Crisis de conciencia - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 23 JUNIO, 2020 04:27

Crisis de conciencia

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Antonio José Monagas

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“Es decir, una crisis que cercena “el derecho a la libertad de conciencia y a manifestarla””

Intentar pasearse por el fondo de una crisis política, no es tarea fácil. Compromete un serio análisis y una profunda revisión de la que evidencian el estilo de gobierno asumido. Así como de las situaciones que las mismas provocan. En principio, un estudio de tal naturaleza debe ser comparativo. Esto, a los fines de lograr una respuesta equitativa y demostrativa.

Es un ejercicio que asemeja hurgar una concavidad proclive de infectarse. O traumatizada a consecuencia de una herida infringida por elementos externos. Y que de ser este el caso de estudio, sin duda podría provocar rechazo cuando se trate de indagar la circunstancia del problema. Posiblemente, causado por una deficiente higiene sanitaria. O porque cada vez, la herida es cada vez más profunda y reincidente.

Esta analogía vale así para facilitar la explicación que busca describir una crisis política provocada por concepciones ideológicas recalcitrantes. Y que por desadaptadas, ocasionan graves desarreglos sociales, económicos y políticos.

El socialismo es un ejemplo de cuántas equivocaciones derivan en situaciones colapsadas por una dinámica político-ideológica trastornada. Ni siquiera por ser una ideología importada, ha brindado el beneficio que, en su momento, presumió Marx. O por quienes de alguna forma, respaldaron postulados plegados a lo que fue determinado como la “dictadura del proletariado”.

Las intenciones de aplicar lo que el materialismo dialéctico pretendió exponer, no alcanzó mayores espacios. Salvo los conquistados mediante amenazas, ultimátum e imposiciones mediadas por la violencia, el terror, el fuego de los fusiles y el calado de las bayonetas. Y aun cuando el tiempo coadyuvó a la moderación de su ejercicio, no podría desconocerse que la historia ha sido testigo de la crueldad bajo la cual, posteriores generaciones de “estafadores políticos”, se dieron a la precaria tarea de calcar el hecho “revolucionario”. Como excusa de aplicación del repulsivo “socialismo” en una gestión de (des)gobierno.

Esto, en su intención de emerger como acontecimiento histórico y proceso político, sólo ha degenerado el concepto de política de su más virtuosa acepción. Sin embargo, las realidades han mostrado otra cosa. Cuestión nada alineada con lo que la ideología política revelada a través de la teoría marxista, pretendió transcribir. Contradicción cierta.

En su fragor de patético cuño, desde el socialismo, es imposible dejar de lado la destrucción del pensamiento libre y de la opinión crítica, en principio aducida como estrategia de posible fecundidad. No obstante, el socialismo, como ideología, ha servido de mampara y trinchera a resentidos, vividores, advenedizos, fustigadores, furibundos, iracundos de todo espacio donde sus felonías cupieran o puedan caber.

El mundo, indistintamente de la categorización geográfica bajo la cual calzan las naciones que lo integran, ha adoptado las ideologías que se correspondan con el entramado de cada historia, tradiciones y cultura. Algunas naciones, adoptaron procesos políticos que modelaron el guión socialista sin advertir la condena que desgraciaría sus sociedades y funcionalidad administrativa. No entendieron que les pesaría adoptar el socialismo como sistema político y económico. No midieron las consecuencias que aquejarían su provenir.

Algunas sociedades se vieron engañadas por al discurso populista que prometía el ascenso social y posicionamiento económico. Creyeron que con el menor esfuerzo y apostando al ejercicio de una adulación de inspiración al estilo medieval, la ciudadanía podría lograr sus distintos sueños de proyección personal o profesional.

El caso Venezuela

La realidad venezolana, deplorablemente, es escenario de tan desvergonzado ejemplo. Y que viene mostrando a lo largo del tiempo transcurrido del siglo XXI. Precisamente, es la manifestación más fehaciente del mal llamado “socialismo del siglo XXI”.

Apenas se agravó la situación de la Venezuela que se jactaba de la condición “petrolera” de la cual se ufanaba, la enfermedad de la “sumisión subyugante” afloró y acentuó sus efectos de perversión y humillación. Aunque quizás entre los más perniciosos y lacerantes, son aquellos generados por un socialismo de mal infundio. Además, plagiado y plagado de imprecisiones. Remedo del peor. Tanto que animó la población ilusa, a “festejar” con la mayor impudicia, ruindad y desvergüenza, la miseria a la que condujo la aplicación del modelo político-ideológico en cuestión.

La pobreza (desmedida) se convirtió en la excusa que mejor ha permitido al oprobioso e indolente régimen socialista venezolano, reprimir las protestas a las que tiene derecho expresar una sociedad que se volvió menesterosa. Pero que al mismo tiempo, el régimen se ha arrogado, “atribuciones” para controlarla y vigilar su movilidad. Al extremo, de postrarla para así repartir mendrugos en nombre de una “revolución” de sólo disfraz.

Se ha rebasado una realidad dominada por una “incertidumbre de largo alcance”. No hay estrategia que perfile la salida (pacífica) a una crisis que es más que del tipo de dominación. Y a otra crisis del tipo de acumulación. Es lo que resume la actual crisis que agobia no sólo a Venezuela; también a distintas naciones del planeta. Es una crisis que implica el agotamiento del modelo de sociedad, tanto como del modelo de desarrollo seguido. O sea, una crisis sobre la cual el régimen pautó su andamiaje funcional con la idea de alterar la tendencia del desarrollo económico y social. Es decir, una crisis que cercena “el derecho a la libertad de conciencia y a manifestarla” (Del artículo 61 constitucional). En breves palabras: una crisis de conciencia.

 

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

 

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