Desaparecidos: la búsqueda más dolorosa

LA HUMANIDAD · 29 NOVIEMBRE, 2016 19:08

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Maria Laura Chang | @marilachang


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“Hemos revisado debajo de todos los puentes, en los hospitales, en las morgues, en todas las clínicas, en los hogares de ancianos y de personas indigentes, incluso en los basureros de allá de Tazón porque nos dijeron que allí echan a los cuerpos y nada”, comenta con pesar Karelia Ortega, hermana de la periodista Kalinina Ortega, desaparecida desde el 4 de octubre de 2016.

Jubilada, de largo cabello gris, cuerpo delgado y ojos oscuros. La anciana de 74 años, periodista afamada, autora del Plan Experimental para la Seguridad Urbana de calles y avenidas que integran el entorno histórico de la Quinta Anauco y partícipe de muchos otros proyectos gubernamentales de la mano de importantes figuras como Aristóbulo Istúriz.

La profesora universitaria, activista social e incansable intelectual. Kalinina, no regresó nunca a su casa en San Bernardino. Hasta los momentos, no hay siquiera una pista que les indique a sus allegados cualquier cosa sobre su paradero. No hay nada que les diga si vive o no. Solo una corazonada, dice Karelia: “solo el corazón que me dice que alguien la tiene, que ella no está muerta”.

Sin nociones técnicas, sin experticias, sin recursos tecnológicos o económicos, son sus familiares y amigos quienes tienen que recorrer la ciudad de cabo a rabo en la búsqueda. Son ellos quienes tienen que invadir las redes sociales con la foto de su ser querido, repartir esa misma foto en panfletos que pegan con sus propias manos en los lugares que solía visitar ella, pero también dejarlos en hospitales, compartirlos en canales de televisión y periódicos.

Son ellos mismos quienes atienden los llamados de quienes creen haber reconocido a alguien semejante sentado en una plaza, y se alistan para recorrer los sitios aún cuando en las nueve veces anteriores la movilización fue en vano. Son quienes llevan ese peso enorme de la ausencia de quien aman y que además tienen que luchar contra su dolor para salir a escudriñar cada espacio que les asome alguna posibilidad.

La ley y el orden

Legalmente, la denuncia de desaparición puede presentarse en el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) transcurridas las 72 horas de la última noticia de la persona. La división de víctimas especiales es la que procesa los casos y en teoría, la que debería encargarse de la búsqueda.

kalinina

Pero incluso el inspector Robinson Estrada, al frente del caso de Kalinina Ortega, asegura que debe haber cooperación entre la familia y el organismo policial. Se pide que cuando vayan a denunciar, ya hayan revisado los lugares que frecuentaba la persona, los hospitales, las morgues y los centros para indigentes. “Que agoten sus esfuerzos”, dice Estrada.

Él admite que el número de denuncias supera las capacidades de la policía y que deben priorizar los casos, aunque insiste que todos tienen igual de importancia. Actualmente, su grupo lleva diez pesquisas y por “órdenes de arriba” se le destina más esfuerzo a dos de ellos. Dos que casualmente tienen que ver con el Gobierno. Dos que casualmente trabajaron con Aristóbulo Istúriz. Kalinina y el que fue, hasta su desaparición, chofer del vicepresidente de la República.

Estrada insiste que a pesar de las dificultades, no se deja por fuera a nadie. Dice que la presión viene de arriba, pero también de los mismos familiares que se apersonan hasta cuatro veces por semana en su despacho a preguntar por novedades. Pero no llegan las novedades.

“Cuando se trata de personas mayores se busca en albergues, casas hogar, en Negra Hipólita”, apunta el inspector. La edad, según su experiencia, viene acompañada de problemas mentales, enfermedades que impiden que los ancianos sean conscientes de su estado, dice.

La división de Estrada tiene contacto directo con la presidencia de la Misión Negra Hipólita, que desde 2006 tiene como meta la reinserción de quienes por diversas circunstancias se encuentran en situación de calle. Cada noche, los trabajadores de esa fundación recorren la ciudad para recoger a las personas de las vías públicas y la policía empieza en esos centros lo que el inspector llama “búsqueda investigativa”.

Además de eso, la policía tiene acceso a videos, toman declaración oficial a los vecinos y las últimas personas que vieron al desaparecido en cuestión. Realizan recorridos, por su cuenta, por zonas aledañas a su hogar o donde se agrupan indigentes. Siguen “el proceso”, aunque a los familiares eso no les basta.

Para Nadetzha Ortega, la menor de los hermanos de Kalinina, la policía no hace lo que está a su alcance. Ella, que vive y trabaja en Puerto La Cruz, Anzoátegui, va y viene a Caracas para continuar su propia pesquisa. La búsqueda paralela.

“Estamos solos en esto, lamentablemente. Uno va para Charallave, para Petare. Cuando estoy aquí en Caracas, salgo a las 6:00 am y llego a las 7:00 pm, pregunto a indigentes, voy a las plazas, San Martín, La Candelaria, dejo su información a los cuadrantes de las plazas, hablo con periodistas, con la gente”, enumera Ortega.

Karelia e Igor, el otro de los hermanos, han tenido que pasar situaciones tan fuertes como el reconocimiento de cadáveres desfigurados en las morgues y el recorrido a pie en basureros. “Y a nosotros no nos ayuda nadie”, dice la mujer.

Y de la nada queda el dolor

El desespero, la desesperanza y la desazón de los familiares de quien se esfuma un día sin explicación, puede llegar a ser patológico si perdura durante mucho tiempo. La psicólogo María Rodríguez, explica que los familiares de un desaparecido se ven sometidos a un duelo extendido y perenne, mucho más doloroso y complejo que el de un allegado fallecido.

“Cuando no hay un cuerpo que velar, las fases del duelo que son cíclicas no convergen y no se llega nunca a la aceptación. A diferencia de un duelo normal, que si es de alguien muy cercano se supera en unos dos años, la desaparición hace que la vida del familiar se centre en la búsqueda, lo que en el peor de los casos los perjudica en su salud mental”, refiere Rodríguez.

La tristeza profunda, la irritabilidad, el estado de shock, la depresión, la culpa exacerbada, el agotamiento, el abatimiento, el letargo son algunas de las manifestaciones que los familiares pueden presentar durante esta situación. Solo 10 años después, de acuerdo con el Código Civil, una persona puede declararse desaparecida y en el caso de la repartición de bienes, ese es el tiempo que hay que esperar para ejecutarla.

vasco-dos-santos

Lidia Dos Santos busca a su padre de 71 años, Vasco Eugenio Dos Santos Araujo, desde el 16 de noviembre. Desapareció y la preocupación incrementa porque se encuentra bajo tratamiento médico debido a un cuadro de depresión muy fuerte que lo aqueja desde hace tiempo.

La búsqueda de su familia no dista mucho de la de Kalinina. Los recorridos por hospitales, ancianatos, calles y morgues, la han protagonizado todos los primos de la familia. Ella denuncia que no hay organismo que ayude, que incluso en hospitales públicos les han negado el paso. “Uno mismo tiene que revisar piso por piso, porque aunque hay un listado de ‘los sin nombre’, éste puede tener errores. No hay nada oficial, controlado. Hay que entrar y buscar”, explica.

Sobre las publicaciones en los servicios públicos, refiere que en varias emisiones del noticiero de Globovisión y de otros medios han compartido la foto de su padre y que las llamadas de la gente han sido numerosas. “Es desesperante porque muchos creen que lo vieron, llaman y cuando pasamos por allí no hay nada. Hemos salido esperanzados y cuando llegas, nada”, comenta.

La desesperación de desconocer qué pasó con su padre es indescriptible para ella. “Sólo el que padece esto puede entenderlo”, dice con voz temblorosa. Ella cuenta que aunque se hizo la denuncia formal, no han recibido siquiera una presunción por parte del Cicpc.

Kalinina amenazada

Gerxy Dávila es abogada, amiga y vecina de Kalinina Ortega. La acompañaba durante un proceso legal que vivía en la actualidad y fue testigo de muchas irregularidades durante ese pleito. Actualmente, apoya en la búsqueda como una más de su familia e incluso comparte con la hermana Karelia Ortega, algunas inquietudes con respecto al caso.

Cuando llegaron a casa de Kalinina, cuenta Dávila, los perros que ella tenía no estaban, los gatos paseaban por el patio fuera de la casa a pesar de que nunca salían y el periquito no estaba en su jaula.

Días antes de su desaparición, Kalinina había dejado dormir en su casa a un anciano que sufría algún problema con su jubilación a pesar de no conocerlo del todo. “Ella no sabía decir que no, pero yo le pedí su cédula para ayudarlo y es de esa forma que por lo menos sabemos su nombre. Él también está desaparecido”, refiere la abogada.

Estos últimos años, las personas de la casa vecina habían insultado y amenazado a Kalinina en numerosas ocasiones. La justicia había fallado a favor de la periodista lo que los obligó a pagar una multa, no solo por los daños ocasionados a su vivienda, sino porque pretendían crear un autolavado en un sitio que no estaba diseñado para eso.

Trabajadores de allí tildaban a Kalinina de “vieja loca”, asegura Dávila y se pregunta: ¿qué tan loca podía estar si podía ser tutora de tesis universitarias y moverse como ella lo hacía? Este año, además, habían entrado a su casa a robar en más de una ocasión, cuenta la testigo.

En la misma vivienda de Kalinina, ella guardaba objetos y computadoras pertenecientes a una agrupación que pretendía realizar una fundación con su nombre y ubicarla en esa casa. Una vez que desapareció, las personas tuvieron que esperar a que la policía les diera el visto bueno para retirarlas. Allí, en ese cuarto, reposaba una foto del difunto Hugo Chávez.

Grexy Dávila asegura que toda esta información se le brindó a la policía y fue desestimada. La presunción de su muerte les pega en el corazón a todos. Cuando el pleito legal estaba en su apogeo, cuenta que Kalinina le dijo en alguna ocasión “Dile a tu Dios que me ayude”. Ella llora. “No puede ser que la tierra se la trague así”, fulmina.

LA HUMANIDAD · 7 AGOSTO, 2022

Desaparecidos: la búsqueda más dolorosa

Texto por Maria Laura Chang | @marilachang

“Hemos revisado debajo de todos los puentes, en los hospitales, en las morgues, en todas las clínicas, en los hogares de ancianos y de personas indigentes, incluso en los basureros de allá de Tazón porque nos dijeron que allí echan a los cuerpos y nada”, comenta con pesar Karelia Ortega, hermana de la periodista Kalinina Ortega, desaparecida desde el 4 de octubre de 2016.

Jubilada, de largo cabello gris, cuerpo delgado y ojos oscuros. La anciana de 74 años, periodista afamada, autora del Plan Experimental para la Seguridad Urbana de calles y avenidas que integran el entorno histórico de la Quinta Anauco y partícipe de muchos otros proyectos gubernamentales de la mano de importantes figuras como Aristóbulo Istúriz.

La profesora universitaria, activista social e incansable intelectual. Kalinina, no regresó nunca a su casa en San Bernardino. Hasta los momentos, no hay siquiera una pista que les indique a sus allegados cualquier cosa sobre su paradero. No hay nada que les diga si vive o no. Solo una corazonada, dice Karelia: “solo el corazón que me dice que alguien la tiene, que ella no está muerta”.

Sin nociones técnicas, sin experticias, sin recursos tecnológicos o económicos, son sus familiares y amigos quienes tienen que recorrer la ciudad de cabo a rabo en la búsqueda. Son ellos quienes tienen que invadir las redes sociales con la foto de su ser querido, repartir esa misma foto en panfletos que pegan con sus propias manos en los lugares que solía visitar ella, pero también dejarlos en hospitales, compartirlos en canales de televisión y periódicos.

Son ellos mismos quienes atienden los llamados de quienes creen haber reconocido a alguien semejante sentado en una plaza, y se alistan para recorrer los sitios aún cuando en las nueve veces anteriores la movilización fue en vano. Son quienes llevan ese peso enorme de la ausencia de quien aman y que además tienen que luchar contra su dolor para salir a escudriñar cada espacio que les asome alguna posibilidad.

La ley y el orden

Legalmente, la denuncia de desaparición puede presentarse en el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) transcurridas las 72 horas de la última noticia de la persona. La división de víctimas especiales es la que procesa los casos y en teoría, la que debería encargarse de la búsqueda.

kalinina

Pero incluso el inspector Robinson Estrada, al frente del caso de Kalinina Ortega, asegura que debe haber cooperación entre la familia y el organismo policial. Se pide que cuando vayan a denunciar, ya hayan revisado los lugares que frecuentaba la persona, los hospitales, las morgues y los centros para indigentes. “Que agoten sus esfuerzos”, dice Estrada.

Él admite que el número de denuncias supera las capacidades de la policía y que deben priorizar los casos, aunque insiste que todos tienen igual de importancia. Actualmente, su grupo lleva diez pesquisas y por “órdenes de arriba” se le destina más esfuerzo a dos de ellos. Dos que casualmente tienen que ver con el Gobierno. Dos que casualmente trabajaron con Aristóbulo Istúriz. Kalinina y el que fue, hasta su desaparición, chofer del vicepresidente de la República.

Estrada insiste que a pesar de las dificultades, no se deja por fuera a nadie. Dice que la presión viene de arriba, pero también de los mismos familiares que se apersonan hasta cuatro veces por semana en su despacho a preguntar por novedades. Pero no llegan las novedades.

“Cuando se trata de personas mayores se busca en albergues, casas hogar, en Negra Hipólita”, apunta el inspector. La edad, según su experiencia, viene acompañada de problemas mentales, enfermedades que impiden que los ancianos sean conscientes de su estado, dice.

La división de Estrada tiene contacto directo con la presidencia de la Misión Negra Hipólita, que desde 2006 tiene como meta la reinserción de quienes por diversas circunstancias se encuentran en situación de calle. Cada noche, los trabajadores de esa fundación recorren la ciudad para recoger a las personas de las vías públicas y la policía empieza en esos centros lo que el inspector llama “búsqueda investigativa”.

Además de eso, la policía tiene acceso a videos, toman declaración oficial a los vecinos y las últimas personas que vieron al desaparecido en cuestión. Realizan recorridos, por su cuenta, por zonas aledañas a su hogar o donde se agrupan indigentes. Siguen “el proceso”, aunque a los familiares eso no les basta.

Para Nadetzha Ortega, la menor de los hermanos de Kalinina, la policía no hace lo que está a su alcance. Ella, que vive y trabaja en Puerto La Cruz, Anzoátegui, va y viene a Caracas para continuar su propia pesquisa. La búsqueda paralela.

“Estamos solos en esto, lamentablemente. Uno va para Charallave, para Petare. Cuando estoy aquí en Caracas, salgo a las 6:00 am y llego a las 7:00 pm, pregunto a indigentes, voy a las plazas, San Martín, La Candelaria, dejo su información a los cuadrantes de las plazas, hablo con periodistas, con la gente”, enumera Ortega.

Karelia e Igor, el otro de los hermanos, han tenido que pasar situaciones tan fuertes como el reconocimiento de cadáveres desfigurados en las morgues y el recorrido a pie en basureros. “Y a nosotros no nos ayuda nadie”, dice la mujer.

Y de la nada queda el dolor

El desespero, la desesperanza y la desazón de los familiares de quien se esfuma un día sin explicación, puede llegar a ser patológico si perdura durante mucho tiempo. La psicólogo María Rodríguez, explica que los familiares de un desaparecido se ven sometidos a un duelo extendido y perenne, mucho más doloroso y complejo que el de un allegado fallecido.

“Cuando no hay un cuerpo que velar, las fases del duelo que son cíclicas no convergen y no se llega nunca a la aceptación. A diferencia de un duelo normal, que si es de alguien muy cercano se supera en unos dos años, la desaparición hace que la vida del familiar se centre en la búsqueda, lo que en el peor de los casos los perjudica en su salud mental”, refiere Rodríguez.

La tristeza profunda, la irritabilidad, el estado de shock, la depresión, la culpa exacerbada, el agotamiento, el abatimiento, el letargo son algunas de las manifestaciones que los familiares pueden presentar durante esta situación. Solo 10 años después, de acuerdo con el Código Civil, una persona puede declararse desaparecida y en el caso de la repartición de bienes, ese es el tiempo que hay que esperar para ejecutarla.

vasco-dos-santos

Lidia Dos Santos busca a su padre de 71 años, Vasco Eugenio Dos Santos Araujo, desde el 16 de noviembre. Desapareció y la preocupación incrementa porque se encuentra bajo tratamiento médico debido a un cuadro de depresión muy fuerte que lo aqueja desde hace tiempo.

La búsqueda de su familia no dista mucho de la de Kalinina. Los recorridos por hospitales, ancianatos, calles y morgues, la han protagonizado todos los primos de la familia. Ella denuncia que no hay organismo que ayude, que incluso en hospitales públicos les han negado el paso. “Uno mismo tiene que revisar piso por piso, porque aunque hay un listado de ‘los sin nombre’, éste puede tener errores. No hay nada oficial, controlado. Hay que entrar y buscar”, explica.

Sobre las publicaciones en los servicios públicos, refiere que en varias emisiones del noticiero de Globovisión y de otros medios han compartido la foto de su padre y que las llamadas de la gente han sido numerosas. “Es desesperante porque muchos creen que lo vieron, llaman y cuando pasamos por allí no hay nada. Hemos salido esperanzados y cuando llegas, nada”, comenta.

La desesperación de desconocer qué pasó con su padre es indescriptible para ella. “Sólo el que padece esto puede entenderlo”, dice con voz temblorosa. Ella cuenta que aunque se hizo la denuncia formal, no han recibido siquiera una presunción por parte del Cicpc.

Kalinina amenazada

Gerxy Dávila es abogada, amiga y vecina de Kalinina Ortega. La acompañaba durante un proceso legal que vivía en la actualidad y fue testigo de muchas irregularidades durante ese pleito. Actualmente, apoya en la búsqueda como una más de su familia e incluso comparte con la hermana Karelia Ortega, algunas inquietudes con respecto al caso.

Cuando llegaron a casa de Kalinina, cuenta Dávila, los perros que ella tenía no estaban, los gatos paseaban por el patio fuera de la casa a pesar de que nunca salían y el periquito no estaba en su jaula.

Días antes de su desaparición, Kalinina había dejado dormir en su casa a un anciano que sufría algún problema con su jubilación a pesar de no conocerlo del todo. “Ella no sabía decir que no, pero yo le pedí su cédula para ayudarlo y es de esa forma que por lo menos sabemos su nombre. Él también está desaparecido”, refiere la abogada.

Estos últimos años, las personas de la casa vecina habían insultado y amenazado a Kalinina en numerosas ocasiones. La justicia había fallado a favor de la periodista lo que los obligó a pagar una multa, no solo por los daños ocasionados a su vivienda, sino porque pretendían crear un autolavado en un sitio que no estaba diseñado para eso.

Trabajadores de allí tildaban a Kalinina de “vieja loca”, asegura Dávila y se pregunta: ¿qué tan loca podía estar si podía ser tutora de tesis universitarias y moverse como ella lo hacía? Este año, además, habían entrado a su casa a robar en más de una ocasión, cuenta la testigo.

En la misma vivienda de Kalinina, ella guardaba objetos y computadoras pertenecientes a una agrupación que pretendía realizar una fundación con su nombre y ubicarla en esa casa. Una vez que desapareció, las personas tuvieron que esperar a que la policía les diera el visto bueno para retirarlas. Allí, en ese cuarto, reposaba una foto del difunto Hugo Chávez.

Grexy Dávila asegura que toda esta información se le brindó a la policía y fue desestimada. La presunción de su muerte les pega en el corazón a todos. Cuando el pleito legal estaba en su apogeo, cuenta que Kalinina le dijo en alguna ocasión “Dile a tu Dios que me ayude”. Ella llora. “No puede ser que la tierra se la trague así”, fulmina.

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