OPINIÓN · 6 MAYO, 2017 10:02

Reconfiguración del conflicto y transfiguración de los símbolos

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Francisco Alfaro Pareja |@franciscojoseap

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Como si se tratara de un proceso de purga y renovación, los acontecimientos acaecidos en el mes de abril y lo que va de mayo, han reconfigurado el panorama político en Venezuela y transfigurado los símbolos que movilizan a la población. Las protestas ciudadanas, en las que casi 40 personas han fallecido de manera violenta y otros cientos han sido detenidos y heridos, han generado impactos en todos los ámbitos de la vida del país. Si bien en lo formal el escenario parece ser el mismo de hace meses, en la práctica la situación ha cambiado.

En lo político, la oposición parece haberse reconectado con sus seguidores y repotenciado el capital político perdido a finales del año pasado; ha recuperado su principal variable de fuerza para la acción política y potenciales negociaciones: la calle; luce como el principal interlocutor internacional del país a través de la vocería de la Asamblea Nacional y se ha nucleado alrededor de demandas concretas y de consenso. El gobierno, por su parte, ha afectado aún más su imagen internacional a base de represión y aislamiento; en lo institucional, las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia, la violación del debido proceso en detenciones a manifestantes y la violación de DDHH, han generado el deslinde de la Fiscal General de la República. A nivel nacional, aunque mantiene el poder y los medios económicos, financieros y de coerción, parece haber perdido importantes apoyos a lo interno del Polo Patriótico, fundamentalmente por el cuestionado proceso de validación al que han sido sometidos los partidos políticos aliados y la reciente propuesta del presidente Maduro de modificar la Constitución a través de una Asamblea Nacional Constituyente.

No obstante, quizá el principal impacto de los acontecimientos de estas últimas semanas ha sido a nivel simbólico, tablero silencioso pero determinante en donde se libran batallas cruciales de la política. Para el gobierno, una de las principales fuentes de validación frente a la oposición a lo largo de casi veinte años, ha sido su importante arsenal discursivo y axiológico basado en el socialismo frente al libre mercado; la participación frente a la representación; la solidaridad frente al egoísmo; la inclusión frente a la exclusión; la justicia social frente al capitalismo salvaje; la revolución frente a la democracia burguesa; los del Oeste frente a los del Este. Esto le permitió erosionar por casi una década el marco liberal con relativamente poca resistencia hasta las elecciones de 2015. Sin embargo, su accionar durante las últimas semanas, le ha hecho quedar, del otro lado de la acera frente a símbolos que se han transfigurado y tienen hoy mayor capacidad de movilización en las mayorías: libertad frente a opresión; legalidad frente a lealtad; democracia frente a revolución; derechos frente a decretos; prosperidad económica frente guerra económica; país frente a patria. La última batalla que se libra es la de la Constituyente frente a la Constitución.

Si bien la Constituyente tiene la fuerza simbólica de convocar formalmente al poder originario, tiene cuatro elementos en contra. El primero, es que en la propuesta presentada por el presidente se estaría violando el principio de universalidad del voto y el de soberanía del sujeto convocante, tal como lo denunció el rector del CNE, Luis Emilio Rondón. El segundo, es que la iniciativa carece de legitimidad cuando tres elecciones han sido truncadas en menos de dos años: los cuatro diputados de Amazonas, impugnados y sin pruebas en su contra; el intento de convocatoria de Referéndum Revocatorio Presidencial, suspendida hasta nuevo aviso y sin respuesta por parte del CNE; las elecciones regionales, atrasadas casi medio año sin justificación. El tercero, es que una Constituyente, a diferencia de la realización de elecciones, no resuelve la actual crisis política, económica y social. Por el contrario, la agrava. Finalmente, la Constituyente se enfrenta a un símbolo muy potente y arraigado en los venezolanos: la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Tanto que el propio ex presidente Chávez no pudo modificarla mediante referéndum consultivo. Gerardo Blyde, ex diputado y actual alcalde del municipio Baruta, señalaba hace ya varios años que este documento parecía haberse convertido en el proyecto de todos los venezolanos a partir de 2007 cuando fue refrendada. Hoy nuevamente se pone a prueba.

En la actual coyuntura, el conflicto entre Constitución y Constituyente, más que un disyuntiva legal (que sí lo es), es un dilema político y simbólico. Político, en cuanto a que plantea una modificación en los mecanismos que definirán los pesos y contrapesos del poder más allá de la voluntad popular expresada en el voto universal. Simbólico, porque la amenaza sobre el texto constitucional pareciera estar generando espacios de coincidencia y acción política entre el chavismo crítico, el madurismo decepcionado, sectores independientes y la MUD. Para unos, la pérdida de la Constitución sería la máxima traición al legado de Chávez, al libro azul que tanto citó; para otros, sería la eliminación de un documento que resguarda principios básicos del liberalismo conquistados después de años de lucha tales como la alternabilidad, la representatividad, la individualidad y la independencia de poderes. Aunque Chávez introdujo progresivamente elementos del socialismo del siglo XXI y el estado comunal que para nada están en el texto constitucional, en el imaginario colectivo lo que retumba es la frase “dentro de la Constitución todo, fuera de ella nada”. Así que cualquier acción que pudiera amenazarla puede terminar uniendo a tirios y troyanos en una causa común.

Si bien el trasfondo de este conflicto es político, la continuidad de la dinámica actual y el posicionamiento de los sectores en torno a cada símbolo pudieran generar un punto de inflexión en el escenario de los próximos meses.

 

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En lo político, la oposición parece haberse reconectado con sus seguidores y repotenciado el capital político perdido a finales del año pasado; ha recuperado su principal variable de fuerza para la acción política y potenciales negociaciones: la calle; luce como el principal interlocutor internacional del país a través de la vocería de la Asamblea Nacional y se ha nucleado alrededor de demandas concretas y de consenso. El gobierno, por su parte, ha afectado aún más su imagen internacional a base de represión y aislamiento; en lo institucional, las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia, la violación del debido proceso en detenciones a manifestantes y la violación de DDHH, han generado el deslinde de la Fiscal General de la República. A nivel nacional, aunque mantiene el poder y los medios económicos, financieros y de coerción, parece haber perdido importantes apoyos a lo interno del Polo Patriótico, fundamentalmente por el cuestionado proceso de validación al que han sido sometidos los partidos políticos aliados y la reciente propuesta del presidente Maduro de modificar la Constitución a través de una Asamblea Nacional Constituyente.

No obstante, quizá el principal impacto de los acontecimientos de estas últimas semanas ha sido a nivel simbólico, tablero silencioso pero determinante en donde se libran batallas cruciales de la política. Para el gobierno, una de las principales fuentes de validación frente a la oposición a lo largo de casi veinte años, ha sido su importante arsenal discursivo y axiológico basado en el socialismo frente al libre mercado; la participación frente a la representación; la solidaridad frente al egoísmo; la inclusión frente a la exclusión; la justicia social frente al capitalismo salvaje; la revolución frente a la democracia burguesa; los del Oeste frente a los del Este. Esto le permitió erosionar por casi una década el marco liberal con relativamente poca resistencia hasta las elecciones de 2015. Sin embargo, su accionar durante las últimas semanas, le ha hecho quedar, del otro lado de la acera frente a símbolos que se han transfigurado y tienen hoy mayor capacidad de movilización en las mayorías: libertad frente a opresión; legalidad frente a lealtad; democracia frente a revolución; derechos frente a decretos; prosperidad económica frente guerra económica; país frente a patria. La última batalla que se libra es la de la Constituyente frente a la Constitución.

Si bien la Constituyente tiene la fuerza simbólica de convocar formalmente al poder originario, tiene cuatro elementos en contra. El primero, es que en la propuesta presentada por el presidente se estaría violando el principio de universalidad del voto y el de soberanía del sujeto convocante, tal como lo denunció el rector del CNE, Luis Emilio Rondón. El segundo, es que la iniciativa carece de legitimidad cuando tres elecciones han sido truncadas en menos de dos años: los cuatro diputados de Amazonas, impugnados y sin pruebas en su contra; el intento de convocatoria de Referéndum Revocatorio Presidencial, suspendida hasta nuevo aviso y sin respuesta por parte del CNE; las elecciones regionales, atrasadas casi medio año sin justificación. El tercero, es que una Constituyente, a diferencia de la realización de elecciones, no resuelve la actual crisis política, económica y social. Por el contrario, la agrava. Finalmente, la Constituyente se enfrenta a un símbolo muy potente y arraigado en los venezolanos: la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Tanto que el propio ex presidente Chávez no pudo modificarla mediante referéndum consultivo. Gerardo Blyde, ex diputado y actual alcalde del municipio Baruta, señalaba hace ya varios años que este documento parecía haberse convertido en el proyecto de todos los venezolanos a partir de 2007 cuando fue refrendada. Hoy nuevamente se pone a prueba.

En la actual coyuntura, el conflicto entre Constitución y Constituyente, más que un disyuntiva legal (que sí lo es), es un dilema político y simbólico. Político, en cuanto a que plantea una modificación en los mecanismos que definirán los pesos y contrapesos del poder más allá de la voluntad popular expresada en el voto universal. Simbólico, porque la amenaza sobre el texto constitucional pareciera estar generando espacios de coincidencia y acción política entre el chavismo crítico, el madurismo decepcionado, sectores independientes y la MUD. Para unos, la pérdida de la Constitución sería la máxima traición al legado de Chávez, al libro azul que tanto citó; para otros, sería la eliminación de un documento que resguarda principios básicos del liberalismo conquistados después de años de lucha tales como la alternabilidad, la representatividad, la individualidad y la independencia de poderes. Aunque Chávez introdujo progresivamente elementos del socialismo del siglo XXI y el estado comunal que para nada están en el texto constitucional, en el imaginario colectivo lo que retumba es la frase “dentro de la Constitución todo, fuera de ella nada”. Así que cualquier acción que pudiera amenazarla puede terminar uniendo a tirios y troyanos en una causa común.

Si bien el trasfondo de este conflicto es político, la continuidad de la dinámica actual y el posicionamiento de los sectores en torno a cada símbolo pudieran generar un punto de inflexión en el escenario de los próximos meses.

 

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