Ecuador: el retorno a las calles después del horror - Efecto Cocuyo

CORONAVIRUS · 2 JUNIO, 2020 10:00

Ecuador: el retorno a las calles después del horror

Texto por José María León Cabrera Fotos por Iván Castaneira

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La gente volvió a las calles. El 20 de mayo de 2020, Guayaquil se convirtió en una viuda que se levanta el manto y apreta los labios: el horror es indeleble pero la vida sigue. El puerto de cerca de tres millones de personas, hervidero comercial y epicentro de la pandemia en el país, cambió su semáforo de movilidad de rojo a amarillo. Según las normas que rigen la emergencia sanitaria, la reapertura gradual de Ecuador y su maltrecha economía es decisión de cada ciudad y debe seguir la lógica de la ubicua señal de tránsito: en amarillo termina la forma más severa de la cuarentena.

La cautelosa lucecita intermedia inaugura ese escenario que nadie sabe bien de qué trata, pero del que todo el mundo habla: la nueva normalidad. En la versión ecuatoriana, significa retomar el trabajo presencial, pero sólo con la mitad de los empleados presentes. El toque de queda, que antes empezaba a las dos de la tarde, se extiende hasta las siete de la noche. Pero la realidad ha rebasado los planes estatales. “Esta ciudad está en verde hace días”, dice un funcionario municipal que habla a condición de anonimato.

La pandemia no está controlada ni por asomo, aunque muchos sienten que lo peor ha pasado: hay que salir a trabajar, a vender, a negociar. El miedo se desvanece con las semanas; el hambre, todo lo contrario.

Han transcurrido 75 días desde que el Ecuador se recogió sobre su vientre y se encerró. El 16 de marzo de 2020, el presidente de la República declaró al país en emergencia “por calamidad pública nacional”. Los aviones se quedaron en tierra, los buses no salieron de sus estaciones, los edificios de oficinas se vaciaron y los patios de las escuelas se inundaron de silencio. Pero como en el cuento de Edgar Allan Poe, la plaga habitaba ya dentro del claustro.

Como hace cinco siglos, llegó de España. El 14 de febrero, mientras las parejas hacían filas sin distancias sociales ni barbijos en restaurantes y hoteles, y las flores llegaban a casas y oficinas en manos de repartidores sin trajes herméticos, y los amigos y las amigas se saludaban con besos y abrazos en las barras y en las veredas, una mujer se bajó de un avión en Guayaquil.

Tenía 71 años y unos grados de fiebre. Viajó cientos de kilómetros y visitó a decenas de parientes. Muy pronto fue bautizada como la “paciente cero” y las redes sociales se rebosaron de su propia sustancia compartiendo sus fotos y videos más íntimos, al punto de que su familia tuvo que rogar por clemencia.

Un mes después de haber llegado a Ecuador, la paciente cero murió de la COVID-19. Pero ella, dicen los epidemiólogos, sólo era el punto de partida conocido. Entre el 1 de enero y el 14 de marzo de 2020, más de 38 mil personas entraron a Ecuador por aire y mar desde España.

Los férreos lazos que unen a ambos países están fundados en la crisis de hace 20 años, cuando otra plaga —la de la avaricia, el descontrol y la corrupción— produjo la más grave crisis económica de la historia nacional, que desembocó en la migración de más de dos millones de personas.

Un estudio reciente descubrió, además, que el virus halló otras puertas ‒más pequeñas pero igual de abiertas‒ en Rumichaca, en la frontera con Colombia, y en Huaquillas, en el límite con Perú.

En el peregrinaje de este Gólgota nacional que ha durado dos meses y medio, la COVID-19 ha matado, según las cifras oficiales, a 3 mil 334 personas. Otros 2 mil 129 fallecimientos están catalogados como sospechosos. Pero en cementerios, funerarias, y hasta en las casas y las calles, la cuenta rebasó de largo ese número.

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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).