OPINIÓN · 14 ENERO, 2018 17:54

Odio al intelecto académico

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Antonio José Monagas

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Es imposible ocultar los problemas que vive la Universidad. Y aunque algunos de sus reveses provienen de interminables deliberaciones o pugnas discrecionales, otros, verdaderamente insidiosos, proceden de la intolerancia, el odio y el resentimiento que demuestra el alto gobierno toda vez que actúa con ínfulas de empedernido predicador de ortodoxas doctrinas. Además, azuzado por una emperifollada investidura militarista que le infunde una impávida y repugnante arrogancia .

La aguda crisis que padece Venezuela, derivada del modelo gubernamental impuesto con sangre y “a palo limpio”, sembrado en el terreno del egoísmo y la corrupción con semillas del desventurado socialismo, no ha librado a la Universidad autónoma de sus perversos efectos. No conforme con lo que de ello ha resultado, le ha endosado culpas inmerecidas cuyo costo ha implicado no sólo alevosas condenatorias a la Universidad misma. También, ha implicado el derrumbe de una matrícula profesoral, estudiantil y administrativa con escabrosas consecuencias sociales, políticas e institucionales.

En la mitad de dicha crisis, el sentimiento universitario no ha dejado de sentirse. El eco de su protesta, resuena. Pero no sensibiliza el acoso y asedio de un gobierno que no ha tenido el menor cuidado para tratar la casa donde el conocimiento irradia desarrollo, progreso y crecimiento hacia el espacio que acoge sus fuerzas. Este problema, incita razones que han motivado a que el país entero avive esperanzas de vida. Pero sobre todo, un llamado a la lucha social y política en contra del agravio al que ha sido sometida la sociedad crítica y democrática.

Toda esta apesadumbrada situación, ha devenido en un estancamiento de la funcionalidad académica universitaria que ha develado problemas tales como expectativas divergentes en la docencia, la burocratización del acto pedagógico, la esclavitud a programas de formación impuestos, loas a la improvisación, una obtusa trivialidad que afecta contenidos y actividades académicas y un grave ausentismo presencial, entre otros.

Pareciera que todo se volvió “una carrera hacia la nada”. Por supuesto, con el empeño destructivo de un gobierno que sólo sabe exaltar una «democracia» cuartelaria y estaliniana. De un régimen que su gestión la convirtió en un mero alarde de ilusionismo, digno de Voland, personaje de la novela escrita por Mijail Bulgakov: “El maestro y Margarita”. Igual que Voland, el mismísimo diablo, el alto gobierno hace de las suyas cada vez que puede. Sobre todo, ante oportunidades de mediática condición. Sabe hacer el tipo de cosas que se esperan de quien, ni más ni menos, busca impresionar al público mediante un espectáculo que debe exagerarlo en cada acto. Así es el régimen.

Toda la praxis gubernamental es un derroche de petulancia enjugada de poder. Y así lo deja ver ante quien se muestre reactivo o contrapuesto a sus coerciones. Particularmente, contra las universidades. Puede decirse que es una gestión antiuniversitaria. Y como ciertas medidas gubernamentales han sido rebotadas por el carácter autonómico de universidades que disponen del provecho de tan especial condición, además de rango “constitucional”, pues el odio del régimen se abalanza sobre ellas mediante la conculcación del presupuesto que por ley corresponde anualmente.

Pero como para el régimen la ley es de aplicación discrecional, arrolla con su capacidad opresiva ahogándolas en un espacio anegado por una distribución presupuestaria espuria. De esa manera, las universidades, al igual que el resto de las instituciones que le imprimen movilidad al país, caen en un abismo marcado por la pobreza convirtiendo a profesores, empleados y obreros en un proletariado vergonzante cuyo labor se debilita ante sueldos y salarios inconciliables con la diligencia que llevan a efecto de cara al desarrollo nacional.

Tal desprecio a la intelectualidad radicada en las aulas universitarias, es una simple señal del descaro de un gobierno que sólo busca arruinar el ensamble académico del cual se ha valido el país para posicionarse ante el baremo que califica la excelencia académica de las universidades del mundo.

Sin embargo estas condiciones que colapsan la dinámica universitaria en Venezuela, no es ni fortuita, ni tampoco el resultado de la contracción de la economía como resultado de la crisis política actual. Es expresión del odio hacia el conocimiento como práctica usual de todo régimen dictatorial para el cual las universidades críticas se tornan amenazas. Sistemas políticas de esta calaña, temen a las ciencias. Bien saben que en ellas existe capacidad para destronarlos de sus engaños y yerros cometidos con la saña propia que le imprime la violencia política y la corrupción administrativa de la que se valen para enquistarse en el poder.

La tiranía criolla, al apostar a enrocarse como gobierno presuntamente vitalicio, afina su vileza y maldad para justificar sus alevosas imposiciones. Por eso, siempre está evitando una juventud pensante y creadora. Prefiere una sociedad formada cual soldadesca sumisa para así garantizar la estabilidad que su aterrador dominio plantea como escenario de poder. De ahí que para el despótico autoritarismo venezolano, groseramente llamado “bolivariano”, no le queda otra que excluir a la Universidad autónoma del sistema educativo nacional hasta donde le sea posible. Es por ello, que el régimen respira odio al intelecto académico.

Foto: Universidad Central de Venezuela (Archivo Efecto Cocuyo)

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Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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La aguda crisis que padece Venezuela, derivada del modelo gubernamental impuesto con sangre y “a palo limpio”, sembrado en el terreno del egoísmo y la corrupción con semillas del desventurado socialismo, no ha librado a la Universidad autónoma de sus perversos efectos. No conforme con lo que de ello ha resultado, le ha endosado culpas inmerecidas cuyo costo ha implicado no sólo alevosas condenatorias a la Universidad misma. También, ha implicado el derrumbe de una matrícula profesoral, estudiantil y administrativa con escabrosas consecuencias sociales, políticas e institucionales.

En la mitad de dicha crisis, el sentimiento universitario no ha dejado de sentirse. El eco de su protesta, resuena. Pero no sensibiliza el acoso y asedio de un gobierno que no ha tenido el menor cuidado para tratar la casa donde el conocimiento irradia desarrollo, progreso y crecimiento hacia el espacio que acoge sus fuerzas. Este problema, incita razones que han motivado a que el país entero avive esperanzas de vida. Pero sobre todo, un llamado a la lucha social y política en contra del agravio al que ha sido sometida la sociedad crítica y democrática.

Toda esta apesadumbrada situación, ha devenido en un estancamiento de la funcionalidad académica universitaria que ha develado problemas tales como expectativas divergentes en la docencia, la burocratización del acto pedagógico, la esclavitud a programas de formación impuestos, loas a la improvisación, una obtusa trivialidad que afecta contenidos y actividades académicas y un grave ausentismo presencial, entre otros.

Pareciera que todo se volvió “una carrera hacia la nada”. Por supuesto, con el empeño destructivo de un gobierno que sólo sabe exaltar una «democracia» cuartelaria y estaliniana. De un régimen que su gestión la convirtió en un mero alarde de ilusionismo, digno de Voland, personaje de la novela escrita por Mijail Bulgakov: “El maestro y Margarita”. Igual que Voland, el mismísimo diablo, el alto gobierno hace de las suyas cada vez que puede. Sobre todo, ante oportunidades de mediática condición. Sabe hacer el tipo de cosas que se esperan de quien, ni más ni menos, busca impresionar al público mediante un espectáculo que debe exagerarlo en cada acto. Así es el régimen.

Toda la praxis gubernamental es un derroche de petulancia enjugada de poder. Y así lo deja ver ante quien se muestre reactivo o contrapuesto a sus coerciones. Particularmente, contra las universidades. Puede decirse que es una gestión antiuniversitaria. Y como ciertas medidas gubernamentales han sido rebotadas por el carácter autonómico de universidades que disponen del provecho de tan especial condición, además de rango “constitucional”, pues el odio del régimen se abalanza sobre ellas mediante la conculcación del presupuesto que por ley corresponde anualmente.

Pero como para el régimen la ley es de aplicación discrecional, arrolla con su capacidad opresiva ahogándolas en un espacio anegado por una distribución presupuestaria espuria. De esa manera, las universidades, al igual que el resto de las instituciones que le imprimen movilidad al país, caen en un abismo marcado por la pobreza convirtiendo a profesores, empleados y obreros en un proletariado vergonzante cuyo labor se debilita ante sueldos y salarios inconciliables con la diligencia que llevan a efecto de cara al desarrollo nacional.

Tal desprecio a la intelectualidad radicada en las aulas universitarias, es una simple señal del descaro de un gobierno que sólo busca arruinar el ensamble académico del cual se ha valido el país para posicionarse ante el baremo que califica la excelencia académica de las universidades del mundo.

Sin embargo estas condiciones que colapsan la dinámica universitaria en Venezuela, no es ni fortuita, ni tampoco el resultado de la contracción de la economía como resultado de la crisis política actual. Es expresión del odio hacia el conocimiento como práctica usual de todo régimen dictatorial para el cual las universidades críticas se tornan amenazas. Sistemas políticas de esta calaña, temen a las ciencias. Bien saben que en ellas existe capacidad para destronarlos de sus engaños y yerros cometidos con la saña propia que le imprime la violencia política y la corrupción administrativa de la que se valen para enquistarse en el poder.

La tiranía criolla, al apostar a enrocarse como gobierno presuntamente vitalicio, afina su vileza y maldad para justificar sus alevosas imposiciones. Por eso, siempre está evitando una juventud pensante y creadora. Prefiere una sociedad formada cual soldadesca sumisa para así garantizar la estabilidad que su aterrador dominio plantea como escenario de poder. De ahí que para el despótico autoritarismo venezolano, groseramente llamado “bolivariano”, no le queda otra que excluir a la Universidad autónoma del sistema educativo nacional hasta donde le sea posible. Es por ello, que el régimen respira odio al intelecto académico.

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