OPINIÓN · 28 ABRIL, 2017 07:00

Matar al padre

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Rodrigo Blanco Calderón

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Lo primero que llama la atención en el video de Yibram Saab Fornino, el hijo del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, es el escenario. Al fondo se ve un jardín cuyo límite es un muro de setos. A la izquierda una palmera precisa el encuadre. Es de noche y la única luz parece provenir del otro lado de la cámara.

–¿Estás listo? –dice una voz.

Yibram asiente e inmediatamente alguien más agrega:

–Estoy grabando.

Lo que sigue es uno de los capítulos más significativos del progresivo pero irrefrenable proceso de demolición del chavismo como poder político.

Yibram comienza por presentarse como «ciudadano y estudiante de Derecho». No como «pueblo» ni masa indiferenciada, sino como sujeto autónomo y pensante. Condición que refuerza al declarar lo que hace, estudiar Derecho, es decir, comprender los alcances y los límites de su propia libertad.

Es de piel blanca, pero el rostro muestra la insolación típica de los demócratas venezolanos de estos días: el registro ardoroso de las muchas horas pasadas bajo el sol luchando por vencer la dictadura de Nicolás Maduro.

El video dura apenas un minuto y cincuenta y dos segundos, pero está estructurado minuciosamente de principio a fin.

Luego de presentarse y de recordar cómo las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia han roto el hilo constitucional en Venezuela, Yibram fija su posición, «libremente ante el país, como venezolano y como hijo mayor del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab: mi papá».

Al decir esto, Yibram se detiene por un segundo, levanta la mirada del papel que está leyendo y observa a la cámara.

Yibram no dice mi «padre», dice mi «papá». Lo que a pesar de la severidad de la mirada, que revela la conciencia de la lección moral que le está brindando frente al país, busca mantener las hebras del hilo familiar.

La valentía del hijo revela la cobardía del padre. Tarek William Saab, ante el ultimátum que le dio la Asamblea Nacional para que asumiera verdaderamente las atribuciones de su cargo, utilizó como escudo a su esposa y a sus hijos, viendo en aquella exigencia una amenaza personal y culpando a la oposición de cualquier cosa que le pudiera pasar a él y a su familia.

A lo que Yibram responde:

«En primer lugar, quiero desmentir que tanto yo como mi hermana Sofía, de dieciocho años de edad, y mi hermano menor, de catorce, hemos recibido algún tipo de amenaza».

¿Por qué Yibram hace esto? ¿Por qué le hace esto a su propio padre? Yibram, inmediatamente lo aclara:

«Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco».

Estoy seguro de que, dentro de ciertos sectores monolíticos de la oposición, esta declaración les bastará para descalificar el pronunciamiento de Yibram. Pedirán lo que en el fondo anhelan que pase entre los venezolanos: un linchamiento. Sin embargo, Yibram ha hecho algo mucho más complejo, mucho más inteligente y a la vez conmovedor: ha desarmado al padre con sus propias armas. Las armas del valor y la justicia que el Defensor habría cambiado por un juego de mancuernas y unos afiches de Chávez.

Yibram ha cumplido con ese ritual que todo muchacho debe hacer de manera consciente para convertirse en hombre: matar al padre. Es decir, desvanecer la sombra paterna incorporándola. Un ritual que Yibram ha cumplido con valentía y también con ternura, ante la mirada atónita de un país que por un minuto y cincuenta y dos segundos quedó convertido en un público isabelino.

No obstante, no es sólo el drama familiar el que ha llevado a Yibram a hacer lo que hizo. Yibram decidió fijar posición en la noche de un día particularmente doloroso. El día en que la dictadura asesinó al joven Juan Pernalete, disparándole al pecho, a quemarropa, una bomba lacrimógena que le partió a él, a su familia y a toda Venezuela el corazón.

Juan Pernalete

«Ese, pude haber sido yo», dice Yibram y mira de nuevo a la cámara. Mirando, a través de todos nosotros, a ese a quien todavía llama «papá».

Yibram termina pidiéndole a Tarek, con un estoicismo impresionante, que reflexione y haga lo que tenga hacer.

«Te entiendo, sé que no es fácil, pero es lo correcto», le dice el hijo al padre.

Con su carta, Yibram Saab Fornino se ha convertido en hombre. No sólo en el sentido de la afirmación de una virilidad que en ciertas ocasiones, como esta, es necesaria. Sino también en el sentido de transformarse en alguien íntegro. Alguien que ha deglutido su propia sombra, aconsejándola y amándola.

La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre.

Tomado del blog https://elatajomaslargo.wordpress.com/ con autorización del autor.

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–¿Estás listo? –dice una voz.

Yibram asiente e inmediatamente alguien más agrega:

–Estoy grabando.

Lo que sigue es uno de los capítulos más significativos del progresivo pero irrefrenable proceso de demolición del chavismo como poder político.

Yibram comienza por presentarse como «ciudadano y estudiante de Derecho». No como «pueblo» ni masa indiferenciada, sino como sujeto autónomo y pensante. Condición que refuerza al declarar lo que hace, estudiar Derecho, es decir, comprender los alcances y los límites de su propia libertad.

Es de piel blanca, pero el rostro muestra la insolación típica de los demócratas venezolanos de estos días: el registro ardoroso de las muchas horas pasadas bajo el sol luchando por vencer la dictadura de Nicolás Maduro.

El video dura apenas un minuto y cincuenta y dos segundos, pero está estructurado minuciosamente de principio a fin.

Luego de presentarse y de recordar cómo las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia han roto el hilo constitucional en Venezuela, Yibram fija su posición, «libremente ante el país, como venezolano y como hijo mayor del Defensor del Pueblo, Tarek William Saab: mi papá».

Al decir esto, Yibram se detiene por un segundo, levanta la mirada del papel que está leyendo y observa a la cámara.

Yibram no dice mi «padre», dice mi «papá». Lo que a pesar de la severidad de la mirada, que revela la conciencia de la lección moral que le está brindando frente al país, busca mantener las hebras del hilo familiar.

La valentía del hijo revela la cobardía del padre. Tarek William Saab, ante el ultimátum que le dio la Asamblea Nacional para que asumiera verdaderamente las atribuciones de su cargo, utilizó como escudo a su esposa y a sus hijos, viendo en aquella exigencia una amenaza personal y culpando a la oposición de cualquier cosa que le pudiera pasar a él y a su familia.

A lo que Yibram responde:

«En primer lugar, quiero desmentir que tanto yo como mi hermana Sofía, de dieciocho años de edad, y mi hermano menor, de catorce, hemos recibido algún tipo de amenaza».

¿Por qué Yibram hace esto? ¿Por qué le hace esto a su propio padre? Yibram, inmediatamente lo aclara:

«Hago esto motivado por los principios y valores que me enseñó mi papá. Cosa por la cual te agradezco».

Estoy seguro de que, dentro de ciertos sectores monolíticos de la oposición, esta declaración les bastará para descalificar el pronunciamiento de Yibram. Pedirán lo que en el fondo anhelan que pase entre los venezolanos: un linchamiento. Sin embargo, Yibram ha hecho algo mucho más complejo, mucho más inteligente y a la vez conmovedor: ha desarmado al padre con sus propias armas. Las armas del valor y la justicia que el Defensor habría cambiado por un juego de mancuernas y unos afiches de Chávez.

Yibram ha cumplido con ese ritual que todo muchacho debe hacer de manera consciente para convertirse en hombre: matar al padre. Es decir, desvanecer la sombra paterna incorporándola. Un ritual que Yibram ha cumplido con valentía y también con ternura, ante la mirada atónita de un país que por un minuto y cincuenta y dos segundos quedó convertido en un público isabelino.

No obstante, no es sólo el drama familiar el que ha llevado a Yibram a hacer lo que hizo. Yibram decidió fijar posición en la noche de un día particularmente doloroso. El día en que la dictadura asesinó al joven Juan Pernalete, disparándole al pecho, a quemarropa, una bomba lacrimógena que le partió a él, a su familia y a toda Venezuela el corazón.

Juan Pernalete

«Ese, pude haber sido yo», dice Yibram y mira de nuevo a la cámara. Mirando, a través de todos nosotros, a ese a quien todavía llama «papá».

Yibram termina pidiéndole a Tarek, con un estoicismo impresionante, que reflexione y haga lo que tenga hacer.

«Te entiendo, sé que no es fácil, pero es lo correcto», le dice el hijo al padre.

Con su carta, Yibram Saab Fornino se ha convertido en hombre. No sólo en el sentido de la afirmación de una virilidad que en ciertas ocasiones, como esta, es necesaria. Sino también en el sentido de transformarse en alguien íntegro. Alguien que ha deglutido su propia sombra, aconsejándola y amándola.

La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre.

Tomado del blog https://elatajomaslargo.wordpress.com/ con autorización del autor.

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