Lyezer y Lydia: una pareja incansable - Efecto Cocuyo

CORONAVIRUS · 12 JULIO, 2020 13:40

Lyezer y Lydia: una pareja incansable

Texto por Mariana Souquett Gil | @nanasouquett

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Lyezer Katan [25-6-1941 – 3-4-2020] / Lydia Reiner [7-7-1941 – 25-3-2020]

«Ninguna paella como la tuya» era la frase que hacía sonreír y sonrojar a Lyezer. Su paella marinera y su tortilla española eran famosas entre sus conocidos. No podían faltar en cumpleaños, el Día de la Madre y el Día del Padre. Disfrutaba cocinarle a su familia, que no dudaba en comprarle los ingredientes para que las celebraciones fueran más sabrosas. Ni los chefs más versados podrán quitarle el primer lugar en los recuerdos de sus hijos y nietos: en sus memorias no existirá mejor sazón.

Era tan hábil en la cocina como en las aulas de la Escuela de Química de la Universidad Central de Venezuela, donde enseñó durante 25 años. Cuando un alumno interrumpía su clase, Lyezer Katan caminaba lentamente y, en silencio, se paraba a su lado. Las reprimendas verbales no eran necesarias. Todos se quedaban mirando al estudiante hasta que este, avergonzado, se percataba de la situación y asumía el error. «Ese era su estilo», dice José, el mayor de sus tres hijos.

Corregía sus exámenes en casa. Aprobar «química» con el profesor Katan era un reto: su familia lo observaba repartir muchos «01» y «05», calificaciones terribles en la escala de 20 puntos. Pero era igual de estricto en su hogar. Cuando de permisos se trataba, sus hijos Carlos, José y Noemí se amparaban en su madre, Lydia Reiner. «Ella también era brava, pero con él. No le perdonaba una», agrega José.

Lyezer nació en Turquía, el 25 de junio de 1941, y Lydia en Rumania, el 7 de julio de ese mismo año. Llegaron a Venezuela siendo niños con familias que huían de los devastadores efectos de la guerra. Eran unos veinteañeros cuando un amigo de la comunidad judía los presentó. El 12 de diciembre de 1965, después de más de un año de noviazgo, decidieron casarse.

Lyezer era pausado y sereno. Lydia era acelerada hasta en su forma de caminar. Ella nunca paraba. Le gustaba vestirse con prendas de muchos colores, collares y zarcillos. Tenía decenas de amigas y «mil pasatiempos»: pintar, jugar barajas, ver películas, tejer… A Lyezer, en cambio, le encantaba jugar dominó. El hipismo fue otra de sus pasiones. Cada victoria de Doble Jack —el caballo que un día tuvo— lo llenaba de alegría y satisfacción. Discutían, pero según sus hijos «no podían vivir el uno sin el otro». Estuvieron casados casi 55 años.

Él fue una de las primeras personas en investigar sobre catálisis de petróleo en el país y llegó a tener su propio laboratorio. Era miembro de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia (Avec). Ella, psicóloga, destacó en el mundo de la publicidad y el mercadeo. Formó parte de reconocidas empresas y representó varias marcas internacionales.

A la hora del almuerzo, el comedor de Lydia y Lyezer se transformaba en una mesa de debate literario. Las novelas históricas eran las favoritas de Lyezer y los libros de ficción eran los preferidos de Lydia. En su propio club meridiano compartían descubrimientos con su familia y, entre todos, se recomendaban autores.

A sus 78 años disfrutaban ver series en internet. A ambos les fascinaba recorrer el mundo, real o imaginario . El destino preferido de Lyezer se encontraba frente al mar Caribe, a pocos kilómetros de Caracas. «Nada como el Club Bahía de Los Piratas. Yo me quedo con mi Higuerote y mi club», decía así caminara en las calles de Francia o España.

Les gustaba llevar a la playa a sus siete nietos —Carlos David, Kathy, Briggit, Jonathan, Joel, Matías y Nicol—, viajar con ellos e invitarlos a comer. Para su hijo Carlos, «nada los hacía más felices». Eran unos abuelos enérgicos y consentidores. A Lydia le gustaba abrazarlos, decirles que los quería y prepararles gefilte fish, un platillo judío. A Lyezer le encantaba cocinarles, contarles chistes, anécdotas y hablarles sobre los eventos científicos que planificaba en la Universidad Metropolitana, donde trabajaba como director de Investigación y Desarrollo.

Si Lydia se enteraba de algún curso, desde ópera hasta cine, se apresuraba a registrarse. Más de siete décadas después de haber emigrado de Rumania, se inscribió en un diplomado sobre venezolanidad. «Este diploma que me van a dar se lo voy a dedicar a todos mis nietos para que vean que su abuela, hasta los últimos días, siguió estudiando», le dijo a su nieta Briggit, la única que queda en el país, poco antes de contraer COVID-19 junto a Lyezer en Caracas.

Lydia acumulaba horas de lectura e investigación sobre el legado ciudadano y el potencial de Venezuela. Anotaba todo a mano. Luego llamaba a su nieta —convertida en transcriptora personal— y le dictaba todo el trabajo para convertirlo en un documento digital. «Parecía una persona que acababa de entrar a la universidad», rememora Briggit.

Lyezer Katan y Lydia Reiner vivieron casi la misma cantidad de días. Nacieron con 12 días de diferencia y solo nueve días separaron su fechas de ingreso a la lista de fallecidos en Venezuela por los efectos de la pandemia. El hogar que formaron —durante 19.827 días como esposos— era su mayor patrimonio. Desde la ciencia, la cocina, el afecto y el conocimiento, ambos dejaron a su familia una herencia que sobrepasó lo material: tres sabores memorables, dos carreras honorables y una voluntad incansable.