Los retos de este momento - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 9 JULIO, 2017 09:02

Los retos de este momento

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Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

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El ejercicio del gobierno democrático no puede estar fundamentado, de manera cruda, en un ejercicio de coacción. Si así lo fuera estaríamos en presencia de algo totalmente diferente. La democracia va mucho más allá del simple ejercicio electoral, tiene que ver con un modo de vida, con una manera de hacer las cosas a través de la búsqueda de acuerdos, de la construcción de consensos. Se trata de un ejercicio complicado. A fin de cuentas, implica el reconocimiento del otro como un actor valioso, cuyos puntos de vista deben ser valorados positivamente. La democracia implica la existencia de un pluralismo razonable, de una aceptación respetuosa de las diferencias, de una construcción de lo común en la cual los puntos de vista de los demás son incorporados para ser escuchados y valorados en su justa medida, en los términos de sus contenidos y sin que importe quien dice aquello que dice.

En democracia un hombre (genérico) es un voto, pero es mucho más que eso, se trata de un sujeto con capacidad para hacer discurso, para expresarse libremente, se trata de un sujeto que no necesita tener miedo, pero que, además, desarrolla una clara capacidad para hacerse cargo de sí mismo, para asumir responsabilidades públicas, para hacerse responsable de sus actuaciones, responder autónomamente por lo que hace o deja de hacer. La democracia requiere de ciudadanos y no de clientes. Requiere de sujetos que sean capaces de enfrentar los retos asociados con sus responsabilidades y no darle la espalda a los problemas. La ciudadanía pierde su dignidad cuando, por ejemplo, quienes la representan le dan la espalda a un uniformado con ánimo felón.

Quizás una de nuestras falencias más sentidas sea la ausencia de nuestra formación ciudadana. Quizás si los venezolanos hubiésemos leído con más cuidado Doña Bárbara nunca hubiésemos caído en la tentación de apostar por el autoritarismo. Nuestro problema civil más importante es, sin duda, nuestra falta de educación cívica, nuestra duda permanente hacia el mundo civil, nuestra búsqueda por un hombre fuerte que venga a resolvernos los problemas. Los venezolanos andamos a la búsqueda de un padre, nos asusta comportarnos autónomamente, nos cuesta un mundo ‘echarnos los largos’.

Llama la atención el furor histérico con el cual algunos sectores han acogido la presencia en nuestro imaginario de un funcionario policial que habla desde algún lugar desconocido, delante de una bandera y con ‘cara de alzao’. Asombra la manera como para alguna gente se trata de una opción lógica dentro del gran desmadre nacional en el cual vivimos.

A fin de cuentas tenemos que reconocer que nos encantan los atajos, que nos gustan las salidas fáciles, que somos presa de los encantadores de serpientes, que no aprendemos a racionalizar nuestras emociones y, simplemente, nos dejamos llevar. Si el Flautista de Hamelin se lanzara a nuestro ruedo político más de uno lo seguiría danzando, hechizado al compás de las notas, al igual que los niños del cuento que terminaron encerrados en una caverna. La verdad, nos toca reconocerlo, es que esto ya nos ha pasado demasiadas veces. Son muchos nuestros destinos, son excesivas nuestras faltas, nos sobran los ´mensajes sin destino´.

Esta condición que nos aqueja, estas fallas de nuestra civilidad, nos colocan frente a frente a la barbarie. A la barbarie no se le da la espalda, aunque nos empuje, aunque nos levante la voz. Habría que preguntarse qué hubiera hecho Doña Bárbara si Santos Luzardo hubiera sentido miedo, le hubiese ‘agachado la oreja’, no la hubiese visto de frente, se hubiera ido con el rabo entre las piernas. El Maestro Gallegos hubiera tenido que escribir un final alternativo en el cual Altamira se hubiera convertido en el Miedo. Hubiera sido imposible que prevaleciese la decencia y el respeto en el llano profundo que describe nuestro escritor más importante del siglo pasado.

Sin lugar a dudas nos encontramos frente a la barbarie, no otra cosa puede decirse de ese acto terrible que fue la toma de los espacios de la Asamblea Nacional por una turba de sujetos violentos, dispuestos a caerle a coñazos a la República representada en ese espacio civil. Uno puede reconocer que nos encontramos ante uno de los peores parlamentos de nuestra vida republicana son que por ello pueda evitar decir que cuando se ataca a los Diputados, se ataca a la institucionalidad civil, a los valores profundos de nuestra vida republicana. Se trata, en consecuencia, de un acto pecaminoso, de una afrenta a nuestra historia civil.

Está sobre la mesa nuestra tesitura moral, nuestra voluntad para reconstruir el edificio de nuestra institucionalidad democrática, la definición de una valoración cívica de nuestro devenir histórico, necesitamos menos héroes y mayor confluencia, menos protagonistas y más ciudadanos, menos fogosidad y más reflexión, menos temeridad y más valentía. Se trata de los retos que nos enfrentan a este momento histórico que vivimos.

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