que está fuera de estas paredes. Y las semejanzas son espeluznantes. Aún resuenan en nuestros oídos las terribles consignas: «La guerra es la paz»; «La libertad es la esclavitud»; «La ignorancia es la fuerza…».

¡Bravo! Ovación final para la gran labor de todo el grupo Dram-On, mención especial a los directores Abel García y Aníbal Cova, quienes, al finalizar la función, anunciaron que no sería la última, ya que en virtud del gran respaldo del público, la obra volverá a la cartelera del Trasnocho Cultural en breve. Porque dos y dos son cuatro… Cuando asistir al teatro se convierte en un acto de resistencia.

***

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