Asunción Ramón Pérez, más de 60 años como el ensalmador de Barbacoas

SOLAZ · 9 JULIO, 2021 07:24

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Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo


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Asunción se sienta todos los días frente al porche de su casa vestido con un pantalón de ruedo alto y una chemisse, que no abotona completamente. A su lado, tres sillas de mimbre verde lo acompañan a la espera de un visitante. Un bastón que lo ayuda a sostenerse. De su cuello cuelga un collar, no muy llamativo, tal vez con significado espiritual. A sus 78 años de edad, Asunción Ramón Pérez es conocido en el pueblo de Barbacoas como el ensalmador.

Nació en un caserío rural llamado Monte Oscuro, a menos de 10 kilómetros del pueblo de Barbacoas, ubicado al sur del estado Aragua. El curandero se crio entre el monte y el ganado. A los 10 años, desarrolló una necesidad para ayudar (o curar) a las personas a través del rezo. Su padre, quien también era curandero en la zona, lo inició en la tradición oral.

Las constantes visitas al padre de Asunción por parte de sus vecinos, que le pedían ayuda para aliviar el dolor, a través de ensalmos y clamores, asombraba a un joven Asunción. Luego, tras un arduo entrenamiento, decidió que dedicaría su vida a ensalmar.

“Mi padre era curandero y de allí en adelante me inicié yo por intermedio de él, lo único que yo hago es invocar a ciertos santos y rezarle su oración”, dice Asunción.

Poco después, unos cinco o seis años -no lo recuerda muy bien- un problema familiar hizo que Asunción se mudara, definitivamente, a Barbacoas. Sus primeros años independiente, se dedicó a la agricultura durante un tiempo, hasta que empezó su labor como policía.

Con los años la casa de Asunción se convirtió en una referencia para todos los pobladores de Barbacoas, que aún confían en su curandero. Personas con culebrillas y con mal de ojos, tocan la puerta y el ensalmador los recibe sin pedirle nada a cambio.

No fue hasta que tenía 18 años de edad que Asunción se atrevió a hacer su primer ensalme. Sabía de memoria las oraciones para pedirle a los santos que intercedieran por las personas que él se disponía a curar, desde que tenía 15 años. No quería que el legado de su padre se perdiera en el tiempo, sobre todo con la llegada de nuevos avances de la medicina, que dejaba en duda la labor de un ensalmador.

“Aquí yo ayudo a las personas necesitadas que vienen con un problema o con un hijo enfermo. Eso me llama la atención, porque me hace sentir satisfecho ayudar a la gente”, dice el curandero mientras sostiene fuertemente su bastón de madera.

Durante la entrevista con el ensalmador de Barbacoas, uno de sus vecinos (y paciente) interrumpió la conversación para agradecer a Asunción su intervención:

—Muchas gracias hermano mío por ese remedio que me dio, ahora me siento bien—, dice a Asunción un hombre de edad avanzada que pasaba cerca de la casa del curandero.

—Estamos para ayudarte Cirilo—, le responde Asunción con alegría

—Él es un hombre servicial y el pueblo lo aprecia por eso, confió en sus oraciones—, alega Cirilo, un hombre de 76 años de edad.

Un curandero en la policía

Asunción se ríe cuando comienza a recordar sus hazañas como cabo segundo de la policía de Aragua, en donde trabajo por más de 26 años, hasta jubilarse. Su conducta fue intachable. Sirvió en pueblos como Camatagua, Valle Morín, San Casimiro, Taguay, Guanayen y finalmente en Maracay.

A pesar de ejercer su profesión como policía, nunca dejó a un lado su trabajo como curandero. “Son pocos los policías que creen en los ensalmes”, explica Asunción.

El ensalmador relató, a lo que llama una de sus anécdotas más latentes, que en medio de una guardia tuvo que atender una emergencia. Era una mujer que estaba a punto de parir y que pidió la ayuda al cabo segundo Asunción para que la llevara en el vehículo policial hasta el hospital más cercano.

“Había que llevarla a San Sebastián de los Reyes, yo busque la patrulla, al chofer. La montamos y la llevamos. Cuando llegamos a un sitio que se llama Plan de Cagua la señora me dijo: ‘Yo no aguanto más.  Yo la parteé, allí le enderecé el muchacho, le hice una oración y parió, posteriormente la llevamos a San Sebastián y la terminaron de atender”, cuenta Asunción.

Aunque poco cuenta sus anécdotas como agricultor, Asunción le dedico un pedacito de su adolescencia al cuidado de las tierras y al campo. Pastorear el ganado y sembrar para cosechar alimentos fueron su primer empleo. Pero tampoco lo alejó de su trabajo como curandero.

Recuerda que una vez un vecino lo llamó con urgencia, porque en su finca una vaca estaba a punto de parir. El animal se complicó durante el parto. Corría riesgo de morir junto al becerro en gestación.

“Ese día recuerdo que vino un señor a mi casa bastante desesperado buscándome para ayudarlo, y yo fui y les mandé mis oraciones. Al día siguiente él llegó y me dijo: ‘Parió, estuvo bien y la vaca se paró’. Las oraciones también funcionan con los animales”, explica Asunción.

El más popular

Después de ir al médico muchos creyentes barbacoenses pasan por la casa de Asunción, para que los ensalme y poder “aliviar” sus malestares. Hay quienes van por dolores en los músculos, otros por algunos desgarres. Asunción enfatiza que no tiene poderes curativos, nada más lejos de la realidad. Lo que hace Asunción es clamar a los santos y a Dios para que prontamente calme el pesar.

“Para curar una mordedura de serpiente yo utilizo la oración de San Pablo y San Pedro. Para curar el mal de ojos en los niños utilizo la oración del Divino Niño y así; la oración de la virgen del Carmen y otras oraciones”, añade el curandero.

Ayudar a las personas lo hace sentir contento. Que lo conozcan en todo el pueblo, por hacer lo que le gusta, lo llena de orgullo. Le agrada que la gente confié en él. Pone su fe en el camino que, desde que era un niño, aprendió de su papá.

Desde el amanecer hasta el ocaso, la gente se acerca a la casa del curandero. Incluso con la crisis que se vive, tras la pandemia por el nuevo coronavirus, las personas no han dejado de asistir. Pero los siete hijos de Asunción le han recordado al papá que debe cuidarse y tomar todas las medidas sanitarias pare evitar contagiarse.

“Aquí llegan a veces hasta cuatro y cinco personas, a veces se me llena la casa de gente. Pero cuando viene la gente lo primero que le digo es que usen el tapabocas y a veces los hago hacer una colita”, explica.

A pesar de que en el pueblo se han registrado varias muertes producto del SarsCov-2, este hombre sigue dispuesto a atender a los barbacoenses que necesiten de la oración para curar sus dolores y pesares.

“El beneficio más grande de ensalmar es la conformidad, sentirse conforme por hacer el favor, yo no le cobro nada a la gente, si la gente quiere me regala algo de comida o lo que sea, pero jamás le cobro a las personas, este es un servicio que yo hago a la comunidad gratuitamente”, reafirma el ensalmador más conocido de Barbacoas.

El último de su generación

Asunción no pudo transferirles a sus hijos la tradición que le enseñó desde muy joven su padre. Siempre quiso que alguno de los siete se dedicase a la labor que lo ha hecho merecedor del cariño y respeto de la gente. Ninguno se interesó en la práctica.

“Mis hijos siempre me preguntan ¿Papá en qué consiste lo que tú haces?, yo les respondo tratando de explicarle, pero a ellos no le interesa. No les gusta”, lamentó. Sin embargo, Asunción no es el único curandero de su familia, aunque si el más conocido.

Por parte de su padre, hay un familiar que se dedica a rezar y ensalmar para calmar los dolores de las personas mediante la fe. Asunción también prepara a una mujer, interesada en dedicarse a ser curandera.

“Hay una señora que se llama Chiquile Castañeda, que le estoy enseñando algunas cosas, no todo. —continuó entre risa— Me hace sentir bien que la gente quiera aprender a curar o rezar para que los santos intercedan y sanen, me gustaría que la mayoría de las personas se abocaran a esto para que no se pierda, ha sido una experiencia muy bonita, pero es difícil porque no todo el mundo cree”.

Asunción aún espera con tranquilidad en su silla de mimbre la llegada de las personas que necesite su ayuda. Vaticina que al menos alguien vendrá necesitando de su ayuda cada día. Pero deja algo muy claro: no es ningún brujo. “Hay gente que llaman a uno brujo, pero lo mío no es brujería porque yo trabajo con Dios y los santos y el brujo trabaja con cosas malas, eso dicen”, subraya.