OPINIÓN · 14 AGOSTO, 2021 05:30

La huida migratoria

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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QUÉ CHÉVERE
QUÉ INDIGNANTE
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Eternamente se ha migrado. Los primeros grupos humanos fueron nómadas.  Así como las aves y los peces, los humanos nos hemos movido de un sitio a otro en búsqueda de mejores condiciones de vida.

En un principio, los humanos emigrábamos, como los otros animales, por sobrevivencia: alimento, agua y temperatura soportable. Actualmente, en todo el mundo, hay corrientes migratorias humanas buscando lo mismo que entonces, mejores condiciones de vida, pero no, necesariamente, de sobrevivencia.

Las razones migratorias se han diversificado. Se emigra por circunstancias que se nos imponen, pero también se emigra por deseo. Razones no necesariamente excluyentes. En casi todos los casos ante la disyuntiva de emigrar o quedarse en el lugar de las dificultades, hay una pregunta clave, muy personal: ¿emigro, o no?

Migración impuesta

Se asume que toda migración es impuesta por el peso de las circunstancias, que nadie emigra porque quiere. No necesariamente es así. 

Hay razones para emigrar que aún cuando una persona no quisiera hacerlo, se le imponen: más allá de mejorar la vida, es salvar la vida. Muy frecuentemente por persecución política o religiosa. Si te atrapan, tu vida corre peligro, puedes perderla o pasarla muy mal. Esa es la migración que pudiera ser considerada como impuesta. Aún así, hay la opción de quedarse in situ y enfrentar los riesgos. Depende de cada quien.

Muy probablemente, gran cantidad de emigrantes lo son porque se “impone” la necesidad de “mejorar la vida”. Esa razón incluye desde conseguir mejor trabajo, mayor salario, alimentación, mejores servicios públicos -incluido algo tan básico como disponer de electricidad, agua potable y transporte público eficiente-, atención a la salud, seguridad personal ante la delincuencia, oportunidades de estudio, de diversión, hasta recuperar el sueño, la esperanza de que cada día será mejor.

Buscar una vida mejor es un derecho humano y en su ejercicio algunas personas deciden emigrar. Así como otras, bajo las mismas circunstancias, deciden NO migrar, aún pasándola peor que alguna gente que emigra. Es entonces, cuando hay que reconocer que la emigración tiene un componente de decisión voluntaria.

Migración voluntaria

Aún cuando los factores adversos al bienestar personal, familiar, laboral o de progreso, sean muy fuertes en el lugar en que se viva, es posible soportarlos, inclusive, en la medida de lo posible, sortearlos. 

Es posible enfrentar los factores adversos de tipo político o ideológico, en el lugar de los acontecimientos, siempre y cuando la vida de la persona no corra peligro inminente por esas razones. No enfrentar las adversidades termina siendo una decisión individualista.  “Podría enfrentarlas, pero no quiero” parece ser la frase que recoge el razonamiento de emigrar por decisión propia.  En estos casos, se aplica: “sálvense quien pueda”. Es entonces, cuando se habla de migración voluntaria.

Hay migración voluntaria cuando se puede decidir. Me quedo o me voy. Independientemente de cuáles sean las razones que hacen irse o quedarse, termina siendo una decisión personal, a lo máximo de pareja, de familia.

Por lo general, es una persona adulta, más allá de la adolescencia, quien decide emigrar. Las más jóvenes suelen estar sujetas a las decisiones de las mayores. Los niños, niñas y adolescentes poco cuentan en estas decisiones, aunque afecten su vida. Casi nunca se les consulta y si opinan, no importa, son los adultos quienes deciden, pensando en el bien de ellas.                                            

Los factores afectivos, personales, también suelen tener peso en la decisión de emigrar. Esos van desde el reencuentro con la pareja, amistades, la familia. Así como, la conveniencia de ayudar económicamente a la familia estando en otro país hasta el deseo de alejarse de ella.

Ninguna decisión de emigrar es absolutamente individual. Por supuesto, hay factores externos que inciden en ella. Las condiciones económicas, políticas, la calidad de vida suelen ser las más aludidas. Por sobre ellas, otra razón poderosa: la violencia de cualquier origen: delincuencial, religiosa, racista, de género, entre otras, y por sobre ellas, el deseo de una vida mejor, la esperanza.     

Migración y duelo

Algunas personas emigran saliendo de sus países en avión, inclusive en primera clase, y así viven su migración.  Otras arriesgan su vida, inclusive, la pierden tratando de conseguir otra mejor. La mayoría llega al otro lado, más allá, y les cuesta mucho, encarrilar su vida, Por lo general, la mejoran. Hay quienes no aguantan y se regresan.

Los procesos migratorios son diversos y suelen ser duros. Aún siendo una decisión personal, teniendo recursos para enfrentar las nuevas adversidades y se tenga entusiasmo, implica pérdida y, así no se quiera ver, toda pérdida tiene sabor a duelo. El duelo es amargo o agridulce.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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En un principio, los humanos emigrábamos, como los otros animales, por sobrevivencia: alimento, agua y temperatura soportable. Actualmente, en todo el mundo, hay corrientes migratorias humanas buscando lo mismo que entonces, mejores condiciones de vida, pero no, necesariamente, de sobrevivencia.

Las razones migratorias se han diversificado. Se emigra por circunstancias que se nos imponen, pero también se emigra por deseo. Razones no necesariamente excluyentes. En casi todos los casos ante la disyuntiva de emigrar o quedarse en el lugar de las dificultades, hay una pregunta clave, muy personal: ¿emigro, o no?

Migración impuesta

Se asume que toda migración es impuesta por el peso de las circunstancias, que nadie emigra porque quiere. No necesariamente es así. 

Hay razones para emigrar que aún cuando una persona no quisiera hacerlo, se le imponen: más allá de mejorar la vida, es salvar la vida. Muy frecuentemente por persecución política o religiosa. Si te atrapan, tu vida corre peligro, puedes perderla o pasarla muy mal. Esa es la migración que pudiera ser considerada como impuesta. Aún así, hay la opción de quedarse in situ y enfrentar los riesgos. Depende de cada quien.

Muy probablemente, gran cantidad de emigrantes lo son porque se “impone” la necesidad de “mejorar la vida”. Esa razón incluye desde conseguir mejor trabajo, mayor salario, alimentación, mejores servicios públicos -incluido algo tan básico como disponer de electricidad, agua potable y transporte público eficiente-, atención a la salud, seguridad personal ante la delincuencia, oportunidades de estudio, de diversión, hasta recuperar el sueño, la esperanza de que cada día será mejor.

Buscar una vida mejor es un derecho humano y en su ejercicio algunas personas deciden emigrar. Así como otras, bajo las mismas circunstancias, deciden NO migrar, aún pasándola peor que alguna gente que emigra. Es entonces, cuando hay que reconocer que la emigración tiene un componente de decisión voluntaria.

Migración voluntaria

Aún cuando los factores adversos al bienestar personal, familiar, laboral o de progreso, sean muy fuertes en el lugar en que se viva, es posible soportarlos, inclusive, en la medida de lo posible, sortearlos. 

Es posible enfrentar los factores adversos de tipo político o ideológico, en el lugar de los acontecimientos, siempre y cuando la vida de la persona no corra peligro inminente por esas razones. No enfrentar las adversidades termina siendo una decisión individualista.  “Podría enfrentarlas, pero no quiero” parece ser la frase que recoge el razonamiento de emigrar por decisión propia.  En estos casos, se aplica: “sálvense quien pueda”. Es entonces, cuando se habla de migración voluntaria.

Hay migración voluntaria cuando se puede decidir. Me quedo o me voy. Independientemente de cuáles sean las razones que hacen irse o quedarse, termina siendo una decisión personal, a lo máximo de pareja, de familia.

Por lo general, es una persona adulta, más allá de la adolescencia, quien decide emigrar. Las más jóvenes suelen estar sujetas a las decisiones de las mayores. Los niños, niñas y adolescentes poco cuentan en estas decisiones, aunque afecten su vida. Casi nunca se les consulta y si opinan, no importa, son los adultos quienes deciden, pensando en el bien de ellas.                                            

Los factores afectivos, personales, también suelen tener peso en la decisión de emigrar. Esos van desde el reencuentro con la pareja, amistades, la familia. Así como, la conveniencia de ayudar económicamente a la familia estando en otro país hasta el deseo de alejarse de ella.

Ninguna decisión de emigrar es absolutamente individual. Por supuesto, hay factores externos que inciden en ella. Las condiciones económicas, políticas, la calidad de vida suelen ser las más aludidas. Por sobre ellas, otra razón poderosa: la violencia de cualquier origen: delincuencial, religiosa, racista, de género, entre otras, y por sobre ellas, el deseo de una vida mejor, la esperanza.     

Migración y duelo

Algunas personas emigran saliendo de sus países en avión, inclusive en primera clase, y así viven su migración.  Otras arriesgan su vida, inclusive, la pierden tratando de conseguir otra mejor. La mayoría llega al otro lado, más allá, y les cuesta mucho, encarrilar su vida, Por lo general, la mejoran. Hay quienes no aguantan y se regresan.

Los procesos migratorios son diversos y suelen ser duros. Aún siendo una decisión personal, teniendo recursos para enfrentar las nuevas adversidades y se tenga entusiasmo, implica pérdida y, así no se quiera ver, toda pérdida tiene sabor a duelo. El duelo es amargo o agridulce.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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