Lo que (no) callan las mujeres - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 6 ABRIL, 2019 05:50

Lo que (no) callan las mujeres

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Eritza Liendo

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Mucho se ha dicho que Venezuela es mujer. Conocida desde la época de la Conquista como Tierra de Gracia, la venezolana ha sido vista desde tiempos inmemoriales como tierra de guerreros, de gente batalladora que lucha, de gente que le planta cara a las dificultades.

Mucho se ha dicho que Venezuela es una hembra aguerrida, que lo mismo se calza con las armas de la lucha que con el rebozo para la oración; que lo mismo es férrea a la hora de impartir disciplina como puede ser muy dulce para echar la bendición; una mujer con tanto encanto como malicia.

De Venezuela se ha dicho que es madre para los hijos propios y para los adoptados. Que es cobijo y rescoldo para el desamparado y fiera de colmillos para defender a sus hijos. También se ha dicho que en Venezuela hay cuna y hay albergue para cuando la visita es gentil, pero que la respuesta es altanera si el huésped es un impresentable.

En el imaginario de propios y de extraños, Venezuela sigue siendo poseedora de un aura mítica (y mística) que trasciende cualquier inventario de bienes materiales. Incluso hoy, estando en el ojo del huracán mediático mundial, Venezuela es más que coyunturas y conflictos sociopolíticos y domésticos. En medio del caos, en Venezuela siempre se alzan voces que agradecen por lo bueno y que ante lo malo gritan ¿hasta cuándo?

 Hoy es María Fernanda Rodríguez

No es que los hombres no salgan a protestar. No es que los hombres no sufran en carne propia los rigores de una crisis que ya está dejando de serlo para convertirse en un padecimiento endémico. No es que los hombres no estén también hartos de tanta calamidad y que no se sumen a las protestas que, día tras día, se multiplican en las diferentes regiones del país.

¡Claro que los hombres también toman las calles! ¡Claro que también manifiestan y marchan y gritan consignas y suenan vuvuzelas y cornetean (si van en su carro) y claro que sueltan juramentos y le sacan la madre a cualquiera! Sin embargo, y en rigor, el reclamo masculino es, por decirlo de algún modo, más corporal, es más de fuerza, es más de confrontación física.

A falta de los atributos inherentes a la condición masculina (y que afloran cuando se trata, por ejemplo, de defender a un hijo), la mujer transforma su frustración, su rabia y su impotencia en mordacidad virulenta. A falta de puños (que bien podría usar si, por ejemplo, le violentaran su hogar) la mujer hace de su lengua un látigo que flagela sin florituras retóricas.

La lengua de una mujer harta de abusos y de injusticias se vuelve un flagellum taxillatus, y sus palabras surten el mismo efecto del azote que arranca piel y desgarra músculos. Y no estamos hablando de histeria precisamente. No. Estamos hablando del deslave emocional y discursivo que se produce cuando a una ciudadana comprometida consigo misma y con los suyos terminan sacándole la piedra.

Antes fue Carlota Flores

Y esa mujer que da la cara, esa mujer responsiva, cuyo rostro se viraliza a través de las redes sociales, ha existido siempre. Por estos días, se han vuelto muy populares los videos de María Fernanda Rodríguez.

Todos supimos de la existencia de esta mujer a partir de un alzamiento de guardias nacionales que se produjo en Cotiza el pasado 21 de enero de 2019. Vecina del sector, salió cacerola en mano, a drenar su descontento.

El desplante de su “majomenos”, como corolario de su mensaje al señor Nicolás Maduro, pronto le ganó la simpatía de muchos que, en ese instante hubieran querido decir lo mismo.

Pero María Fernanda Rodríguez no es la primera ni la única ni la última mujer que alzará su voz en demanda de justicia social. ¿Quién no recuerda a Carlota Flores y a su pequeña hija, Aleida Josefina? Ambas, en 1978, acompañaron al entonces candidato presidencial Luis Herrera Campins en su campaña electoral: “¿Es esto correcto? ¿Es esto lo que tú quieres que continúe?” fueron sus frases más populares.

Esas frases las concibió alguien, una tercera persona que las pensó por ellas. Carlota Flores y su hija se ciñeron a un guión pero, para los efectos de la campaña, madre e hija fueron la voz y la imagen de un reclamo en una época en la que elegir presidentes era cosa seria. No una fiesta democrática.

Las mujeres hoy –hartas de haber sido sorprendidas en su buena fe– salen a la calle sin más armamento que un tobo vacío y un verbo en llamas. No necesitan libretos porque el guión lo llevan impreso en la rabia que da padecer la diferencia entre vivir y sobrevivir.

Retórica del hastío

La gente de VIVOPlay está en todas partes. Este equipo se ha convertido en albacea de la información libre. Se han convertido en una muy buena alternativa para saber que está pasando en las calles de Venezuela.

En tiempos de criminalización del periodismo informativo, los reporteros y corresponsales de este canal de televisión en línea transmiten los acontecimientos en tiempo real y llevan a través de sus distintas plataformas el pulso de las demandas populares.

En twitter, y específicamente en @vivoplaynet, hay todo un registro de lo que no callan las mujeres. A través de esa cuenta muchos han podido ver el protagonismo de la mujer venezolana en medio de las protestas por la ausencia de servicios básicos.

Sin luz y sin agua, ninguna cotidianidad es normal. Sin alimentos y sin medicinas, la vida sencilla de la gente normal se vuelve un incordio. No importa de qué zona se trate; tampoco importa el estrato social. La desgracia no hace distingos.

Cuando se apaga la luz, y por lo tanto se interrumpe el suministro de agua, el reclamo en forma de estribillo se escucha igual en San Martín que en El Cafetal; en El Silencio igual que en Altamira; en Sarría igual que en Sebucán; en Los Cortijos igual que en la Intercomunal de El Valle; en Cumbres de Curumo igual que en San Agustín; en Vargas igual que en la avenida Baralt. El caos se generaliza. Y las mujeres pierden la paciencia…

Carmen Cruz, Clarisa Serrano, Luz Machado, Belkis Bozo, Noris Liendo, María Fernanda Rodríguez son sólo algunas de las venezolanas que, dueñas de su santa ira, enviaron sus mensajes al señor Maduro.

Esos mensajes nadie se los escribió. Esos mensajes fueron generados por su propia impotencia; fueron mensajes cargados de indignación y adornados con expresiones tan soeces como pertinentes en el contexto de una situación de hartazgo.

El momento de la rabia desbordada excluye la corrección política y el perifollo verbal. No se trata de hacer apología de la grosería (cuyo uso, en todo caso, responde a una urgencia expresiva).

Se trata, más bien, de entender que no se le puede pedir ni ponderación ni sutileza ni compostura a alguien que ya no da más de sí porque la ineficiencia de una gestión gubernamental llevada al garete ha logrado que el ciudadano común y corriente se vuelva un animalito de presa y reaccione desde las tripas… aunque esté asistido por la razón.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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