Las banderas blancas de Guatemala
El Gobierno aparenta mano dura para controlar la pandemia con toques de queda, pero la expansión del coronavirus no se detiene. A los guatemaltecos no los amenaza solo una nueva enfermedad, también el hambre. Algunos han empezado a agitar banderas blancas como aviso de que ya no tienen qué comer.
Son las cinco de la tarde. En las calles, sólo las sirenas de la policía y el motor de los repartidores a domicilio. Empieza el toque de queda. De cinco de la mañana a cinco de la tarde, las ciudades de Guatemala dejan postales prepandémicas: mercados abarrotados, colapso de tráfico, colas, aceras llenas.
Después, un silencio casi ininterrumpido. La vida de puertas adentro, hasta que vuelvan a dar las cinco. A los que incumplen, multa y cárcel. Una cuarentena nocturna. Como si el coronavirus sólo saliera al caer el sol.
La inconsistencia de la estrategia contra el virus en Guatemala quizá tenga su mejor imagen en el toque de queda. Un modelo de cuarentena que adelanta unas horas el regreso al hogar. Que confina a la gente en el tiempo que siempre ha sido el de estar en casa. Una medida de contundencia militar pero de eficacia cuestionable: más imagen que realidad.
El Gobierno aparenta mano dura ante la pandemia, pero las medidas terminan siendo más laxas, parciales, volátiles. Falsa sensación de seguridad. Como con la imposición del uso de las mascarillas, aunque sean sobre todo de tela, mil veces usadas. O la elevación del gel hidroalcohólico a la categoría de repelente infalible del virus: como si ponerlo a la entrada de un negocio otorgara protección divina a todos los que se apelotonan dentro.
La gestión de la pandemia en Guatemala es una montaña rusa. La narrativa oficial y el sentido de las medidas cambian en cuestión de días. A veces horas. El propio toque de queda ya va por su tercera versión en dos meses: de 4 a.m. a 4 p.m., de 4 a.m. a 6 p.m. y de 5 a.m. a 5 p.m.
El presidente Alejandro Giammattei, portavoz diario de la crisis, regaña y felicita en sus discursos vespertinos. Un jueves anuncia que el país está en un momento crítico, el domingo relaja las medidas anunciadas el jueves y el lunes está exultante por los “buenos resultados”, basándose en una cifra de contagios ligeramente menor. A principios de mayo anticipaba el inminente anuncio de “las medidas de apertura” y el día 14 declaraba “el cierre del país”.
El Gobierno presumió durante dos meses que era uno de los que mejor había manejado la crisis sanitaria en América Latina. Pero a partir del 10 de mayo explotó la burbuja. Los casos comenzaron a dispararse al atravesar el umbral de los mil y el presidente se vio obligado a archivar su triunfalismo, dar un volantazo, frenar de golpe y guardar en la recámara el incipiente plan de salida. El 29 de mayo ya se registraban 4 mil 607 casos confirmados y 90 fallecimientos.
No se sabe a cuánta distancia está el final, ni siquiera se atisba el epicentro de los contagios. No se hacen las pruebas suficientes, insisten los especialistas. Tampoco ahora que se hacen más —mil 700 por millón de habitantes— y se sabe cuántas se aplican.
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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).