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Luz Mely Reyes: La dictadura subestimó el dolor que causó, y eso la gente no lo perdona

De pasante subpagada a copropietaria de un medio con impacto regional como es Efecto Cocuyo, Reyes entiende la Medalla de Oro del Premio Maria Moors Cabot 2026 como un reconocimiento “a la terquedad democrática, a la convicción” en un contexto tan agresivo como el venezolano.

Foto: Daniel Hernández

—Mi primera vocación o, al menos, mi proyecto no era el periodismo -dice Luz Mely Reyes, distinguida con la Medalla de Oro del Premio María Moors Cabot 2026, uno de los reconocimientos más antiguos y prestigiosos del periodismo internacional, por  “su excelencia periodística, su visión editorial, su voluntad de innovar y su compromiso inquebrantable con la verdad y con Venezuela”, según declaración del jurado. El galardón se entregará el 8 de octubre en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y los ganadores recibirán una medalla de oro y un premio en metálico.

—A los trece años -continúa- decidí irme a la Escuela Naval, porque veía muy claro que era un mecanismo para superar la pobreza. A los dieciséis, en las pruebas vocacionales, me dicen que tengo talento para la Comunicación Social y lo escojo como primera opción en el CNU (Consejo Nacional de Universidades), por no dejar… Resultó que, aunque quedé entre las tres primeras, me negaron la entrada a la Escuela Naval y no me dieron explicaciones. Empecé a estudiar Comunicación en la UCV sin mayores expectativas, con diecisiete años. Y me gradué 1992.

Luz Mely Reyes nació en la Maternidad Concepción Palacios, parroquia San Juan, Caracas, el 19 de diciembre de 1967. Es la menor de cuatro hermanos. “Uno, el único varón, murió antes de que yo naciera. Las tres que vivimos somos hembras.”

Periodista, editora y emprendedora de medios con más de tres décadas de trayectoria, es cofundadora y directora general del portal Efecto Cocuyo, una de las plataformas de periodismo independiente más influyentes de la región, creado en un contexto de censura, persecución y colapso institucional en Venezuela. Esta dista mucho de ser la primera distinción de alto rango; de hecho, ya tiene en su haber premios como el CPJ International Press Freedom Award, el Gabo , el LASA Media Award, el WOLA de Derechos Humanos, el Premio Franco-Alemán de DDHH. Fue la primera hispanoamericana en ser miembro del consejo del Reuters Institute y es miembro del Consejo Rector del Premio Gabo, así como del comité asesor de la Oficina de Latinoamérica en Washington, WOLA.

Su padre abandonó el hogar antes de su nacimiento y la madre quedó sola con dos niñas muy pequeñas y una recién nacida.

—¿A qué te refieres cuando hablas de un estado de pobreza de la que querías salir?

—A pobreza material. De niña viví en varias zonas muy pobres. Una de las más pobres fue Mariches, cuando todavía no era un barrio, sino una montaña invadida, con endebles casitas de madera. Vivíamos en un ranchito de madera con techo de zinc, una sala y una habitación. Sin agua corriente, sin tubería, sin baño, con una letrina atrás; ni hablar de teléfono, y la electricidad era robada. Pero tengo un recuerdo muy bonito de esa época, porque era un monte. Nos divertíamos mucho jugando con la lluvia, contando las nubes… El agua caía por una canal de zinc al pipote, y como éramos tan chiquiticas, mi hermana, la del medio, y yo nos metíamos a bañar ahí.

Un día un tío fue a llevarnos unos muebles de mimbre. Al ver la miseria en que vivíamos, le dijo a mi mamá: «Ustedes no pueden vivir así. Hay una casa de la familia en Petare, en Maca. Te vas a ir para allá». Ahí fue cuando vine a la civilización. La civilización era salir de Mariches, una zona prácticamente rural, y llegar a Petare, donde nos instalamos en una casa de bloque con techo de zinc. Siempre tuve pesadillas con ese techo. Otra vez, con letrina, sin agua corriente, sin teléfono, con la electricidad robada. Pero ya no estábamos al margen de la ciudad. Caminaba veinte minutos y estaba en la redoma de Petare, y de ahí iba a la escuela. Se abría otro mundo. Desde los diez años yo andaba en transporte público, así que podía ver la diferencia entre donde vivíamos nosotros y donde vivía, por ejemplo, mi abuelita, en la avenida Andrés Bello.

—¿Cómo era esa diferencia? ¿Qué era lo que veías?

—En Petare todo era desordenado, bullicioso, sucio. A medida que te acercabas al centro, todo se iba poniendo más bonito. Había otra estética. Yo tuve la suerte de tener una mamá que me quería. Nunca vi resentimiento en mi casa. Vi a una mujer que trabajaba muchísimo, que quería una mejor vida para sus hijas y que me decía: «Estudia». Y desde los diez años yo sabía que era, vamos a decir, inteligente, y que la mejor manera de tener una mejor vida era estudiar.

—¿A eso te refieres cuando dices “pobreza material”? ¿Haces una salvedad respecto del patrimonio, digamos, afectivo, emocional?

—Te puedo decir que pasé mucho tiempo sin ropa. Nunca tenía ropa de estreno, porque mi mamá no tenía plata. Yo estudié en la escuela donde ella era bedel, y una maestra que tenía dos hijas un poco mayores que nosotras nos daba toda la ropa de esas niñas. Ropa de primera calidad.

Tengo un recuerdo triste de cuando tenía cinco años. Vivíamos en un barrio de Pinto Salinas, en una habitación que le dieron a mi mamá. Era el 24 de diciembre y había que ir a visitar a mi papá, con quien, después de mis diez años, nunca tuve relación. Mi mamá me había comprado un vestidito rosado en Pepe Ganga, pero no tenía zapatos, y me tuve que poner unos de goma viejos, feos. Esto me contrariaba, pero no me amargaba, porque no veía a mi mamá amargada; la veía trabajando, haciendo las cosas. Y mi familia me quiso mucho. Éramos los más pobres de una familia pobre, pero había mucho amor.

Foto: Daniel Hernández

—¿Esa etapa te acompaña cuando te ves en grandes escenarios, en ambientes alfombrados? ¿Evocas esos tiempos?

—No. Lo que me queda de todo aquello es la temporalidad. La conciencia de que ni los tiempos buenos ni los malos son permanentes. Y lo que sí tengo siempre presente, y me ha marcado en mi ejercicio, es que yo veo a la persona que limpia, a la que presta el servicio. Me refiero a que para mí no son invisibles, porque mi mamá nos levantó limpiando pisos, limpiando pocetas, pelando camarones. Por eso siempre digo que soy petareña. Nunca tuve complejo por eso.

—¿Tienes complejos por algo?

—Uno siempre pasa por etapas de inseguridad. De niña mis inseguridades eran físicas: los labios gruesos, el pelo afro. Venezuela es un país donde la gente no te mide, sino que te pesa. No te saluda, te escanea. Eso me mortificaba; veía mi ropa, veía todo, y sentía que algo no estaba bien. A los doce o trece años tenía un conflicto con mi boca, porque esta bendita bemba no era usual en los espacios donde había empezado a moverme. En esos ámbitos de clase media donde no había negros, yo no sabía que era negra. Sabía que mis rasgos eran distintos, nada más. Pero desde los dieciseis años empecé a sentirme negra. Me asumí negra y me encantó. Hubiera querido ser negrísima. Mi mamá era una mujer negra altísima, con un cuerpazo espectacular. Digamos que soy mestiza, pero más para lo negro. Y la incomodidad con mi bemba, que nunca pintaba para no enfatizarla, se me quitó cuando una amiga me la pintó. Desde entonces me la pinto. En realidad, nada me impidió tener un plan de vida y hacer lo que tenía que hacer. ¿Complejo? A lo mejor que quisiera hablar mejor inglés.

—Explica esa tendencia venezolana de “escanear” el aspecto de los demás.

—Lo cuestiono mucho. Ahora me encanta mi cabello, pero no siempre fue así. Yo no desarrollé el hábito de ponerme rolos; era muy salvaje, lo que me gustaba era andar en el monte saltando, brincando. Mi pelo era indominable, un problema. Opté por desrizarlo hasta que mi colega y gran amiga Josefina Ruggiero me sugirió que dejara de hacerlo. A los veintiséis años, empecé a reconciliarme con mi cabello. Y ahora lo llevo rizado. Toda una declaración de principios en el contexto venezolano, tan dado a juzgar a las mujeres por su físico. Estés donde estés, siempre te están juzgando por tu físico. Estando fuera me desacostumbré al escaneo. Y ahora, de vuelta en Venezuela, adonde no venía desde 2023, me volví a sentir escaneada. Aquí hay unas mujeres hermosísimas, y las ves de punta en blanco, impecables. Cuando eso pasa es porque hay una cultura, una presión para que eso sea así.

—En algún momento, decías, empezaste a moverte en círculos donde no había negros.

—Cuando pasé para cuarto año de bachillerato, me cambié al liceo Gustavo Herrera, en Chacao. Yo tenía la idea de  la Escuela Naval, y una tía me dijo: «Si vienes de un liceo de barrio, nunca vas a entrar». Gracias a mis excelentes notas, pude hacer el cambio. Yo iba a las casas de mis compañeros, todos muchachos de clase media. Yo era la única de barrio. Empecé a a ver otras familias, otros estilos de vida. Está bien, pensaba, hay diferencias, pero yo era buena estudiante. Estaba muy enfocada en tener un promedio de 20 puntos para irme a la Escuela Naval.

—¿Estuviste alguna vez cerca del chavismo?

—Nunca. En mayo o junio del 98 me invitaron a unirme a un equipo promotor de la candidatura de Hugo Chávez. Al decirle que no, la persona que me lo propuso me dijo: «Tú deberías ser chavista por tu historia». Y yo le contesté: «Justamente por mi historia no puedo ser chavista». Porque crecí en la pobreza, pero pude ir a la escuela pública, a la universidad pública, tener acceso a bienes culturales. Y eso se lo atribuía a la democracia, que se enfocó muchísimo en que la gente pobre fuera a la universidad.

Aunque siempre rechacé aquello de «éramos felices y no lo sabíamos». Yo era de los pobres entre los pobres, pero había gente muchísimo más pobre que nosotros, en la miseria. Yo vi todo eso. Y puedo asegurar que no todos éramos felices. Había mucha gente sufriendo. Mi percepción desde entonces era que había mucho sufrimiento social en Venezuela, pero que la democracia daba oportunidades para reducir esa brecha. Por eso nunca estuve del lado de la acera de Hugo Chávez, aunque sí podía entender su propuesta, porque era testigo de toda esa exclusión. No sé por qué, pero tendría unos treinta años y ya estaba muy clara: un militar que había dado un golpe de Estado no podía ser de fiar, porque había utilizado las armas de la República, la confianza que le había dado la República, para sus fines, cualesquiera que fueran. Yo nunca iba a confiar en alguien que actuara así. Mi mamá fue copeyana toda la vida, pero en mi familia casi todos eran chavistas.

Foto: Daniel Hernández

—¿Tuviste alguna dificultad con ellos o sabían moverse en la diferencia?

—Sabíamos movernos en la diferencia, porque en mi familia el gran valor era la honestidad. Y yo veía que ellos creían de corazón. ¿Qué haces tú con eso? Eran gente muy correcta, que nunca se enchufó en nada. Y no solo en mi familia: tengo amigos de clase media, profesionales muy inteligentes, que siguieron creyendo después del 99, cuando se rompió la luna de miel. Yo nunca creí en él, y eso me ayudó a intentar entender por qué la gente sí creía.

—¿Qué sientes que están premiando con el María Moors Cabot?

—Creo que reconocen la persistencia en un contexto tan hostil, tan agresivo como el venezolano. Y hacerlo desde la creación, desde la innovación, sin pararnos en lo que no tenemos, sino viendo qué podemos hacer con lo que tenemos. Y hablo en plural porque no es algo individual. Es un premio a la terquedad democrática, a la convicción. Esa convicción que, si me preguntas de dónde me salió, no te lo sé decir.

—¿Cómo resumirías tu trayectoria, de dónde partiste y adónde llegaste?

—Pasé de pasante subpagada a la que mandaban a cubrir lo que nadie quería cubrir, sobre todo en la cárcel de Los Flores de Catia, a fundadora [en 2015] y propietaria de un medio como Efecto Cocuyo, con impacto regional. Suena un poquito prepotente, pero es la historia de una self-made woman. Aunque yo no me he hecho a mí misma. Soy producto de todo un entorno de soporte. Una de las bendiciones más grandes que he tenido es que siempre ha habido gente que me ha querido muchísimo, que me ha cuidado y orientado, alguien a quien llamar para pedirle un consejo. Y fue fundamental aceptar un cambio de paradigma: decidir que la única manera de hacer el periodismo en el que creo era construyendo mi propia casa. Esa es la casa que hemos tratado de construir desde Efecto Cocuyo.

—¿Eres optimista respecto al destino del país?

—Soy optimista ante la vida. Si los venezolanos hemos aguantado lo que hemos aguantado y estamos vivos, eso no tiene otro nombre sino milagro. Cuando veo a esta generación que creció sometida a la persecución, y que todavía está de pie, eso es un milagro. Eso es lo que me llena de optimismo, la gente. Aquí, dentro de las carencias, se ha forjado otra Venezuela.

—No mencionas a la Mesa de Negociación como factor de optimismo.

—No tengo mayores expectativas con esa mesa. Una se pregunta: ¿por qué hacer difícil lo que, con el tutelaje, se podía haber hecho fácilmente? Hubiesen podido liberar a todos los presos políticos; para eso no necesitan una mesa, donde ese tema ni siquiera está. Hubiesen podido nombrar un nuevo Tribunal Supremo, un nuevo Consejo Nacional Electoral, si tuvieran la convicción de querer una transición. Y nada de eso ha ocurrido.

Esa mesa solo sirve para ganar tiempo y legitimidad, porque desconoce los resultados del 28 de julio. Es un artefacto entre propagandístico y disuasivo. Lo que ha de ocurrir no depende de la voluntad de quienes están allí, sino de lo que está diciendo y sintiendo la gente en la calle. Lo que hay hoy en Venezuela son síntomas de una desobediencia civil no violenta, todavía orgánica. Una rebeldía como la que siempre hemos tenido, la que nos hace decir: «¿Y por qué me tengo que calar esta vaina?». Ese ser respondones es cultural, y siento que estos negociadores de Estados Unidos no lo entienden. Y en las encuestas ves que la gente no le entregó un cheque en blanco a los Estados Unidos. El año pasado decía: «Ojalá que lleguen los gringos». El 3 de enero llegaron, y la gente estaba entre emocionada y conmocionada. Nadie salió a defender a Nicolás Maduro. Ahora la gente dice: «No le veo el queso a la tostada». Porque para nosotros el largo plazo son tres meses. ¿Cinco meses? ¡Uy, muchísimo tiempo! Y viene un proceso seguramente mucho más largo, para el que no tenemos paciencia.

—Es que para nosotros el largo plazo ya transcurrió. Ya son décadas en esto.

—Exacto. Y no tenemos paciencia porque ya la tuvimos durante todo este tiempo. Sobre todo por el deterioro de los lazos familiares. La dictadura subestimó el dolor que causó. Y eso la gente no se lo perdona. No le perdona que una señora de un barrio muy pobre se haya tenido que separar de su único hijo, y que ni siquiera pueda verlo por internet, porque no tiene WhatsApp, no tiene datos, y no puede pensar que su hijo va a venir ni puede ir a visitarlo. Más allá de lo económico, ese dolor social está allí. Y no se perdona. Se lo he escuchado a la gente: «No le perdono a este gobierno no haber podido ver a mis nietos, no poder estar con mis hijos, con mis hermanos, no haber podido venir al entierro de un familiar». Son ocho millones de personas. Eso significa que en cada familia venezolana alguien se fue.

—Acabas de regresar a Venezuela. ¿Cómo te sientes con eso?

—Me siento en un pasillo. Este régimen no termina de irse y la democracia no termina de llegar. Y en ese limbo una se pregunta qué va a hacer con su vida los próximos diez años. Porque aunque tengo mucho de pensamiento mágico religioso, sí pienso en el largo plazo. Josefina [Ruggiero, cofundadora de Efecto Cocuyo, igual que Laura Weffer] siempre me dice: «Es que tú haces planes quinquenales». Y yo le digo: «Ahora hago planes de década».

—¿Y ya tienes un dibujo, por vago que sea?

—Sí. Me he puesto mucho con la escritura, porque creo que hay que contar muchas cosas. En los próximos diez años voy a aprender tres idiomas más y a escribir muchos libros más. Estamos viviendo un proceso de cambio extraño, pero de cambio. Hay una ventana. Hay que agarrar una mandarria, dar un mandarriazo y abrir un ventanal.

—Como hicieron con el Muro de Berlín.

—Exacto. Yo soy muy intuitiva. Lo soy en todas las circunstancias, pero llego a Venezuela y me convierto en una especie de médium. Leo las caras, leo el futuro. Eso me ha permitido moverme intuitivamente cuando las cosas no han estado claras. Cuando miro hacia atrás digo: Dios mío, cómo vi esto. Una amiga siempre me dice que tiene que ver con el espacio donde me crie, que tuve que desarrollar habilidades. Ella siempre tiene una explicación para todas mis vainas.

—¿A qué habilidades se refiere?

—Una habilidad hiperintuitiva.

—¿De supervivencia?

—Más que de supervivencia, de una inteligencia emocional que me hace ver caminos y tendencias donde otra gente todavía no ha visto nada. Supervivencia no, porque en estado de supervivencia la gente es capaz de hacer cualquier cosa, y eso lo puedo entender. Pero yo no soy capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quiero. Tengo un cuerpo de valores muy jodido, que me lo transfirió mi mamá y no puedo violentarlo; siento que hasta el cuerpo me dolería. Yo no digo mentiras, no hablo paja de la gente, no le ando jodiendo la vida a nadie, no le robo nada a nadie. Ese es mi cuerpo rector, y es lo que me ha servido todo este tiempo. Y es hermoso encontrarte con gente así. Pese a esa idea de que los venezolanos nos las damos de vivos, yo no crecí en eso. A mí me enseñaron muchos valores, y los he visto en otra gente. Esa gente, por cierto, es la mayoría en Venezuela.