OPINIÓN · 3 DICIEMBRE, 2016 00:09

La gloria roja

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Eritza Liendo

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“¡Debiste empezar a escribir hace muuucho tiempo!”. Que a alguien le digan esto tiene implicaciones distintas y excluyentes: por una parte, puede tomarse como un reclamo y, por la otra, como un elogio. Fuere como fuere, un comentario así siempre da mucho qué pensar. Podría uno preguntarse, por ejemplo, si hay una edad ideal para comenzar a escribir. Lo cual implicaría que hay, también, una edad para dejar de hacerlo.

En lo personal, creo que todo tiene su momento y que ese momento no se debe forzar, pues forzarlo implicaría toda clase de riesgos. Tener talento para contar no implica, necesariamente, que la literatura sea un destino inexorable. Del mismo modo, sobran quienes han forzado su incursión en el panorama literario aun sin contar con el talento suficiente para ello. Escriben, sí. Publican, sí. Son exaltados por la crítica, sí… pero cuando uno lee sus propuestas encuentra sólo lugares comunes y la reiteración de recetas formularias que nada le aportan al canon. Es como una oferta engañosa, ¡y toda oferta engañosa, a la larga, desencanta! Los casos se pueden contar por decenas. Y todavía no he sabido de nadie con el valor de decirle a esas personas “¡Debiste dejar de escribir hace muuucho tiempo!”.

He tenido alumnos, en mis clases de literatura, que me han rogado no traer al aula a tal o cual escritor (o escritora) porque sus relatos los defraudan. Si bien se trata de muchachos muy jóvenes (entre los 18 y los 22 años), tienen una valiosa intuición sobre lo que les gusta y lo que no ¡y sobre las razones por las cuales no les gusta! Después de todo, el corpus que comparto con ellos siempre es una mixtura: ¡hay de todo un poco! Y yo me encargo de proveer los elementos teóricos de juicio para que su parecer vaya un poco más allá del simple «a mí no me parece».

Trato, asimismo, de persuadir a mis alumnos de que la literatura es cosa seria: que supone una mezcla de honesto compromiso, de talento fortalecido con el estudio y una dosis importante de vida vivida. Un buen mundo posible, eso que es la ficción, debe tener una mezcla de causalidad y verosimilitud. El afán de figuración es lo de menos. De hecho, es lo que más daño causa.

Después de viejos

Andrés Mariño Palacio (1927-1965), fundador del Grupo Contrapunto, dejó escrito su nombre en la historia de la Literatura venezolana con una obra que produjo entre los 17 y los 21 años. De hecho, su novela emblemática –Los alegres desahuciados– la escribió siendo apenas un adolescente, tenía 21 años. Bien vista, esa novela presenta algunos defectos de forma y de estructura que, sin embargo, no le restan ni un ápice de su brillo. Tanto más diré, pues en sus páginas quedaron, como germen, semillas que luego florecerían, con todo su esplendor, en las letras de Guillermo Meneses, Francisco Massiani y Salvador Garmendia, por citar sólo a algunos. ¿Buscaba la gloria Mariño Palacio? ¿O solo buscó ser sincero al dejar constancia del malestar de su vida en la época en que le tocó vivir? ¿Buscaba reconocimiento, figuración, halagos? ¡Podríamos especular hasta el infinito sobre sus motivaciones!

En otros tiempos y allende los mares, muchos se inscribieron en el canon de la Literatura universal ¡ya entraditos en años! Entraditos en años, aclaro, según quienes consideran que mientras “más temprano” escribas, ¡mejor! La lista es más o menos larga, ¡pero los nombres lo dicen todo! Charles Perrault, el Marqués de Sade, Daniel Defoe, Frank Mc Court, Raymond Chandler, Laura Ingalls, Tony Morrison, ¡Saramago! ya estaban en la madurez de su vida cuando iniciaron su carrera literaria, ¡y a nadie –que yo sepa– se le ocurrió desestimarlos o desestimularlos por viejos! Incluso, varios de ellos se hicieron con el premio Nobel y el Pulitzer.

El talento solo no basta para escribir buenas obras: la vida vivida es un ingrediente imprescindible. Entiendo, sí, que hay quienes publican cada año, que cada ocho meses presentan al público un título nuevo; que son prolíficos hasta lo indecible y que su nombre suena y suena y suena, y que se da por bueno todo lo que publican. Entiendo que hay gente consentida por la crítica. Entiendo todo: que hay círculos, cofradías y solidaridades que funcionan buenísimo para apuntalar reputaciones. La verdad verdadera, a mi modo de ver, es que necesario es leer para distinguir calidades de favores.

El color de la gloria

Obsesionado por alcanzar la gloria literaria antes de los cuarenta años, Ricardo Azolar (protagonista de Los platos del diablo) cometió dos crímenes: homicidio y plagio. Su atormentada vida de escritor sin brillo estuvo signada por la fatalidad del perseguidor y de cuatro oscuras premoniciones que se cumplieron en él inexorablemente: la que recordaba el destino trágico de Lorenzo Barquero (lo promisorio que sucumbe ante el entorno), la del I-Ching, la del quiromántico de Zurich –“Tendrás un día luminoso y un repentino eclipse”– y la del mismísimo Daniel Valencia (el asesinado) quien le vaticinó: “algún día serás el mejor personaje de ti mismo”. Por la gloria, Azolar le vendió su alma al diablo y se convirtió en El Buitre: mató y comió del muerto. El afán de figuración trae consigo ese tipo de cosas, y bien se sabe que, incluso en materia de literatura, no es oro todo lo que reluce…

A Ricardo Azolar lo atormentaba la idea de hacerse viejo sin disfrutar de la gloria literaria. En su afán, sufrió una patética metamorfosis: pasó de ser un autor en ciernes a convertirse en un carroñero. No tuvo la paciencia de Morrison, que empezó a escribir a los 44 y a los sesenta y tantos se hizo del Nobel y del Pulitzer. No esperó, como Defoe, que a los 59 publicó Robinson Crusoe. No esperó como Sade, que a los 51 publicó Justine… Frank Mc Court, a los 66, se ganó el Pulitzer con Las cenizas de Ángela… Yo empecé a escribir formalmente a los 50 ¡y con Shadow obtuve el reconocimiento de un riguroso jurado! ¡Pero nunca pensé en convertirme en escritora! La gloria, si es forzada, se tiñe de rojo… En el peor de los casos, ¡crea eminencias grises!

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La gloria roja

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“¡Debiste empezar a escribir hace muuucho tiempo!”. Que a alguien le digan esto tiene implicaciones distintas y excluyentes: por una parte, puede tomarse como un reclamo y, por la otra, como un elogio. Fuere como fuere, un comentario así siempre da mucho qué pensar. Podría uno preguntarse, por ejemplo, si hay una edad ideal para comenzar a escribir. Lo cual implicaría que hay, también, una edad para dejar de hacerlo.

En lo personal, creo que todo tiene su momento y que ese momento no se debe forzar, pues forzarlo implicaría toda clase de riesgos. Tener talento para contar no implica, necesariamente, que la literatura sea un destino inexorable. Del mismo modo, sobran quienes han forzado su incursión en el panorama literario aun sin contar con el talento suficiente para ello. Escriben, sí. Publican, sí. Son exaltados por la crítica, sí… pero cuando uno lee sus propuestas encuentra sólo lugares comunes y la reiteración de recetas formularias que nada le aportan al canon. Es como una oferta engañosa, ¡y toda oferta engañosa, a la larga, desencanta! Los casos se pueden contar por decenas. Y todavía no he sabido de nadie con el valor de decirle a esas personas “¡Debiste dejar de escribir hace muuucho tiempo!”.

He tenido alumnos, en mis clases de literatura, que me han rogado no traer al aula a tal o cual escritor (o escritora) porque sus relatos los defraudan. Si bien se trata de muchachos muy jóvenes (entre los 18 y los 22 años), tienen una valiosa intuición sobre lo que les gusta y lo que no ¡y sobre las razones por las cuales no les gusta! Después de todo, el corpus que comparto con ellos siempre es una mixtura: ¡hay de todo un poco! Y yo me encargo de proveer los elementos teóricos de juicio para que su parecer vaya un poco más allá del simple «a mí no me parece».

Trato, asimismo, de persuadir a mis alumnos de que la literatura es cosa seria: que supone una mezcla de honesto compromiso, de talento fortalecido con el estudio y una dosis importante de vida vivida. Un buen mundo posible, eso que es la ficción, debe tener una mezcla de causalidad y verosimilitud. El afán de figuración es lo de menos. De hecho, es lo que más daño causa.

Después de viejos

Andrés Mariño Palacio (1927-1965), fundador del Grupo Contrapunto, dejó escrito su nombre en la historia de la Literatura venezolana con una obra que produjo entre los 17 y los 21 años. De hecho, su novela emblemática –Los alegres desahuciados– la escribió siendo apenas un adolescente, tenía 21 años. Bien vista, esa novela presenta algunos defectos de forma y de estructura que, sin embargo, no le restan ni un ápice de su brillo. Tanto más diré, pues en sus páginas quedaron, como germen, semillas que luego florecerían, con todo su esplendor, en las letras de Guillermo Meneses, Francisco Massiani y Salvador Garmendia, por citar sólo a algunos. ¿Buscaba la gloria Mariño Palacio? ¿O solo buscó ser sincero al dejar constancia del malestar de su vida en la época en que le tocó vivir? ¿Buscaba reconocimiento, figuración, halagos? ¡Podríamos especular hasta el infinito sobre sus motivaciones!

En otros tiempos y allende los mares, muchos se inscribieron en el canon de la Literatura universal ¡ya entraditos en años! Entraditos en años, aclaro, según quienes consideran que mientras “más temprano” escribas, ¡mejor! La lista es más o menos larga, ¡pero los nombres lo dicen todo! Charles Perrault, el Marqués de Sade, Daniel Defoe, Frank Mc Court, Raymond Chandler, Laura Ingalls, Tony Morrison, ¡Saramago! ya estaban en la madurez de su vida cuando iniciaron su carrera literaria, ¡y a nadie –que yo sepa– se le ocurrió desestimarlos o desestimularlos por viejos! Incluso, varios de ellos se hicieron con el premio Nobel y el Pulitzer.

El talento solo no basta para escribir buenas obras: la vida vivida es un ingrediente imprescindible. Entiendo, sí, que hay quienes publican cada año, que cada ocho meses presentan al público un título nuevo; que son prolíficos hasta lo indecible y que su nombre suena y suena y suena, y que se da por bueno todo lo que publican. Entiendo que hay gente consentida por la crítica. Entiendo todo: que hay círculos, cofradías y solidaridades que funcionan buenísimo para apuntalar reputaciones. La verdad verdadera, a mi modo de ver, es que necesario es leer para distinguir calidades de favores.

El color de la gloria

Obsesionado por alcanzar la gloria literaria antes de los cuarenta años, Ricardo Azolar (protagonista de Los platos del diablo) cometió dos crímenes: homicidio y plagio. Su atormentada vida de escritor sin brillo estuvo signada por la fatalidad del perseguidor y de cuatro oscuras premoniciones que se cumplieron en él inexorablemente: la que recordaba el destino trágico de Lorenzo Barquero (lo promisorio que sucumbe ante el entorno), la del I-Ching, la del quiromántico de Zurich –“Tendrás un día luminoso y un repentino eclipse”– y la del mismísimo Daniel Valencia (el asesinado) quien le vaticinó: “algún día serás el mejor personaje de ti mismo”. Por la gloria, Azolar le vendió su alma al diablo y se convirtió en El Buitre: mató y comió del muerto. El afán de figuración trae consigo ese tipo de cosas, y bien se sabe que, incluso en materia de literatura, no es oro todo lo que reluce…

A Ricardo Azolar lo atormentaba la idea de hacerse viejo sin disfrutar de la gloria literaria. En su afán, sufrió una patética metamorfosis: pasó de ser un autor en ciernes a convertirse en un carroñero. No tuvo la paciencia de Morrison, que empezó a escribir a los 44 y a los sesenta y tantos se hizo del Nobel y del Pulitzer. No esperó, como Defoe, que a los 59 publicó Robinson Crusoe. No esperó como Sade, que a los 51 publicó Justine… Frank Mc Court, a los 66, se ganó el Pulitzer con Las cenizas de Ángela… Yo empecé a escribir formalmente a los 50 ¡y con Shadow obtuve el reconocimiento de un riguroso jurado! ¡Pero nunca pensé en convertirme en escritora! La gloria, si es forzada, se tiñe de rojo… En el peor de los casos, ¡crea eminencias grises!

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OPINIÓN · 17 AGOSTO, 2022 04:30

El mito del síndrome de la impostora

OPINIÓN · 16 AGOSTO, 2022 05:13

De las huellas que deja un amigo “peludo”

OPINIÓN · 15 AGOSTO, 2022 05:29

Un nuevo virus se cierne sobre el horizonte