Cuando llegó a Venezuela, el pasaporte del señor Zinn estaba marcado con una J roja

SOLAZ · 5 FEBRERO, 2021 06:30

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Con una gran “J”, de color rojo en su pasaporte, y en mayúscula,  León Zinn salió de su natal Austria, huyendo del nazismo a los 26 años de edad. La letra en su documento solo tenía una función: que en cualquier lugar pudiera ser identificado como judío.

Esta historia comenzó en 1939, un año después de que Austria fuera anexada a la Alemania de Adolfo Hitler. El joven Zinn vivía en Viena, la capital austriaca.

El nazismo comenzaba a hacer de las suyas con la misión de expandirse por Europa, cuando su madre decidió sacarlo del campo de concentración Dachau y subirlo a un crucero para que iniciara una nueva vida a 8.062 kilómetros de la Viena de sus sueños.

El crucero Köenigstein, que servía como medio de transporte de turistas, fue la embarcación en la que muchos judíos lograron escapar del holocausto. Berta, la madre de León, no dudó en comprarle el pasaje y una visa a su hijo para que se alejara del terror y antisemitismo de los nazis. La isla de Trinidad y Tobago era el destino inicial.

Lejos de todo lo que conocía de joven, León Zinn partió de Europa con destino a América del Sur, sin hablar español, sin conocer la cultura, sin tener donde llegar. Vivir en una tierra alejada de la oscura Alemania de Hitler, era ya, de por sí, un sueño.

Pero la travesía no fue fácil. En hojas de papel cebolla el joven judío se dispuso a documentar todo el trayecto. Todos los días  escribía las anécdotas en la embarcación que lo salvó del genocidio.

Las influencias de Hitler también estuvieron en el camino; el líder nazi movió sus tentáculos para que los países de destino no les permitieran atracar en sus puertos.

Cuando llegaron a Trinidad y Tobago no les permitieron desembarcar, lo mismo ocurrió en Barbados, Guyana y República Dominicana, todos los judíos a bordo del barco estaban aterrados; si no atracaban en tierra firme, serían devueltos a Alemania.

El diario de Zinn era como una carta que escribiera a un amigo. En su verbo parecía que le contara sus vicisitudes, no se les escapaban detalles suyos ni de los tripulantes. Las muy finas hojas de papel  se quedaron cortas para narrar las historias; por eso el hombre tuvo que escribir por ambos lados.

Cuenta su hija, Susana Zinn, que para traducir esas memorias del alemán al español fue muy complejo, el débil papel y ambas caras de las hojas llenas de escritos fueron una barrera. Una amiga alemana de la familia fue la encargada de revelar el mensaje.

Y recibieron a los desvalidos

El rechazo de los países caribeños puso en vilo a los tripulantes judíos del Köenigstein. El capitán de la nave les alertó: si los gobiernos del Caribe no les permitían atracar, se tendrían que devolver a Alemania.

Algunos de los pasajeros, muertos de miedo, amenazaron con lanzarse al mar, preferían hacerlo que volver al terror del que habían escapado. Su destino era claro, devolverse a Alemania era peor que la muerte en el mar.

Ante el desespero, los tripulantes judíos se enteraron de que un mes antes, en febrero de 1939, un barco llamado Caribia que también llevaba a migrantes judíos, había sido recibido en las costas de Venezuela. A pesar de las amenazas del gobierno Nazi, el presidente de la época, el general Eleazar López Contreras les dio entrada al país.

Después de un intento fallido de entrada a Curazao, el 8 de marzo de 1939, los dejaron atracar en Puerto Cabello. El general Contreras le permitió la entrada al país. Zinn y sus compañeros migrantes estaban a salvo.

A las 3 am se registró la llegada del Köenigstein a Venezuela. Fueron recibidos con luces de los camiones, comidas y frutas.

“Imagínate, una gente que viene rechazada y con miedo de morir y recibir eso era como una película. Mi papá nunca había probado cambures y mangos porque no era muy común en Europa esa fruta”, dice Susana.

Desde esa madrugada León Zinn, un migrante judío, tipógrafo de profesión, tenía recuerdos bellos de Venezuela. El joven notó la generosidad, el calor humano, el clima.

—Él adoraba a los venezolanos, adoraba Venezuela—, enfatizó su hija que ahora vive en Estados Unidos.

Al llegar al país, Zinn se estableció en la hacienda Mampote, un lugar donde estarían hasta que cada judío migrante pudiera establecerse económicamente. El gobierno de López Contreras los ayudó con colchones, enseres y comida.

Algunos de los pasajeros del Köenigstein se fueron a otros rincones de Venezuela, mientras que Zinn se domicilió en Caracas. Empezó a ejercer como tipógrafo, luego invirtió en un puesto de perros calientes, el primero del país. También trajo los productos de Kodak a la ciudad. Fue un pionero.

Aunque se lee fácil, no lo fue. Zinn trabajó duro para establecerse. Cuando llegó de Austria se comunicaba con otros miembros de la comunidad judía en Caracas a través del Yiddish, un idioma perteneciente a las comunidades judías asquenazíes.  Logró aprender a hablar en español, con un acento austriaco donde resonaba la letra R.

Zinn tenía su primera casa en la oficina. Era la número 14, quedaba entre la esquina Mercaderes y La Gorda, al lado de Korda Modas y desde allí vivía y despachaba. “Si mi papá tenía miedo, lo superó”, recuerda entre lágrimas Susana, la menor de los tres hijos de Zinn.

En una ocasión mientras atendía su puesto de perros calientes ubicado en un parque de Caracas -conocido como Coney Island en alusión a la zona de Nueva York que tiene una feria y otras diversiones- Zinn notó que las familias estaban tan alegres, tan divertidas y se lamentó que esos momentos no quedaran para el recuerdo.

Es por eso que decide crear la primera tienda que importaba productos de la marca Kodak a Venezuela. Vendía cámaras, rollos, y accesorios para que los que iban a recrearse al viejo Coney Island venezolano se retrataran.

“Él estuvo trabajando en ese primer piso del centro de Caracas y logró formar una familia, luego se mudó con mamá a El Pedregal. Siempre muy trabajador y con buen sentido del humor, la gente lo quería mucho”, rememora Susana.

Aunque no le gustaba recordar el horror de la Alemania nazi, Zinn siempre se preocupó por su madre Berta.

Cartas no respondidas

Berta hizo todo lo posible para que su hijo escapara del holocausto, pero ella se quedó en su Viena, donde tenía negocios. Nunca pensó que los nazis llegaran a cometer un genocidio tan cruel.

Estando en Venezuela, Zinn siempre podía comunicarse con su madre a través de cartas, pese a que la Gestapo, la policía secreta oficial de la Alemania nazi, las interceptaban. Siempre sabían el uno del otro.

Un día, las cartas que enviaba Zinn a Alemania empezaron a ser devueltas. Nadie las tocaba, nadie la respondía. 

En 1942, una carta de la Cruz Roja le revelaría a Zinn el triste destino de su madre. Berta había sido deportada a un campo de exterminio donde murió a manos de los nazis, apenas comenzaba la matanza en parte de la Europa conquistada por Hitler.

Los registros que tenían los nazis de todos los judíos indican el lugar y fecha donde fue exterminada la madre de Zinn.

Carta de la madre de Zinn

Carta que envió la Cruz Roja a León Zinn para informarle sobre el destino de su madre

Recuperación en familia

Pero ese triste episodio de la vida de Zinn no lo hizo olvidarse de las cosas que le gustaban de su natal Viena. Siempre la recordaba como una ciudad antigua con mucha historia e impresionante arquitectura; de la ciudad europea añoraba la música clásica y la opera.

“Yo tocaba piano para mi papá, los valses vieneses. Él se emocionaba cuando tocaba la música de Viena y me dirigía como todo un director de orquesta”, dice Susana.

Aunque estuvo siempre agradecido con Venezuela. Extrañaba de Austria la comida. Tanta era su nostalgia que mandó a buscar un libro muy grande donde se exhibían muchos platillos y postres austriacos. Ese libro se lo obsequió a Regina Gross de Zinn, quien era su esposa desde abril de 1952. Era polaca y también pertenecía a la comunidad judía.

“Mi mamá todos los días hacía la cena al estilo austriaco, y siempre nos sentábamos. Era una educación muy familiar. Cuando papá llegaba al trabajo siempre salíamos a recibirlos”, contó Susana.

Para Zinn la palabra de una persona era un documento firmado, insistía en dejarles esa enseñanza a sus hijos.

Su fruta favorita era el cambur, le gustaban tanto que había un postre austriaco que llevaba manzanas en ruedas, pero estas eran intercambiadas por cambures a petición de Zinn.

Ni en sus sueños más profundos Zinn se habría imaginado que se establecería en Venezuela, pero él lo aceptó con humildad y generosidad. “Para él vivir aquí fue lo más bello del mundo”, afirma Susana.

Zinn se encantó rápidamente por las flores, las frutas, las orquídeas, el clima. Todo le pareció bello, porque la gente lo acogió de una manera muy cálida y con mucha alegría.

León Zinn estuvo tan agradecido con Venezuela que solo en dos oportunidades salió del país: de luna de miel a New York y, en otra ocasión, a conocer las cataratas del Niagara. Trabajaba sin tomar vacaciones y siempre les hablaba a sus hijos en español.

Tuvo muchos amigos en Venezuela. Cuando Zinn murió, en el año 1977, al funeral llegaron cientos de condolencias desde muchas partes del país. Vivió para escapar de un holocausto y encontró su hogar, su propia tierra prometida, en Venezuela de la que ya más nunca quiso salir.