OPINIÓN · 13 MAYO, 2016 16:18

El síndrome del pendejo

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Valentina Lares

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Como casi todos los venezolanos de la casi extinta clase media, he pensado en irme del país. Dos hijos pequeños, mi esposo y yo profesionales con varios idiomas entre pecho y espalda, saludables -gracias a Dios- y alguna cosa para vender, para, al mejor estilo noventoso, “marcar la milla”. Léase, irse del país a buscar no ya un futuro promisorio, sino estrictamente normal.

Quizá por eso a donde sea que vamos, aparte de la eterna conversación sobre las colas (tú que tienes, yo no consigo, hasta cuándo vamos a aguantar, los bachaqueros son una plaga, mi racionamiento de agua ya es de 5 días a la semana, Diosdado es la peste…) no pasa media hora sin que mi esposo y yo recibamos la pregunta de rigor “¿y ustedes qué hacen aquí?”.

Se queda uno paralizado, sin saber muy bien qué responder en este ambiente donde la huida ya no es un abstracto. La primera reacción es pensar “verdad ¿qué hacemos aquí?” y empieza a sentirse una irrefrenable calentura, primero en el pecho y después en la lengua, un rubor como de vergüenza por quedarse -o no conseguir como irse- en el país de la vida entera pero ahora desconocido, infestado de colas e historias tristes, desgarrado por la inseguridad e insólitas luchas por acetaminofén o una prueba de sangre, aderezado por el irrespeto sofocante de quienes nos gobiernan y sus pavorosas decisiones.

Se siente uno, básicamente, como un pendejo. El diccionario lo confirma “pendejo: adjetivo coloquial: tonto, estúpido, cobarde, pusilánime”. Y no es otra palabra porque después de hecha la pregunta sobre por qué seguimos en Venezuela viene la enumeración del dolor, pero también del “éxito” de los que se han ido. Porque vivir en un lugar con agua corriente y electricidad, trabajar para tener la dignidad de comprar un pan y que no te maten es el nuevo pináculo del logro.

“Fulanito no puede ver una bandera porque llora, pero en tres meses pudo alquilar un apartamentico y ya va a dar la cuota inicial del carro; la otra es doctora y mientras revalida su carrera hace de mesera, está contenta porque camina tranquila y no anda paranoica por la inseguridad”. Y así decenas de historias, padeceres más o menos, pero al menos no hacen cola para comprar harina y la vida ya no es un sobresalto mental.

Claro que hay niveles de «pendejitud»: si quieres irte y no puedes, si quieres y aún estás aquí, si puedes (el “poder” lo determina los recursos y capacidad “legal” para dar el salto) irte y no lo has hecho y si quieres y puedes y no lo has hecho. Si estás en este estrato tienes un número extra para ganarte el premio al pendejo del año, según las nuevas reglas de las zonas urbanas.

¿Y qué pasa con el que no quiere irse? Ese sí que rompe la barrera de la lógica pues en la Venezuela de 2016 el que no quiere irse es una mezcla de pendejo con masoquista, algo que muy pocos están dispuestos a admitir públicamente.

Por eso, la respuesta de quienes sienten el síndrome ante la pregunta “¿has pensado en irte?” se dispara en automático: “claaaaaro”, a lo que le siguen una retahíla de peros, reales o imaginarios, que le sirven al pendejo en cuestión para explicarse por qué sigue en Venezuela y aplacar la curiosidad del preguntador. Y que quede claro, el pendejo no alaba al que se va ni al que se queda, no se identifica con el supuesto “heroísmo” de estos extremos, apenas se siente preso entre el amor a la patria y la curiosidad de ver cómo acaba esta pesadilla.

Foto: Fabiola Ferrero/El Estimulo

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Quizá por eso a donde sea que vamos, aparte de la eterna conversación sobre las colas (tú que tienes, yo no consigo, hasta cuándo vamos a aguantar, los bachaqueros son una plaga, mi racionamiento de agua ya es de 5 días a la semana, Diosdado es la peste…) no pasa media hora sin que mi esposo y yo recibamos la pregunta de rigor “¿y ustedes qué hacen aquí?”.

Se queda uno paralizado, sin saber muy bien qué responder en este ambiente donde la huida ya no es un abstracto. La primera reacción es pensar “verdad ¿qué hacemos aquí?” y empieza a sentirse una irrefrenable calentura, primero en el pecho y después en la lengua, un rubor como de vergüenza por quedarse -o no conseguir como irse- en el país de la vida entera pero ahora desconocido, infestado de colas e historias tristes, desgarrado por la inseguridad e insólitas luchas por acetaminofén o una prueba de sangre, aderezado por el irrespeto sofocante de quienes nos gobiernan y sus pavorosas decisiones.

Se siente uno, básicamente, como un pendejo. El diccionario lo confirma “pendejo: adjetivo coloquial: tonto, estúpido, cobarde, pusilánime”. Y no es otra palabra porque después de hecha la pregunta sobre por qué seguimos en Venezuela viene la enumeración del dolor, pero también del “éxito” de los que se han ido. Porque vivir en un lugar con agua corriente y electricidad, trabajar para tener la dignidad de comprar un pan y que no te maten es el nuevo pináculo del logro.

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Claro que hay niveles de «pendejitud»: si quieres irte y no puedes, si quieres y aún estás aquí, si puedes (el “poder” lo determina los recursos y capacidad “legal” para dar el salto) irte y no lo has hecho y si quieres y puedes y no lo has hecho. Si estás en este estrato tienes un número extra para ganarte el premio al pendejo del año, según las nuevas reglas de las zonas urbanas.

¿Y qué pasa con el que no quiere irse? Ese sí que rompe la barrera de la lógica pues en la Venezuela de 2016 el que no quiere irse es una mezcla de pendejo con masoquista, algo que muy pocos están dispuestos a admitir públicamente.

Por eso, la respuesta de quienes sienten el síndrome ante la pregunta “¿has pensado en irte?” se dispara en automático: “claaaaaro”, a lo que le siguen una retahíla de peros, reales o imaginarios, que le sirven al pendejo en cuestión para explicarse por qué sigue en Venezuela y aplacar la curiosidad del preguntador. Y que quede claro, el pendejo no alaba al que se va ni al que se queda, no se identifica con el supuesto “heroísmo” de estos extremos, apenas se siente preso entre el amor a la patria y la curiosidad de ver cómo acaba esta pesadilla.

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