#EscuelaCocuyo: La experiencia de miles de caminantes venezolanos que llegaron a Bucaramanga

LA HUMANIDAD · 11 AGOSTO, 2021 16:06

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Corría el año 2015 cuando la Fundación Tempus 20/20 notó un fenómeno que llamó su atención en las carreteras de Bucaramanga, en el este de Colombia: primero cientos, y luego miles de venezolanos iban llegando a pie, y en filas, a la ciudad. Lo recuerdan como el inicio de la movilización masiva de venezolanos que, durante los siguientes años, solo se ha acrecentado.

Adriana Parra, hoy vicepresidenta de la organización, lo recuerda intensamente. “En 2016 ya contábamos la atención en parques por 500 personas”, dijo este martes, 10 de agosto, durante su participación en el curso virtual sobre cómo cubrir la migración venezolana que organiza la Escuela Cocuyo, el programa de formación, capacitación y actualización periodística que desarrolla el medio Efecto Cocuyo.

La llegada de migrantes venezolanos a Bucaramanga, muchos de ellos a pie, ha crecido de tal manera que debieron orientar la labor hacia la asistencia de migrantes en tránsito o que llegaban con voluntad de asentamiento.

“Nos tocó hacerlo (brindar la asistencia) en las vías, en las carreteras y eso se convirtió en aquel drama terrible de encontrar personas en situación muy deteriorada, de extrema vulnerabilidad en todos los ámbitos de la vida y físicamente muy afectados”, recuerda la abogada y activista de derechos humanos.

En simultáneo, Parra afirma que no hubo respuesta ni apoyo de ningún organismo internacional. Por el contrario, ésta apenas comenzó a llegar a partir de 2018.

“De 2015 a 2018 solo hubo atención por parte de la comunidad de acogida. Yo siempre insisto en esto y doy la gratitud a la población colombiana, que recibió el primer impacto e hizo lo humanamente posible, desde su conocimiento doméstico, para brindar todo lo que pudiera ser una atención humanitaria de emergencia”.

Solo en las vías públicas llegaron a atender entre 300 y 500 personas de forma semanal. Eran ya filas continuas de gente en una situación tan precaria que, ante la necesidad, se habilitaron albergues mientras la Cruz Roja brindaba atención en salud.

Una solidaridad que se agota por falta de recursos

Pero esa “solidaridad espontánea” de la comunidad, como la define la especialista, comenzó a agotarse. “Ante la ausencia de políticas públicas, de un marco legal, de un presupuesto para esta contingencia, no puede sostener esta situación”.

Y así, en este contexto, apareció la pandemia. Situaciones como la inestabilidad laboral, o falta de ingresos suficiente, fuerza a una parte importante de la población migrante a regresar a Venezuela.

“En este ir y venir de los caminantes comienzan a surgir estigmatizaciones en lo que respecta a que no necesitan tanta ayuda si son capaces de ir y volver. Es decir, ya la cosa se volvió en un paseo: yo voy y vengo; no están en riesgo ni perseguidos si van y vienen”, lamenta Parra. “Esto agravó un poco la concepción de víctima que ya tenían los caminantes”.

Sin embargo, esa misma situación permitió ampliar la experiencia de los migrantes: ya muchos conocían las rutas, conocen las estructuras de ayuda y pueden tener contactos que les faciliten el trayecto con, por ejemplo, el traslado en gandolas.

Es así como comienza a salir, asegura la abogada, una nueva terminología: el hombre solo como migrante, o el padre soltero que sale a cargar económicamente con sus hijos, o la madre que emigra porque le es más fácil conseguir trabajo. Son los padres o las madres que salen a trabajar, incluso lejos de casa, para buscar sustento con el cual mantener su familia.