A un mes de la masacre, #Tumeremo sigue siendo un pueblo sin ley

LA HUMANIDAD · 4 ABRIL, 2016 23:00

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Julett Pineda Sleinan | @JulePineda


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Antes de ir a Tumeremo algunos se encomiendan a Dios. Desde el terminal en la Avenida Gumilla, en San Félix —que parece más una cooperativa de taxis piratas de cualquier ciudad— pobladores y visitantes se persignan y cuentan a placer sus desgracias en el pueblo y fuera de él. La indignación es compartida entre pasajeros: ni en el salvaje sur minero ni en el centro de Puerto Ordaz se está a salvo del riesgo.

“Regálame un mensajito para avisarle a mi hija que voy saliendo”, dijo una mujer. “Ayer fui víctima del hampa. Me tocaron los senos a mí y a mi sobrina de 12 años buscando un celular. Unos locos es lo que son”, contó, sobreviviente.

Para otros, bajar al epicentro de la última masacre minera no representa mayor cosa. Ni lo bueno ni lo malo, solo una desgracia aceptada con resignación. “Uno vive allá, ¿Para qué tener miedo? Tantas cosas que pasan que yo digo: ¿para qué?”, respondió a Efecto Cocuyo uno de los familiares de las víctimas de la masacre ocurrida el pasado cuatro de marzo, exactamente hace un mes.

Sumida en el silencio, las santamarías de Tumeremo se vinieron abajo y la Plaza Bolívar se vació en aquel momento. En una cancha deportiva, y tras 11 días desaparecidos, los familiares recibieron los cadáveres en descomposición. Sin más. Desde entonces, los vivos cargaron a cuestas el duelo de los muertos y el pesar de estar vivos.

En Tumeremo nadie se salva del riesgo. Aunque las cinco calles principales y las diez transversales que conforman el centro del pueblo estuvieron militarizadas hace un mes, a la buena de Dios quedaron sus habitantes. En el poblado de la masacre no importa si se es minero, profesor, panadero, joven o adulto: Siempre se está en riesgo.

Unos golpes a la puerta despertaron a los huéspedes del Hotel Qatro en la Calle Ere de Tumeremo un mes después de la tragedia. Con pistola en mano, un encapuchado sometió a la recepcionista para que abriera las habitaciones cerca de las 9:00 am del domingo 3 de abril. Los videos quedaron para el recuerdo. Ni para la policía. La panadería de al lado, Boulangerie C.A., y un comercio en el mismo lugar también fueron atracados.

Treinta y un días antes, la GNB resguardaba las calles y a los huéspedes que se quedaron en el sitio, que resultaron ser los funcionarios de la Defensoría y la Fiscalía del estado que llevaron las investigaciones del caso en el momento.

“Yo me quería ir del pueblo después de todo lo que pasó, pero luego me dije ¿para qué si en todos lados está igual?”, comentó una trabajadora del hotel. Luego reconoce que no es así. A dos horas del lugar sí se consigue comida, en los poblados de Las Claritas o en El Dorado, también epicentros mineros. Al igual que los que viajan al Roraima, aseguran los residentes, los distribuidores pasan de largo por el pueblo de la masacre.

“Allá sí hay de todo. Vas a los supermercados y no solo consigues arroz, leche y todo lo que falta, sino de marcas. Tienes hasta para escoger”, dijo una mujer desde la iglesia Nuestra Señora de Belén, patrona de Tumeremo. Como si se tratase de una tierra prometida, un El Dorado pero de comida y abastecimiento, remató con un dejo de tristeza: “Aquí traen de allá, pero al doble”.

A un mes de la matanza, un kilito de harina de maíz se cotiza entre los bachaqueros tumeremenses a unos exagerados mil bolívares. “Creen que aquí todo el mundo es minero y gana 37 mil bolívares por vender una gramita (un gramo de oro)”, se quejó una mujer que gana sueldo mínimo. La harina comercializada informalmente ni siquiera era PAN.

Unos metros más abajo, en la panadería que robaron en la mañana, un pan sobado vale 500 bolívares. Un medio litro de Nestea sube la cuenta a 750 bolívares. Comer en la carretera, antes de llegar al destino, no sale tampoco mucho más económico. Un plato con pequeñas porciones de ensalada, granos, arroz y pollo en un puestico ante de llegar a los pueblos dedicados a la extracción de oro sale en 1.800 bolívares. “Fíjate que está barato”, apuntó la mujer. Hidratarse está a la orden del día en cualquier momento y en cualquier lado, pero por 300 bolívares. El riesgo no es solo para los mineros, sino para quienes ganan sueldo mínimo.

Para poder vivir y no tener que sobrevivir en Tumeremo, aseguran sus pobladores, es necesario o ser minero o tener al menos dos trabajos. Bien temprano se despierta el pueblo, especialmente quienes se dedican a la extracción de oro.

Unas 12 horas pasa la gente en la calle: A las 5:30 am ya empiezan a salir los trabajadores de las minas. Las espaldas quemadas por las horas en el río o en el monte son por la fiebre del mineral dorado, no porque haya colas de comida. Las filas por alimentos se quedaron en las grandes ciudades, como Puerto Ordaz. En Tumeremo no hay colas porque nada es regulado.

A partir de la 6:00 ya se empieza a recoger la gente. Ni la misa a esa hora tiene a sus feligreses. Son contados los osados que se arriesgan a salir para escuchar la palabra del padre panameño de la iglesia. Los domingos, en la eucaristía de las 8:00 am tiene más quorum de devotos. Los heladeros y vendedores de pastelitos también.

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Todo es en efectivo y todo es costoso, pero la inseguridad obligó a la gente a esconder las grandes pacas de dinero que se requieren para cualquier transacción. Abajo, en Las Claritas, dicen los pobladores que sí se puede andar por las calles con los bolsillos abultados de billetes. En Tumeremo, el dinero se esconde en bolsas negras. Tanto así que la semana pasada a una señora le arrebataron las frutas que cargaba pensando que se trataba de «un sencillito».

Hace un mes, los negocios estaban cerrados pero la gente se reunía en la misma Plaza Bolívar frente a la iglesia para pedir primero que los cadáveres aparecieran y después por los novenarios. Treinta y un días tomó para que el sitio se llenara de nuevo con las cooperativas de mototaxi y jóvenes de liceo.

El oro y la minería siguen igual, con negocios de fachadas y vitrinas con letras doradas anunciando la compra y venta. Los mineros van y vienen con sus bateas pidiendo cola en plena carretera vía El Callao, sin importar lo que pasó a principios de marzo ni las recientes denuncias de que hay más cadáveres y más fosas comunes.

De la masacre nadie habla, prefieren no hacerlo a pesar de que ya se cumplieron los novenarios y el primer mes. El miedo sigue intacto, más aún que no están ni la guardia para la vigilancia ni los medios para las denuncias. “Cuando pasó lo que pasó”, “cuando ocurrió todo esto que ya sabes”, dice la gente, como tratando de no conjugar la muerte con pronombres personales, tratando de esquivar el riesgo.

Un mural de la gobernación se despide de quienes regresan de los pueblos mineros y van a la ciudad, donde algunos buscan escapar de la escasez, la inflación y el ahogo de la quincena y de la delincuencia, aunque sea un fin de semana: “Rangel Gómez gobernador, y viene más”, dice la pieza pintada en la carretera del mandatario estatal que lleva 12 años al frente del estado Bolívar.

Mientras tanto, quienes van y quienes viven con miedo no solo se encomiendan a la providencia, sino al pueblo también. “Yo digo que a Tumeremo no lo puede arreglar nadie. Solo Dios puede meter su mano ahí”, expresó la mujer devota del terminal.

LA HUMANIDAD · 26 ENERO, 2023

A un mes de la masacre, #Tumeremo sigue siendo un pueblo sin ley

Texto por Julett Pineda Sleinan | @JulePineda

Antes de ir a Tumeremo algunos se encomiendan a Dios. Desde el terminal en la Avenida Gumilla, en San Félix —que parece más una cooperativa de taxis piratas de cualquier ciudad— pobladores y visitantes se persignan y cuentan a placer sus desgracias en el pueblo y fuera de él. La indignación es compartida entre pasajeros: ni en el salvaje sur minero ni en el centro de Puerto Ordaz se está a salvo del riesgo.

“Regálame un mensajito para avisarle a mi hija que voy saliendo”, dijo una mujer. “Ayer fui víctima del hampa. Me tocaron los senos a mí y a mi sobrina de 12 años buscando un celular. Unos locos es lo que son”, contó, sobreviviente.

Para otros, bajar al epicentro de la última masacre minera no representa mayor cosa. Ni lo bueno ni lo malo, solo una desgracia aceptada con resignación. “Uno vive allá, ¿Para qué tener miedo? Tantas cosas que pasan que yo digo: ¿para qué?”, respondió a Efecto Cocuyo uno de los familiares de las víctimas de la masacre ocurrida el pasado cuatro de marzo, exactamente hace un mes.

Sumida en el silencio, las santamarías de Tumeremo se vinieron abajo y la Plaza Bolívar se vació en aquel momento. En una cancha deportiva, y tras 11 días desaparecidos, los familiares recibieron los cadáveres en descomposición. Sin más. Desde entonces, los vivos cargaron a cuestas el duelo de los muertos y el pesar de estar vivos.

En Tumeremo nadie se salva del riesgo. Aunque las cinco calles principales y las diez transversales que conforman el centro del pueblo estuvieron militarizadas hace un mes, a la buena de Dios quedaron sus habitantes. En el poblado de la masacre no importa si se es minero, profesor, panadero, joven o adulto: Siempre se está en riesgo.

Unos golpes a la puerta despertaron a los huéspedes del Hotel Qatro en la Calle Ere de Tumeremo un mes después de la tragedia. Con pistola en mano, un encapuchado sometió a la recepcionista para que abriera las habitaciones cerca de las 9:00 am del domingo 3 de abril. Los videos quedaron para el recuerdo. Ni para la policía. La panadería de al lado, Boulangerie C.A., y un comercio en el mismo lugar también fueron atracados.

Treinta y un días antes, la GNB resguardaba las calles y a los huéspedes que se quedaron en el sitio, que resultaron ser los funcionarios de la Defensoría y la Fiscalía del estado que llevaron las investigaciones del caso en el momento.

“Yo me quería ir del pueblo después de todo lo que pasó, pero luego me dije ¿para qué si en todos lados está igual?”, comentó una trabajadora del hotel. Luego reconoce que no es así. A dos horas del lugar sí se consigue comida, en los poblados de Las Claritas o en El Dorado, también epicentros mineros. Al igual que los que viajan al Roraima, aseguran los residentes, los distribuidores pasan de largo por el pueblo de la masacre.

“Allá sí hay de todo. Vas a los supermercados y no solo consigues arroz, leche y todo lo que falta, sino de marcas. Tienes hasta para escoger”, dijo una mujer desde la iglesia Nuestra Señora de Belén, patrona de Tumeremo. Como si se tratase de una tierra prometida, un El Dorado pero de comida y abastecimiento, remató con un dejo de tristeza: “Aquí traen de allá, pero al doble”.

A un mes de la matanza, un kilito de harina de maíz se cotiza entre los bachaqueros tumeremenses a unos exagerados mil bolívares. “Creen que aquí todo el mundo es minero y gana 37 mil bolívares por vender una gramita (un gramo de oro)”, se quejó una mujer que gana sueldo mínimo. La harina comercializada informalmente ni siquiera era PAN.

Unos metros más abajo, en la panadería que robaron en la mañana, un pan sobado vale 500 bolívares. Un medio litro de Nestea sube la cuenta a 750 bolívares. Comer en la carretera, antes de llegar al destino, no sale tampoco mucho más económico. Un plato con pequeñas porciones de ensalada, granos, arroz y pollo en un puestico ante de llegar a los pueblos dedicados a la extracción de oro sale en 1.800 bolívares. “Fíjate que está barato”, apuntó la mujer. Hidratarse está a la orden del día en cualquier momento y en cualquier lado, pero por 300 bolívares. El riesgo no es solo para los mineros, sino para quienes ganan sueldo mínimo.

Para poder vivir y no tener que sobrevivir en Tumeremo, aseguran sus pobladores, es necesario o ser minero o tener al menos dos trabajos. Bien temprano se despierta el pueblo, especialmente quienes se dedican a la extracción de oro.

Unas 12 horas pasa la gente en la calle: A las 5:30 am ya empiezan a salir los trabajadores de las minas. Las espaldas quemadas por las horas en el río o en el monte son por la fiebre del mineral dorado, no porque haya colas de comida. Las filas por alimentos se quedaron en las grandes ciudades, como Puerto Ordaz. En Tumeremo no hay colas porque nada es regulado.

A partir de la 6:00 ya se empieza a recoger la gente. Ni la misa a esa hora tiene a sus feligreses. Son contados los osados que se arriesgan a salir para escuchar la palabra del padre panameño de la iglesia. Los domingos, en la eucaristía de las 8:00 am tiene más quorum de devotos. Los heladeros y vendedores de pastelitos también.

[metaslider id=43810]

Todo es en efectivo y todo es costoso, pero la inseguridad obligó a la gente a esconder las grandes pacas de dinero que se requieren para cualquier transacción. Abajo, en Las Claritas, dicen los pobladores que sí se puede andar por las calles con los bolsillos abultados de billetes. En Tumeremo, el dinero se esconde en bolsas negras. Tanto así que la semana pasada a una señora le arrebataron las frutas que cargaba pensando que se trataba de «un sencillito».

Hace un mes, los negocios estaban cerrados pero la gente se reunía en la misma Plaza Bolívar frente a la iglesia para pedir primero que los cadáveres aparecieran y después por los novenarios. Treinta y un días tomó para que el sitio se llenara de nuevo con las cooperativas de mototaxi y jóvenes de liceo.

El oro y la minería siguen igual, con negocios de fachadas y vitrinas con letras doradas anunciando la compra y venta. Los mineros van y vienen con sus bateas pidiendo cola en plena carretera vía El Callao, sin importar lo que pasó a principios de marzo ni las recientes denuncias de que hay más cadáveres y más fosas comunes.

De la masacre nadie habla, prefieren no hacerlo a pesar de que ya se cumplieron los novenarios y el primer mes. El miedo sigue intacto, más aún que no están ni la guardia para la vigilancia ni los medios para las denuncias. “Cuando pasó lo que pasó”, “cuando ocurrió todo esto que ya sabes”, dice la gente, como tratando de no conjugar la muerte con pronombres personales, tratando de esquivar el riesgo.

Un mural de la gobernación se despide de quienes regresan de los pueblos mineros y van a la ciudad, donde algunos buscan escapar de la escasez, la inflación y el ahogo de la quincena y de la delincuencia, aunque sea un fin de semana: “Rangel Gómez gobernador, y viene más”, dice la pieza pintada en la carretera del mandatario estatal que lleva 12 años al frente del estado Bolívar.

Mientras tanto, quienes van y quienes viven con miedo no solo se encomiendan a la providencia, sino al pueblo también. “Yo digo que a Tumeremo no lo puede arreglar nadie. Solo Dios puede meter su mano ahí”, expresó la mujer devota del terminal.

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