OPINIÓN · 17 MAYO, 2017 23:12

La teta ausente

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Cecilia Dávila Dugarte

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La mujer deja reposar en sus pechos toda su identidad. Mamas o tetas son símbolo de feminidad, así lo determina la cultura, así lo vivimos las mujeres, sin embargo en muy pocas ocasiones somos nosotras quienes decidimos el papel que esa parte de nuestro cuerpo, compuesta de tejido glandular y grasa, representará en la dinámica social y en la historia.

Ancestralmente los pechos femeninos han jugado el rol nutricio, desde la prehistoria, las grandes civilizaciones y con más auge desde la llegada del monoteísmo y sus asexuadas vírgenes, el pecho como dispensador de leche, casi desprendido del cuerpo femenino, se erigió como símbolo definitorio de la feminidad. Eso duró hasta la Edad Media y el Renacimiento, cuando la llegada del pecho erótico, desnudo y erguido, llena todas las iconografías de la época, liberándolo de las ataduras sagradas y asentándose en el terrenal campo de juego del deseo masculino. Y así el Orden Mundial divide a la mujer en dos: putas y santas, eternamente enfrentadas. Esas dos representaciones serán usadas por El Poder naciendo el Pecho Político, activo hasta nuestros días.

Uno de los primeros momentos de la historia en la que El Poder se complace en usar el pecho femenino es en el siglo XVIII durante La Revolución Francesa cuando en las proclamas revolucionarias la leche materna sólo sería pura si provenía de las amorosas madres del pueblo, mientras que la leche de las aristócratas estaría manchada. Ahora el poder vuelve a dividir a las mujeres en patriotas y antipatriotas, limpias y sucias, buenas y malas.

Este recorrido en la historia es para poder brindarle otra mirada a lo acontecido en la Marcha de las Mujeres el 6 de mayo del año en curso y la reacción que desde El Poder hace retroceder la rueda de la historia unos siglos atrás. Y es que ese día, un grupo de mujeres, siguiendo el ejemplo de sus iguales en los años setenta, decidieron liberar de sostenes sus pechos y convertirlos en símbolos de libertad y, al mismo tiempo, llamar la atención sobre sus demandas.

Unos días después de la marcha, desde la maquinaria propagandística del Estado se puso a circular una caricatura donde una mujer muestra sus pechos a otra que amamanta mientras le refiere que había operado sus senos para la marcha. La mujer que amamanta la increpa y ofende dejándola ver como frívola y descerebrada. De nuevo la atávica confrontación entre mujeres, la ancestral división entre mujeres, otra vez como en el siglo XVIII.

El Poder desde el patriarcado las clasifica en buenas y malas, madres abnegadas y santas frente a las irreverentes y desafiantes que muestran unos pechos menos maternales. La primera vez que supe del registro de la marcha fue al ver velozmente la imagen de una mujer mastectomizada que llevaba un cartel que decía “a mí me falta una teta pero a ustedes les faltan bolas”. Me sorprendió gratamente, no por el cartel, obviamente machista, sino porque a través del cartel se infiltró el pecho ausente, ese que debía estar en un lugar y ya no está, ese que dejó un espacio vacío, el mismo del que muchos hablan y algunos escuchan pero muy pocos posan la mirada sobre él, ese pecho que ya no es erótico ni sensual, ya no es nutricio ni dispensador de vida, que pudo haber sido ambas cosas pero ahora es un pecho enfermo.

La complacencia duró poco al ver como el escándalo por la desnudez de los pechos silenció de nuevo la protesta, el escándalo nos puso de nuevo a hablar de mujeres que amamantan y mujeres con implantes y de hombres sin bolas pero pocos se detuvieron a hablar del cáncer de mama en un país donde mueren más de dos mil mujeres al año por esta patología y en el cual no hay programas de detección precoz, no hay políticas de Estado para la lucha contra el cáncer, no hay disponibilidad de mamógrafos ni ecógrafos, no hay reactivos para los estudios pertinentes, hay una severa escasez de fármacos oncológicos, los pocos servicios de radioterapia están colapsados, el acceso a la quimioterapia es deficiente, los servicios de imágenes (resonancia magnética y tomografía) son más que insuficientes, sin hablar de la fallas en material de contraste.

Ese pecho ausente tímidamente trató de llamar la atención hacia temas como la Salud de la Mujer y todas debimos unirnos en un solo frente, ese tema debió abarcar todo el espectro político, debió unir a oficialistas y opositoras, a obreras y profesionales, a feministas y no feministas, a ricas y pobres pero todo se diluyó entre tetas nutricias y tetas eróticas, otra vez El Poder pretende sentenciar cuál es el objetivo del pecho y ponerlo a su servicio y las mujeres… sostenemos y defendemos su sentencia.

Simone de Beauvoir dijo que “Las mujeres, para hacernos sentir, tenemos que escandalizar”. Yo disiento de este postulado, creo que el escándalo es otra herramienta más del patriarcado para desviar la atención y dejar fuera del debate los temas más relevantes para la mujer y así mantenernos eternamente divididas, eternamente enfrentadas.

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Ancestralmente los pechos femeninos han jugado el rol nutricio, desde la prehistoria, las grandes civilizaciones y con más auge desde la llegada del monoteísmo y sus asexuadas vírgenes, el pecho como dispensador de leche, casi desprendido del cuerpo femenino, se erigió como símbolo definitorio de la feminidad. Eso duró hasta la Edad Media y el Renacimiento, cuando la llegada del pecho erótico, desnudo y erguido, llena todas las iconografías de la época, liberándolo de las ataduras sagradas y asentándose en el terrenal campo de juego del deseo masculino. Y así el Orden Mundial divide a la mujer en dos: putas y santas, eternamente enfrentadas. Esas dos representaciones serán usadas por El Poder naciendo el Pecho Político, activo hasta nuestros días.

Uno de los primeros momentos de la historia en la que El Poder se complace en usar el pecho femenino es en el siglo XVIII durante La Revolución Francesa cuando en las proclamas revolucionarias la leche materna sólo sería pura si provenía de las amorosas madres del pueblo, mientras que la leche de las aristócratas estaría manchada. Ahora el poder vuelve a dividir a las mujeres en patriotas y antipatriotas, limpias y sucias, buenas y malas.

Este recorrido en la historia es para poder brindarle otra mirada a lo acontecido en la Marcha de las Mujeres el 6 de mayo del año en curso y la reacción que desde El Poder hace retroceder la rueda de la historia unos siglos atrás. Y es que ese día, un grupo de mujeres, siguiendo el ejemplo de sus iguales en los años setenta, decidieron liberar de sostenes sus pechos y convertirlos en símbolos de libertad y, al mismo tiempo, llamar la atención sobre sus demandas.

Unos días después de la marcha, desde la maquinaria propagandística del Estado se puso a circular una caricatura donde una mujer muestra sus pechos a otra que amamanta mientras le refiere que había operado sus senos para la marcha. La mujer que amamanta la increpa y ofende dejándola ver como frívola y descerebrada. De nuevo la atávica confrontación entre mujeres, la ancestral división entre mujeres, otra vez como en el siglo XVIII.

El Poder desde el patriarcado las clasifica en buenas y malas, madres abnegadas y santas frente a las irreverentes y desafiantes que muestran unos pechos menos maternales. La primera vez que supe del registro de la marcha fue al ver velozmente la imagen de una mujer mastectomizada que llevaba un cartel que decía “a mí me falta una teta pero a ustedes les faltan bolas”. Me sorprendió gratamente, no por el cartel, obviamente machista, sino porque a través del cartel se infiltró el pecho ausente, ese que debía estar en un lugar y ya no está, ese que dejó un espacio vacío, el mismo del que muchos hablan y algunos escuchan pero muy pocos posan la mirada sobre él, ese pecho que ya no es erótico ni sensual, ya no es nutricio ni dispensador de vida, que pudo haber sido ambas cosas pero ahora es un pecho enfermo.

La complacencia duró poco al ver como el escándalo por la desnudez de los pechos silenció de nuevo la protesta, el escándalo nos puso de nuevo a hablar de mujeres que amamantan y mujeres con implantes y de hombres sin bolas pero pocos se detuvieron a hablar del cáncer de mama en un país donde mueren más de dos mil mujeres al año por esta patología y en el cual no hay programas de detección precoz, no hay políticas de Estado para la lucha contra el cáncer, no hay disponibilidad de mamógrafos ni ecógrafos, no hay reactivos para los estudios pertinentes, hay una severa escasez de fármacos oncológicos, los pocos servicios de radioterapia están colapsados, el acceso a la quimioterapia es deficiente, los servicios de imágenes (resonancia magnética y tomografía) son más que insuficientes, sin hablar de la fallas en material de contraste.

Ese pecho ausente tímidamente trató de llamar la atención hacia temas como la Salud de la Mujer y todas debimos unirnos en un solo frente, ese tema debió abarcar todo el espectro político, debió unir a oficialistas y opositoras, a obreras y profesionales, a feministas y no feministas, a ricas y pobres pero todo se diluyó entre tetas nutricias y tetas eróticas, otra vez El Poder pretende sentenciar cuál es el objetivo del pecho y ponerlo a su servicio y las mujeres… sostenemos y defendemos su sentencia.

Simone de Beauvoir dijo que “Las mujeres, para hacernos sentir, tenemos que escandalizar”. Yo disiento de este postulado, creo que el escándalo es otra herramienta más del patriarcado para desviar la atención y dejar fuera del debate los temas más relevantes para la mujer y así mantenernos eternamente divididas, eternamente enfrentadas.

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