Tiempos de “horror” - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 3 NOVIEMBRE, 2020 04:35

Tiempos de “horror”

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“Habría que crear nuevas formas de comunicación para inyectar la confianza”

Tan rápido como la digitalización acelera sus aplicaciones, asimismo anda el desespero. Pero esta vez, en complicidad con la represión y el miedo. Es así como ciertas políticas caóticas, estructuradas con base en la idea de incitar una honda conmoción, buscan enrolarse en el poder político con intenciones de alterar el mundo según ideologías que rayan con el horror.

Aunque parecieran tiempos sin precedentes los que se aproximan, igual pueden verse como tiempos propios para configurar oportunidades dirigidas a desafiar los problemas que acompañarían dichos momentos. En esos casos, la economía debería prestarse a actuar como agente de reto ante situaciones imbuidas por oscuras incertidumbres. Sobre todo, cuando son vivencias propias de caros enredos. Pero así no sucede.

La recesión económica inducida por la crisis de salud es expresión de tiempos de “horror”. Asimismo, los embates de obstinadas presunciones políticas, hacen fila para emprender una lista de cometidos. Supuestamente dirigidos a resolver gruesos entuertos. Pero que en el fondo, apuntan a complicar más aún las presentes realidades. Sobre todo, luego de haberse reivindicado importantes derechos humanos y libertades políticas. Todo ello, a fin de favorecer el desarrollo económico y social, entendido como palanca que promueve cambios inminentes de todo tenor y alcance.

Sin embargo, las realidades son crudas. Constituyen escenarios de duros enfrentamientos entre modelos económicos y políticos de opuestas fundamentaciones ideológicas. Propuestas que, como la globalización, el liberalismo social o la democracia representativa, establecieron significativos paradigmas o válidos referentes que han intentado promover valores desde y para la “sociedad del conocimiento”.

Y aunque puede asegurarse que tan cuestionados reacomodos o trastornos políticos y desarreglos económicos han venido procurándose desde tiempo atrás, sus efectos se han acelerado de modo inexorable. Incluso, hasta sin medida ni previsión de sus consecuencias.

Quizás ha sucedido todo muy de prisa como resultado de la irrupción del Covid-19. O tal vez, adrede. Así pudo haber sido, a objeto de provocar las mayores confusiones posibles. Necesarias, para azuzar un claro desorden en cuyos terrenos se sembrarían y cultivarían actitudes sociales, culturales y políticas contrapuestas al orden civilizatorio regular.

Una explicación desde el marketing político

Este problema podría concebirse desde el enfoque del marketing político. Los especialistas en marketing saben que para tener éxito, sus ofertas deben inducir valor en las personas. Y de lograrlo, a través de las propuestas expuestas, habría que crear nuevas necesidades de comunicación para inyectar la confianza necesaria en lo prometido.

No sería de dudar que el desorden político que tiene al mundo “contrariado”, fue formulado con la intención de generar valor en presuntos “idearios revolucionarios”. O de “insurrección institucional”. Asimismo en sus fanáticos y seguidores quienes, en medio de tan específico mercado, no son más que incautos consumidores.

Crear valor en un mercado tan especial como el político, compromete razones que, forzosamente, apuntan a satisfacer necesidades inducidas a los fines perseguidos.

La historia es fiel testigo de episodios a este respecto. Siempre se ha buscado “explotar” la relación social sobre la cual se arraiga la subsistencia del “hombre político”. Se ha explotado el hecho de hacer pensar que el hombre es una especie animal, con elevada necesidad social, cuya supervivencia depende de la capacidad propia de mantenerse afianzado a una madura compenetración que sólo puede alcanzar mediante relaciones interpersonales cercanas. Y desde luego, apoyado en un sentido profundo de pertenencia a la sociedad. Este sentido, muchas veces manipulado por intereses foráneos.

Actitudes de esta naturaleza, son capaces de inducir fuertes reacciones populares que clamarían por exigencias dispuestas a exceder los límites de la moralidad y ética social. Pero también, podrían justificar la ejecución de desquicios pretendidos mediante una virulenta violencia emprendida contra el orden social y económico hasta ahora establecido.

Aunque “la esperanza es el último de los bastiones por derribar”, en el fragor de una situación impuesta por la derrota, asimismo cabe aducir el alcance de este adagio a manera de enfrentar al enemigo con la gallardía y valor del “último samurai”.

No obstante pudiera pensarse que no todo lo que pareciera asechar al mundo político y económico, disfrazándose de un “nuevo orden”, sería necesario y definitivamente malo. Desde luego, visto con un profundo apego optimista. Aún así, debería reconocerse que las actuales y conmocionadas realidades, producto de la cruda pandemia, han buscado impulsar una estimable integración entre naciones de regímenes políticos democráticos.

Aunque por otra parte, sería absurdo suponer que el mundo se sumirá en un perverso estancamiento económico. Pero no cabe negar la preocupación en torno a una mayor descomposición que dicha suposición ha generado en todo el planeta.

Esta consideración debe entenderse como argumento defensivo en caso de que el mundo se vea sometido por las ínfulas de quienes presumen ser artificiosos manejadores de las teorías del cambio. Sin embargo, con base en tan ridícula presunción, promovida por ostentosos “filántropos”, se pretende la aplicación de medidas radicales que tiendan a torcer la ruta del desarrollo y crecimiento nacional e internacional.

Para ello, estos caníbales de la política, soportan sus planes en vastos capitales con los que podrían comprar dignidades. Tanto como quebrantar honestidades. Y ajustar actitudes a instancia de oscuros planes. Ojalá nunca se permita, pues podría llevar el planeta a vivir tiempos de “horror”.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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