OPINIÓN · 4 FEBRERO, 2018 06:00

La negociación y la fuerza de las circunstancias

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Francisco Alfaro Pareja |@franciscojoseap

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La iniciativa que lleva varios meses desarrollándose en República Dominicana con la facilitación del gobierno de ese país y, hasta hace poco, con el acompañamiento de 5 países de la región, para el entendimiento entre el gobierno y la oposición venezolana, ha venido consolidándose como una mesa de negociación, al menos desde el último tercio del año 2017. Esto es positivo en cuanto a que, más allá del diálogo, se pasa un nivel de mayor compromiso, con una metodología más rigurosa de establecimiento de agendas, la definición del rol de los terceros (los facilitadores y los acompañantes), el asesoramiento de expertos, las estrategias de facilitación y de seguimiento de los pre acuerdos que se van alcanzando. Es un mecanismo político alternativo para regular un conflicto que dejó de ser jurídico hace ya varios años. Sin embargo, para que dicha negociación tenga éxito, más allá de contar con mecanismos rigurosos y metodológicos (que ciertamente son muy importantes), lo indispensable es la voluntad política. Y esta sólo surge por dos vías: o por la maduración del conflicto o por la fuerza de las circunstancias para los actores.

La maduración del conflicto implica, por una parte, partir del reconocimiento de que existe una situación inconveniente que es necesario resolver y, por otra, la comprensión de que no hay otra manera de resolver el conflicto sino a través del entendimiento y las cesiones. Se asume que doblegar al adversario será imposible. La otra forma en que la voluntad política se alcanza es cuando las circunstancias de la realidad (condiciones de fuerza, contexto interno, marco internacional, apoyos, etc) obligan a uno o a ambos actores a ceder. Es decir, aunque ambas partes pretenden doblegar al adversario, renuncian temporalmente a esta intención por factores ajenos a su voluntad y que los ponen directamente a riesgo o amenaza.

En Venezuela, la negociación se está dando, más por la fuerza de las circunstancias que por la maduración del conflicto. En el caso del gobierno, por la presión internacional y, en el caso de la oposición, por la presión interna del gobierno sobre esta. Esto porque aún en importantes sectores del gobierno y la oposición, y también de sus seguidores, existe el mito de que será posible someter o vencer definitivamente al otro por diversas vías. Lamentablemente, la maduración viene usualmente a fuerza de experiencias dolorosas que hunden a los países en años de dolor y sufrimiento, como se puede observar en casos como los de España, Colombia o Sur África. Si a esto le sumamos la tendencia iliberal y la pretensión totalitaria del gobierno venezolano que no reconoce al “otro” como válido y el sesgo ideológico en la acción de gobierno, entonces la situación es aún más compleja.

Por otra parte, está el tema del momento de la negociación. Desde el punto de vista de la paz, siempre es momento para la negociación, para el entendimiento y para el diálogo. De hecho, los seres humanos en nuestras dinámicas cotidianas nos movemos entre constantes iniciativas mediadoras y negociadoras que pasan desapercibidas justamente por ser parte de nuestra rutina diaria. Sin embargo, cuando se altera esta dinámica debido a la intención deliberada de canalizar un conflicto de manera violenta, se deben establecer mecanismos alternativos para la regulación de conflictos. Una negociación, así sea tardía, contribuye de alguna manera a construir o mantener puentes mínimos de entendimiento para que los niveles de violencia no aumenten. Ahora, desde el punto de vista de las estrategias de negociación, el mejor momento para un mecanismo de este tipo a nivel político se produce cuando ambas partes tiene algún elemento de presión para que la otra esté interesada, no sólo en sentarse en la mesa, sino en ceder.

Desde el lado de la oposición venezolana, el momento propicio para la instalación de una mesa de negociación en el conflicto venezolano hubiese sido a mediados del año 2017, cuando la presión interna contra el gobierno alcanzó los mayores niveles de los últimos 15 años. No obstante, en aquel momento, y por el mito extendido de que el gobierno estaba acorralado y era cuestión de tiempo su derrota, se rechazó esta iniciativa. Luego, los hechos demostraron que la negociación era un mecanismo ineludible, pero ya el timing había pasado y el saldo fue muy costoso. Más de 150 venezolanos fueron asesinados, cientos permanecen aún en la cárcel y miles fueron heridos. Desde el punto de vista del gobierno, el mecanismo de la negociación nunca ha sido el más beneficioso, ya que esté parte de la idea de no compartir el poder, de no ceder. Hasta hace poco su lema era “Patria, socialismo o muerte, venceremos”. Por ello prefiere hablar de mesa de diálogo, ya que esta no implica de entrada la necesidad de ceder, sino de correr la arruga. Si bien hoy en día el gobierno controla los mecanismos internos económicos, financieros, institucionales y de coerción, lo cierto es que las divisiones internas comienzan a hacer aguas en el barco de la revolución y la situación económica y social en el país luce insostenible a mediano plazo.

En ese marco, ¿es prudente mantener el mecanismo de la negociación entre gobierno y oposición? A pesar de que un sector importante de la población desconfía de los resultados que de allí se puedan derivar, los demócratas y defensores de la paz, debemos abogar siempre por aquellas vías que procuren aumentar las instancias de paz y disminuir la violencia. Se podrá argumentar que estos mecanismos a lo largo de los últimos 15 años no han resuelto el problema, ni siquiera han apaciguado la intención autoritaria y totalitaria del gobierno. De modo que la violencia, pesar de no ser abiertamente franca, al estilo de una dictadura clásica o una guerra civil, sí ha aumentado (y lo sigue haciendo) de manera progresiva y de distintas formas. Esta es una realidad inocultable. Ahora, sin negar la necesidad de seguir apoyando otros métodos de presión ciudadana para la restitución de la Constitución, la democracia y el ejercicio del voto en un sistema justo, libre y transparente, es necesario apoyar este mecanismo que al final es la última instancia a la cual se llega, bien sea antes o después de las amargas y duras experiencias. Es nuestro deber exigir a los negociadores responsabilidad y altura de miras; a los facilitadores y acompañantes, rigurosidad y equilibrio; hacer críticas constructivas, señalar los errores y proponer alternativas; generar opinión pública sobre la necesidad de promover la convivencia democrática, los costos de cercenar los mecanismos para el reconocimiento mutuo y lo complejo que resulta equilibrar aplicación de justicia y construcción de paz de cara a la construcción de un futuro común.

En su más reciente artículo, titulado “Demasiado tarde para una solución convencional”, el politólogo Miguel Ángel Martínez Meucci advierte de la gravedad en la deriva del conflicto venezolano y las consecuencias sobre la región de un potencial estado fallido y señala que parece haberse acabado el tiempo de una negociación de “adentro hacia afuera” (en la que un acuerdo entre el gobierno y la oposición sea posteriormente reconocido por la comunidad internacional), siendo una negociación más efectiva aquella que venga de “afuera hacia adentro” (en la que actores internacionales dispuestos a estabilizar la situación en Venezuela, logren acuerdos para forzar a los actores internos a lograr algún tipo de pacto).

Siendo actores foráneos (como China, Rusia, la UE y Estados Unidos) los que pueden forzar al gobierno a cumplir acuerdos y ofrecer garantías de salida, parece lógica esta tesis nada sencilla lo cual, a su vez, denota que los venezolanos no sólo hemos perdido el control sobre la solución final de este conflicto, sino sobre nuestra propia soberanía e independencia. Esto, claro está, no nos exime de nuestra responsabilidad ya que, al final, la necesidad de reconocernos, perdonarnos, aplicar justicia, generar una memoria plural y reconciliarnos depende sólo de nosotros.

Sin voluntad política no hay posibilidad de avanzar en los procesos de negociación y alcanzar acuerdos que luego sean cumplidos. Ojalá que la fuerza de las circunstancias obligue a las partes, específicamente al gobierno venezolano, a retomar la senda de la democracia y del estado de derecho que, en definitiva, es el camino señalado por la Constitución de 1999. Por otra parte, que la sociedad civil apoye, respalde y acompañe toda iniciativa que tienda a recuperar la vía de la convivencia. De lo contrario, corremos el riesgo de que los mecanismos para la regulación del conflicto se hagan cada vez más violentos, bien sea por factores internos, por la influencia foránea o por ambos.

Foto: Infobae.com

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

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La maduración del conflicto implica, por una parte, partir del reconocimiento de que existe una situación inconveniente que es necesario resolver y, por otra, la comprensión de que no hay otra manera de resolver el conflicto sino a través del entendimiento y las cesiones. Se asume que doblegar al adversario será imposible. La otra forma en que la voluntad política se alcanza es cuando las circunstancias de la realidad (condiciones de fuerza, contexto interno, marco internacional, apoyos, etc) obligan a uno o a ambos actores a ceder. Es decir, aunque ambas partes pretenden doblegar al adversario, renuncian temporalmente a esta intención por factores ajenos a su voluntad y que los ponen directamente a riesgo o amenaza.

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Por otra parte, está el tema del momento de la negociación. Desde el punto de vista de la paz, siempre es momento para la negociación, para el entendimiento y para el diálogo. De hecho, los seres humanos en nuestras dinámicas cotidianas nos movemos entre constantes iniciativas mediadoras y negociadoras que pasan desapercibidas justamente por ser parte de nuestra rutina diaria. Sin embargo, cuando se altera esta dinámica debido a la intención deliberada de canalizar un conflicto de manera violenta, se deben establecer mecanismos alternativos para la regulación de conflictos. Una negociación, así sea tardía, contribuye de alguna manera a construir o mantener puentes mínimos de entendimiento para que los niveles de violencia no aumenten. Ahora, desde el punto de vista de las estrategias de negociación, el mejor momento para un mecanismo de este tipo a nivel político se produce cuando ambas partes tiene algún elemento de presión para que la otra esté interesada, no sólo en sentarse en la mesa, sino en ceder.

Desde el lado de la oposición venezolana, el momento propicio para la instalación de una mesa de negociación en el conflicto venezolano hubiese sido a mediados del año 2017, cuando la presión interna contra el gobierno alcanzó los mayores niveles de los últimos 15 años. No obstante, en aquel momento, y por el mito extendido de que el gobierno estaba acorralado y era cuestión de tiempo su derrota, se rechazó esta iniciativa. Luego, los hechos demostraron que la negociación era un mecanismo ineludible, pero ya el timing había pasado y el saldo fue muy costoso. Más de 150 venezolanos fueron asesinados, cientos permanecen aún en la cárcel y miles fueron heridos. Desde el punto de vista del gobierno, el mecanismo de la negociación nunca ha sido el más beneficioso, ya que esté parte de la idea de no compartir el poder, de no ceder. Hasta hace poco su lema era “Patria, socialismo o muerte, venceremos”. Por ello prefiere hablar de mesa de diálogo, ya que esta no implica de entrada la necesidad de ceder, sino de correr la arruga. Si bien hoy en día el gobierno controla los mecanismos internos económicos, financieros, institucionales y de coerción, lo cierto es que las divisiones internas comienzan a hacer aguas en el barco de la revolución y la situación económica y social en el país luce insostenible a mediano plazo.

En ese marco, ¿es prudente mantener el mecanismo de la negociación entre gobierno y oposición? A pesar de que un sector importante de la población desconfía de los resultados que de allí se puedan derivar, los demócratas y defensores de la paz, debemos abogar siempre por aquellas vías que procuren aumentar las instancias de paz y disminuir la violencia. Se podrá argumentar que estos mecanismos a lo largo de los últimos 15 años no han resuelto el problema, ni siquiera han apaciguado la intención autoritaria y totalitaria del gobierno. De modo que la violencia, pesar de no ser abiertamente franca, al estilo de una dictadura clásica o una guerra civil, sí ha aumentado (y lo sigue haciendo) de manera progresiva y de distintas formas. Esta es una realidad inocultable. Ahora, sin negar la necesidad de seguir apoyando otros métodos de presión ciudadana para la restitución de la Constitución, la democracia y el ejercicio del voto en un sistema justo, libre y transparente, es necesario apoyar este mecanismo que al final es la última instancia a la cual se llega, bien sea antes o después de las amargas y duras experiencias. Es nuestro deber exigir a los negociadores responsabilidad y altura de miras; a los facilitadores y acompañantes, rigurosidad y equilibrio; hacer críticas constructivas, señalar los errores y proponer alternativas; generar opinión pública sobre la necesidad de promover la convivencia democrática, los costos de cercenar los mecanismos para el reconocimiento mutuo y lo complejo que resulta equilibrar aplicación de justicia y construcción de paz de cara a la construcción de un futuro común.

En su más reciente artículo, titulado “Demasiado tarde para una solución convencional”, el politólogo Miguel Ángel Martínez Meucci advierte de la gravedad en la deriva del conflicto venezolano y las consecuencias sobre la región de un potencial estado fallido y señala que parece haberse acabado el tiempo de una negociación de “adentro hacia afuera” (en la que un acuerdo entre el gobierno y la oposición sea posteriormente reconocido por la comunidad internacional), siendo una negociación más efectiva aquella que venga de “afuera hacia adentro” (en la que actores internacionales dispuestos a estabilizar la situación en Venezuela, logren acuerdos para forzar a los actores internos a lograr algún tipo de pacto).

Siendo actores foráneos (como China, Rusia, la UE y Estados Unidos) los que pueden forzar al gobierno a cumplir acuerdos y ofrecer garantías de salida, parece lógica esta tesis nada sencilla lo cual, a su vez, denota que los venezolanos no sólo hemos perdido el control sobre la solución final de este conflicto, sino sobre nuestra propia soberanía e independencia. Esto, claro está, no nos exime de nuestra responsabilidad ya que, al final, la necesidad de reconocernos, perdonarnos, aplicar justicia, generar una memoria plural y reconciliarnos depende sólo de nosotros.

Sin voluntad política no hay posibilidad de avanzar en los procesos de negociación y alcanzar acuerdos que luego sean cumplidos. Ojalá que la fuerza de las circunstancias obligue a las partes, específicamente al gobierno venezolano, a retomar la senda de la democracia y del estado de derecho que, en definitiva, es el camino señalado por la Constitución de 1999. Por otra parte, que la sociedad civil apoye, respalde y acompañe toda iniciativa que tienda a recuperar la vía de la convivencia. De lo contrario, corremos el riesgo de que los mecanismos para la regulación del conflicto se hagan cada vez más violentos, bien sea por factores internos, por la influencia foránea o por ambos.

Foto: Infobae.com

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