La diplomacia del mundo sobre Venezuela
Elecciones anticipadas piden Pompeo y Mogherini

Hace algún tiempo no muy lejano, la representante de la política exterior de la Unión Europea, Federica Mogherini, definió la situación particular que atraviesa Venezuela como “problema global”; ante lo cual, algunos voceros diplomáticos reaccionaron señalando que era una verdadera “exageración” el calificativo que había utilizado. Apenas unos meses después el tiempo le ha dado la razón.

La crisis política y económica que atraviesa Venezuela en la actualidad no solo tiene repercusiones a nivel de su población e instituciones sino en toda la región e inclusive, en el hemisferio occidental. El fenómeno migratorio exacerbado en los últimos años más las afinidades ideológicas promovidas por la revolución bolivariana en el continente y fuera de él, han sido factores de desestabilización y retroceso en el ámbito de la calidad de la democracia y el funcionamiento de las instituciones. Sin mucho que añadir sobre los potenciales riesgos en materia de servicios públicos que los países receptores de los migrantes venezolanos ya acumulan en su funcionamiento interno. Tal situación nos ubica junto a Siria y la migración subsahariana a Europa, como los grandes desafíos geopolíticos y geoestratégicos del siglo veintiuno. Un problema global

No se ha quedado corta entonces la definición aportada por Mogherini al contexto diplomático mundial. No solo eso sino que los países de la Unión Europea más los Estados Unidos y el denominado grupo de Lima, han asuposturas de alto nivel mido y atención para viabilizar una salida digna al conflicto venezolano. El grupo de contacto más las sanciones más la petición expresa al gobierno de Oslo para intermediar, constituyen herramientas claves que dan respuesta a la definición “mogheriana”.

El problema es que los más de veinte años de polarización extrema en Venezuela han sembrado de desconfianza la interrelación entre los actores del liderazgo político nacional. Lo hemos visto en escenarios previos de negociación entre las partes. El último y más emblemático ha sido el de República Dominicana. Ahora en Oslo y Barbados, las cosas no han mejorado. Ha sido extremadamente difícil la mediación entre actores que no guardan la mínima prudencia diplomática para abordar conversaciones a ese nivel. Tanto así que la representación diplomática de Nicolás Maduro se ha levantado de la mesa. Aunque no es definitiva esa posición y Oslo se ha movido fuertemente esta semana para reactivar la negociación, no existen garantías certeras para que  pueda retomarse.

El problema sigue su curso

En paralelo, las crisis económica y política siguen su curso. La primera, tumbando drásticamente los indicadores sociales y deteriorando la calidad de vida de millones de venezolanos obligándolos a buscar mejores rumbos por cualquier rincón del continente que ya comienza a poner trabas burocráticas en aras de ralentizar el fenómeno. Y la segunda, desconectando sentimentalmente a una población que creyó a pies juntillas en un altísimo porcentaje, en un proyecto político que no supo garantizar integralmente las respuestas necesarias a las demandas ciudadanas, originando una seria crisis de representatividad y legitimidad del liderazgo de la nación y del Estado.

Vale decir entonces, que el tiempo social sigue siendo una especie de volcán a punto de erupción mientras que el tiempo político solo recoge las inquietudes e intereses geopolíticos más diversos que se mueven según su propio método o con teoría de juegos o con teoría de dramas pero apuntalando sus propias dinámicas y realidades. En suma, poner el “caldo morao” como se dice en Venezuela puede salirle muy caro a las apuestas que el grupo en el poder y algunos países extra-hemisféricos están haciendo para alargar la letanía.

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