Guaidó en Miraflores - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 20 MARZO, 2019 05:20

Guaidó en Miraflores

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Alfredo Yánez Mondragón | @incisos

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Cuando Juan Guaidó se dirija al país por primera vez de su oficina en el palacio de Miraflores, seguramente habrá algunas personas, que en medio de la confusión del momento, dirán que no es él, que se trata de un montaje, de un arreglo con el G2 cubano, de una componenda con Cabello para hacerle creer al mundo que ya todo está solucionado y luego ceder -en cohabitación- al chantaje y la impunidad.

Venezuela está rota a causa de sus propias taras históricas, y de una dosis extrema de chavismo, que ha sabido inocular pesimismo, desesperanza, desilusión, frustración, culpabilidad, complicidad, desasosiego.

Como nunca antes en nuestro avance en contra de la instauración del socialismo y el pensamiento único hemos estado tan cerca de apegarnos a una ruta con unidad de propósito. Una ruta que define claramente el objetivo general: Elecciones libres, y que -como debe ser- establece fases y objetivos específicos en el camino.

La descomposición llamada chavismo enseñó a muchos que la improvisación es la mejor arma, que en el camino se enderezan las cargas y que hay que avanzar con lo que hay, sin importar el día después, porque ese día después ya tendrá sus propias cargas y tribulaciones.

La desesperanza continuada fraguó convicciones frágiles que resultan ser vulnerables, temperamentales, en extremo emocionales, y francamente irresponsables en cuanto al manejo de la crisis sin precedentes por la que atravesamos, desde los ángulos positivo o negativo. Es decir, hoy por hoy sufrimos si ganamos, o obviamente sufrimos si perdemos.

Regalarnos una sonrisa es pecado, o una gran victoria. Que liberen a un preso merece celebración, o quizá, un sentimiento de culpa porque hay cientos más tras las rejas. Renunciar a un cargo es plausible, pero criticable porque se hizo a destiempo. Se trata de una especie de bipolaridad colectiva que nos ciega, y en buena medida no nos deja avanzar.

El liderazgo que ha asumido Juan Guaidó no se refleja tanto en la empatía que despierta con la sociedad, en ese sentir que él es uno más de los que cree que vamos tarde en la conquista de un país decadente. No se concreta solo en su capacidad para articular desde los hechos con  múltiples sectores del país, ni con su decisión de enfrentar con firme y sereno temple cada obstáculo que se le atraviesa.

Ese liderazgo se expresa de la manera más genuina cuando es capaz de reconocerse vulnerable, cuando se le quiebra la voz en función de la muerte, de los enfermos, de los que sufren. Cuando extraña la cotidianidad, y cuando se permite soñar en voz alta, los sueños de tantos y tantos.

El presidente Guaidó no ha vendido ni un gramo de esperanza falsa. Él solo ha esparcido la semilla de lo posible en función de lo que cada uno puede hacer. Cuando dice que lo que ocurra nos tiene que encontrar a todos juntos, organizados y movilizados, lo que nos está diciendo es exactamente que cada paso dado vale la pena, no por el paso en sí mismo, sino porque estamos en acción, independientemente de cuanta distancia se pueda recorrer. Eso es lo que le ha permitido a él, y a nosotros con él, avanzar en esa ruta marcada, en esa ruta que nos debe llevar primero al cese de la usurpación, luego al gobierno de transición y -por último- a la celebración de auténticas elecciones libres.

Al principio, se dijo que el orden de los factores sería inalterable. Pero la fuerza de los hechos ha demostrado que aun cuando no se han consumado las fases, las tres han tenido presencia y planes de ejecución simultáneos, porque la política real se juega en todos los tableros.

Así que el cese de la usurpación se ha ido cumpliendo gradualmente. Los embajadores nombrados por el presidente Guaidó han ido construyendo redes en sus países. Los reconocimientos no han sido meros formalismos, y varios de aquellos países, se han construido alianzas muy importantes que se notarán rápidamente una vez el gobierno de transición se ejecute a plenitud.

La toma del poder en Citgo es determinante, lo mismo que el reconocimiento del Banco Interamericano de Desarrollo. El apoyo de la OEA, del Grupo de Lima y de la naciente ProSur, son solo algunas de las manifestaciones visibles de un gobierno de transición que aun no ha podido establecerse, pero que sin duda está en ejercicio.

La ruta de Guaidó

La declaratoria de la Alarma Nacional, a solicitud de presidente Guaidó a la Asamblea Nacional, es otra muestra clara de la capacidad alcanzada hasta ahora. Esas facultades han permitido la implementación de mecanismos de socorro internacional que estarán prestos para ejecutarse una vez concluya la fase del cese de la usurpación, que aunque muchos ven lejana, está más cercana de que se cree.

Los usurpadores chapotean en sus miserias, sin ningún tipo de reconocimiento interno ni externo. A lo sumo ofrecieron –de palabra- algunos kits de velas o pipotes. En ningún caso son capaces de comprometerse a proporcionar electricidad o agua. La incompetencia –sumada a la corrupción- como marca de fábrica no les permite más.

Tras una semana donde la penumbra, la desilusión y el desespero aparentemente minaron el ánimo colectivo, el avance estratégico no se ha detenido. Las manifestaciones del martes, en múltiples puntos de las ciudades y pueblos, la activación de las redes por la detención del periodista @luiscarlos, la movilización en contra de la visita guiada y tutelada a la comisión de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU y las incontables asambleas ciudadanas para preparar, aun más el próximo paso dirigido al cese de la usurpación, demuestran que la sociedad, definitivamente ha entendido que esto no depende de una persona, de una llamada de teléfono, de un tuit o de la firma de un decreto.

El país no va a la calle a tomarse fotos. No cree que una marcha derroque a una dictadura, que un plantón ablande el corazón de los desalmados. El país lo que sí comprendió es que cada marcha, cada plantón, cada participación decidida en función de la ruta trazada, permite que se avance en el cese de la usurpación, el gobierno de transición y las elecciones libres.

Miraflores espera

A todas estas. Los de convicciones frágiles ceden. Los vulnerables se dejan influir por matrices –salidas desde el gobierno, o nacidas de manera genuina de la desesperanza de años de frustración y traiciones-. Eso está ahí y no hay manera de evitarlo, salvo, ratificando que la ruta trazada realmente es una ruta que nos encuentra a todos en la unidad de propósito.

Cuando Juan Guaidó se dirija al país por primera vez desde su oficina en el Palacio de Miraflores, seguramente habrá muchos que entenderán que cada paso dado ha valido la pena, que no se trataba de llegar por llegar, sin idea de qué hacer luego, sino que cada acto es la consecuencia de una causa planificada, estratégica, estudiada, con apoyo verdadero, con sustento en lo jurídico, con solidez argumentativa, con apoyo popular labrado –no inducido por tres o cuatro gritos altisonantes.

Cuando ese día llegue, Venezuela no solo habrá completado la primera fase de una ruta larga y escarpada, sino que habrá aprendido una lección que puede convertirse en la piedra angular de la nación por venir: La construcción de un país solo es posible cuando sus ciudadanos se deciden a seguir una ruta con unidad de propósito, en función de un objetivo general, siguiendo y cumpliendo los pasos para concretar los objetivos específicos.

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