OPINIÓN · 11 FEBRERO, 2022 05:30

¿Tenemos aporofobia?

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Oscar Doval

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Les cuento que no soy consumidor de series de Netflix, HBO, ni de la televisión en general. Esto tiene que ver con mi adicción a la literatura, historia y biografías que encuentro tanto en libros impresos como en medios digitales. Un tipo a la antigua diría la gente, pues. 

El domingo pasado, mi hijo mayor, Daniel, se empeñó tanto en que viera una nueva producción de Netflix, que sucumbí ante la tentación de compartir en familia y ver dicha serie, no sin fastidio y hasta con algo de desdén. 

Se trataba de Juampis González, un nuevo “enlatado” de Netflix, escrita e interpretada por el reconocido escritor, comediante, youtuber e influencer colombiano, Alejandro Riaño. He de confesarles que vi los 10 episodios de la primera temporada de un “solo jalón”.

Juampis González es un personaje de ficción ya hace tiempo representado por Riaño en diferentes medios digitales. Se trata de una parodia que cuenta la historia de un joven, hijo de una familia de poderosos empresarios colombianos, que lanza una app para promover el empleo en la tercera edad, cuya pensión no alcanza para vivir y a su vez, realizar labores indeseables para los ricos. El fondo de la serie lo que presenta es la aporofobia.   

Este personaje de forma jocosa hace alusión a la marcada arrogancia de muchas personas pertenecientes a los “gomelos” o clase alta bogotana, así como a lo inepto y corrupto de los políticos y del gobierno colombiano en general.

Tras el gran éxito y viralización de la mencionada app, el gobierno colombiano y ONGs que defienden los derechos de la tercera edad, abortan el emprendimiento, lo que provoca masivas protestas de usuarios y ancianos generando un caos en la ciudad y embelesando a Juampis con la posibilidad de hacerse del poder, ante una masa que lo aclama como líder. 

Por lo tanto, Juampis González salta por circunstancias fortuitas al mundo político, como candidato a concejal de Bogotá.  

Su eslogan de campaña es Una Bogotá libre de mantecos. Les aclaro que en Colombia se llama despectivamente “mantecos” a los pobres.  Lejos de toda intención de erradicar la pobreza, Juampis propone expulsar a la gente humilde de Bogotá, o al menos esconderla. Sí, esconderla.

Entre las soluciones concretas que ofrece a la ciudadanía, se encuentra erigir un muro que separe la parte norte -rica- de la parte sur -humilde- de Bogotá, eso sí, desarrollando un teleférico que permita atravesar dicho muro, solamente a aquellos “mantecos” que hagan labores de servicio doméstico, albañilería u otros oficios y trabajos manuales, que no son propios de los ricos.

Desde el punto de vista ideológico, claramente, el nuevo candidato al concejo bogotano declara que es capitalista, de extrema derecha y neoliberal salvaje, encontrando como líder inspirador a Trump, de quien hace frecuentes referencias.

Entre risa y risa, porque la parodia es realmente divertida, una y otra vez me daba a la reflexión de que esta caricatura televisada de la vida no era más que un reflejo de lo que diariamente se observa en el vivir social, cultural y político latinoamericano, por no decir mundial.  

Fenómeno Petro

Después de 20 años de políticos neoliberales dirigiendo Colombia, que poco han atendido la grave asimetría social de ese país. Vemos como vertiginosamente gana capital político el izquierdista Gustavo Petro, quien tiene la más alta aceptación en las encuestas como precandidato a las elecciones presidenciales de este año. Esto, Petro lo ha logrado a punta de promesas de inclusión a una clase trabajadora que “está pasando aceite”, y que no ha sido atendida por los gobiernos de derecha, que suelen voltearse a ver, solamente a los grandes grupos económicos, que los financian y controlan como marionetas.

El fenómeno Petro no solo ocurre en Colombia, también lo acaba de vivir Chile con el triunfo de Boric, así como en su momento Ecuador con Correa, México con AMLO, Bolivia con Evo y ahora con Arce, Perú con la impensable victoria electoral de Pedro Castillo, y más recientemente Nicaragua, con la ya develada dictadura roja de Daniel Ortega. Esto, sin mencionar la eterna revolución cubana, Argentina con la fracturada dupla Kirchner​-Fernández, Brasil con el inminente próximo triunfo de Lula, y sin duda, nuestra Venezuela, con el “tractor político” de Chávez que todavía gobierna disfrazado de Maduro, tras 22 años de “revolución bonita”.

Es llamativo que la tercera parte de Latinoamérica esté tomada por gobiernos socialistas y hasta neomarxistas de corte populista, y sin duda, esto no puede ser leído como una casualidad. Son diez los países latinoamericanos que se pasean o se han paseado en bloque por el modelo socialista del siglo XXI.

Caldo de cultivo

Este fenómeno no está tan directamente relacionado, como quisiéramos, con el inefable fenómeno de pobreza que abunda en la región. Como ejemplo de ello tenemos el caso de Chile y Perú, que ostentan economías emergentes crecientes y hasta ricas, con logros en términos de bienestar económico y social, que nunca pensaron alcanzar.

El caldo de cultivo social y político definitivamente está relacionado con la asimetría y exclusión social que vivimos a lo largo y ancho de Latinoamérica.

El coeficiente GINI, que mide la desigualdad salarial, nos dice que la puntuación 0 indica la máxima igualdad de distribución salarial entre habitantes, es decir, que todos tienen los mismos ingresos. Por otra parte, la puntuación 1 representa la máxima desigualdad, es decir un solo individuo posee todos los ingresos.

Todos los países de nuestro subcontinente, más o menos desarrollados, muestran un coeficiente GINI de entre 0,50 y 0,60. Esto en términos sencillos nos revela que menos de la mitad de la población tiene salarios decentes, mientras que el resto de la gente se reparte y administra miserias.

En los países desarrollados con economías consolidadas, el coeficiente GINI se reduce a un 0,20 o 0,30.

Tales diferencias en Latinoamérica la gente las vive como exclusión social, encontrando fenómenos como el violento estallido social de Chile en 2019 o las protestas del año pasado en Colombia. El catalizador de dichas explosiones fue el intento del gobierno de aumentar el precio del transporte en Chile, y la propuesta de incremento en la carga tributaria, particularmente del IVA, en Colombia. Ambas medidas, atentaban contra el bolsillo de los más desfavorecidos. Cuando los periodistas entrevistaban a los protestantes de sendos países, la respuesta era casi una copia al calco: “Siempre pagamos los pobres los errores del gobierno”, “Por qué no les cobran a los ricos más impuestos”,  “Por qué nuestros hijos no tienen el mismo derecho a la educación de primera, que tienen los hijos de los ricos”.

En la diferencia entre ricos y pobres y viceversa, radica el problema social latinoamericano ancestralmente.

Los grandes capitales, muchas veces ligados a las cúpulas del poder, con una visión de escotoma y cortoplacista, restriegan su riqueza una y otra vez a la mayoría de la población pobre, que jamás podrá acceder a las pingues ventajas y oportunidades que tienen los más pudientes.

Los ricos se pasean en carros costosos, habitan lujosas viviendas, derrochan la plata en lujos innecesarios, mandan a sus hijos a colegios costosos y a universidades extranjeras, acceden a servicios de salud de primera y mucho más.

Eso, queramos o no, produce resentimiento en la mayoría pobre, que sucumbe ante las promesas de igualdad e inclusión, hechas por los políticos socialistas y populistas que cada vez abundan más en el mundo.

Aunque estas promesas populistas resulten a la larga baladíes espejismos que nunca se cristalizan, el pueblo lee dichas ofertas como esperanza. Al menos de esperanza se puede respirar y suspirar un tiempo. Al menos, los socialistas se voltean a ver al pueblo, lo nombran y lo tocan sin asco.

Lamentablemente, el modelo socialista del siglo XXI, hasta el momento, en nuestro continente degenera en capitalismos de Estado, a veces de ralea autocrática, que desplazan las antiguas élites económicas por nuevas élites que se forman en torno al gobierno, y lejos de zanjar la asimetría social, en muchas oportunidades la exacerban.

Al menos, en la parodia referida, Juampis González, es verticalmente honesto en su propuesta. No le gustan los pobres “mantecos” y listo. No inventa, miente, ni promete imposibles. Expone una línea ideológica clara, aunque nos produzca nauseas.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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