«Con el alma en otra parte»: emigrar con niños (y II)

SALUD · 8 SEPTIEMBRE, 2016 18:00

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Mariel Lozada y Andrea Garcia


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Cuando Juan (nombre ficticio) tenía 9 años aprendió a qué huele una bomba lacrimógena y pasaba horas mirando por el balcón, para avisar a su mamá si veía a alguien extraño merodeando a los estudiantes, con pretensiones de atacarlos. Eran las protestas de 2014.

En la actualidad, Juan tiene 11 años y vive en Colombia con sus dos hermanos y sus padres. Cuando la familia presenció un robo a mano armada, los adultos supieron que la decisión estaba tomada: había que emigrar.

Aunque ya tiene más de un año en la hermana república Juan todavía siente lo que los psicólogos llaman «duelo migratorio». Recuerda con nostalgia que aquí dejó sus amigos, sus profesores, sus vecinos… casi todo, para empezar de cero. Con un acento paisa ya marcado, reconoce que «cantar otro himno es bonito», pero que extraña mucho el suyo, y que lamenta haberse venido sin conocer más su tierra. «Conocía muy bien Caracas y Barquisimeto, pero quería conocer otros estados. Me gustaría que mi hermanito menor aprendiera cosas de Venezuela».

Muchos podrían pensar que para un niño no es tan difícil empezar una vida en otro país, pero la psicóloga Marisabel Parada, de Psicólogos Sin Fronteras, explicó que ellos también se ven afectados porque «deben adaptarse a una nueva cultura, una nueva sociedad y a veces hasta a un nuevo idioma. Los primeros meses, es como si estuvieran viviendo con el alma en otro lado». 

Las personas clave para facilitar que superen esta situación son precisamente los padres, quienes deben ayudarlos, dándoles afecto y calidez para de este modo contribuir a paliar el sufrimiento de los pequeños.

«Quizá vean a sus padres muy preocupados por el proceso de adaptación o por conseguir trabajo y los sienten muy lejanos». Cuando esto ocurre, los pequeños tienden a cerrarse y no expresar sus sentimientos frente al estado de presión que observan. «La nostalgia puede ser transmitida a los niños, y eso los desequilibra», explica la psicóloga.

Parada explicó que todos los niños sufren un proceso de adaptación distinto, por lo que lo más importante es ofrecerles una sensación de equilibrio dentro de su hogar, por ejemplo estableciendo horarios para comer, jugar, hacer tareas y trabajar.

Asimismo hay que tratarlos con cariño y estar muy pendientes de síntomas como cambios de humor, llantos, alteraciones en el ánimo, pesadillas, abatimiento, falta de interés o pérdida del apetito. «Necesitan toda una reorganización interna que no ven alrededor».

La psicóloga explicó que, para los niños que se quedan, es también difícil la adaptación a la partida de sus seres queridos. Por eso, dio una serie de recomendaciones para que ellos puedan trabajar mejor, desde nivel psicológico, en el regreso a clases.

Entre las recomendaciones hechas por la psicóloga, una de las que más resalta es la de intentar que los niños continúen con sus actividades cotidianas, aunque en otras latitudes.

Pone como ejemplo el caso de sus nietos, que se mudaron a Estados Unidos. A la niña el proceso de adaptación le costó tanto que pasó semanas enteras sin decir una palabra a sus compañeros de clases. Su hermanito, por el contrario, encontró en el fútbol un idioma que lo unía con los demás y logró crear puentes con los otros niños.

Cómo ayudar a los niños en caso de emigrar

Para la psicóloga es importante conseguir que todo el entorno sea amigable para el niño, es decir, conseguir el apoyo de sus vecinos, maestros y amigos. De no tratar a los menores con cuidado los primeros días, el duelo migratorio puede volverse crónico y, eventualmente, devenir en una depresión.

El primer paso para una emigración sana empieza antes de salir de casa: hablar con la verdad. «Para que el dolor de la partida sea mucho menos y los riesgos de inestabilidad psicológica sean menores, es importante que los padres hablen, con semanas o meses de anticipación. Que expliquen lo que va a implicar el cambio, aunque los niños lloren o griten».

También es importante que los pequeños tengan una reunión de despedida, donde tengan la oportunidad de decirle adiós a sus seres queridos de una forma sana. «Que expliquen que se van, no saben por cuánto tiempo, pero que se van a mantener en contacto».

Crecer sin la abuelita y sin los tíos

Miranda Orsini nació en noviembre de 2015 en Heredia, Costa Rica. De su familia, además de su papá, su mamá y su hermana, solo conoce a su abuela materna, que puedo viajar para su nacimiento. El resto está entre Los Teques y Margarita.

Su papá, José Orsini, cuenta que aunque quieren venir a Venezuela, la cartera no los deja. Además de lo difícil de saber que el resto de su familia está lejos, él y su esposa deben enfrentarse a que Amelia, su hija mayor, pregunte constantemente por ellos.

«Después de que se fue mi suegra, siempre preguntaba que cuándo íbamos a ver a la abuela. Nos montábamos en un taxi y preguntaba si íbamos a su casa. Y no tenemos forma de ver a la abuela. No es lo mismo verla a través de la pantalla que tenerla cerca».

Para afrontar este particular, Parada señala que es importante hablarles con la verdad. «Tienen que tener esa seguridad de que aquí están sus familiares, que los quieren, y que se volverán a encontrar. Ir contestando poco a poco, aclarando sus dudas».

La tecnología es aliada en esta batalla. «Tienen que saber muy bien que hay maneras de llegarles, manejar Skype, FaceTime, comunicarse continuamente con ellos. Dejarles claro que se van a encontrar, y que mientras tanto van a poder interactuar a través de las redes sociales. Que entiendan que no es para siempre la separación».

Foto: primicia.com.ve