OPINIÓN · 20 OCTUBRE, 2021 05:33

No hay feminismo sin bulla

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Susana Reina | @feminismoinc

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«El feminismo, como el océano, es fluido, poderoso, profundo y tiene la complejidad infinita de la vida, se mueve en olas, corrientes, mareas y a veces en tormentas furiosas. Como el océano, el feminismo no se calla»

Isabel Allende, Mujeres del Alma mía

 

Llevo seis años escribiendo de manera sostenida sobre feminismo. Mi intención ha sido mantener el interés en el tema de las reivindicaciones de las mujeres y la defensa por sus derechos, sobre todo en una región como la latinoamericana, donde se viven minuto a minuto las urgencias de las crisis y las otras prioridades, las que siempre están por encima de nuestros problemas.

Acostumbrada como estoy a escuchar que “Este no es el momento para alborotar el avispero”, “Estamos en medio de una verdadera emergencia”, “Mejor más adelante” y otras excusas similares, es todo un privilegio contar con ventanas donde la discriminación y el machismo en todas sus manifestaciones se haga visible sin más postergaciones.

De tanto insistir en que la exclusión genera y atraviesa todas las crisis, que sin mujeres no hay democracia, que no saldremos del marasmo invisibilizando a la mitad de la población, que la incorporación de las mujeres en la economía es factor fundamental de desarrollo y otras consignas similares, la gente se ha puesto a hablar de feminismo aunque sea para criticarlo, y ha aparecido en la lista de las tendencias en las redes sociales y medios de comunicación, con mucha más intensidad que en años anteriores.

Gracias a estos artículos he tejido relaciones con quienes me leen para construir programas y acciones en favor de la causa en medio de tantas carencias y noticias bizarras que colman nuestra cotidianidad. Parecerá de pronto disco rayado, pero la insistencia es necesaria para cambiar la red de conversaciones que sostienen esta cultura que conserva el malestar y formas poco sanas de convivencia.

El feminismo no puede ser femenino

Los hombres definieron lo que era ser una “mujer normal”: sonriente, aquiescente, colaboradora, callada, hogareña. No conflictiva, problemática ni ruda. Arreglada, bañada, depilada y olorosa. Todo eso lo engloban en la categoría de mujer decente, de su casa, correcta. En cambio, la que manifiesta un desacuerdo de forma airada, disiente o habla alto y fuerte es calificada de irracional, egoísta, machorra, grosera, agresiva, cuaima, feminazi o bruja.

Una mujer que demuestra o reclama poder, no entra dentro de lo esperado por la norma, y debido a ello la reacción en contra de quienes impugnan el sexismo es durísima. “Tienes que ser femenina, aunque seas feminista”, dicen algunos. No se dan cuenta de que la feminidad es un mandato patriarcal que a ninguna feminista le interesa obedecer.

El feminismo surgió justamente para quitarnos la etiqueta de la feminidad. No hay manera de romper estructuras siendo diplomática, portándote bien, complaciendo a todos, pisando pasito. Estamos luchando contra la necesidad interna de aprobación y reconocimiento de quienes nos dicen qué debemos ser, sentir y pensar. Soy abolicionista del género, esa construcción cultural acuñada para que las mujeres complazcamos al sistema patriarcal y nos mantengamos subordinadas a los hombres. Soy también, abolicionista del esencialismo que supone que ser femenina es una característica intrínseca a nuestro sexo y no un mandato injusto con el que nos machacan desde que nacemos.

En palabras de Helen Lewis, autora del libro Difficult Women: A History of Feminism in 11 Fights (Mujeres difíciles. Historia del feminismo en 11 peleas), el feminismo tiene el deber de luchar contra «la tiranía de la amabilidad«, que es y siempre ha sido una de las fuerzas más potentes que frenan a las mujeres: “El feminismo no es un movimiento de autoayuda, dedicado a hacer que todos se sientan mejor con su vida: es una demanda radical para anular el status quo. A veces tiene que causar malestar”.

Mucha bulla

Actos simbólicos que transmitan la ira por estar oprimidas puede cambiar el tablero de juego. Pasó con las sufragistas después de años de protestas pacíficas y de ir por el camino de las conversaciones civilizadas para intentar reformar las leyes sin lograr nada, hasta que se volvieron cuasi terroristas que dinamitaban buzones de correo, rompían vidrieras de negocios y se lanzaban a las patas de un caballo para ganar la atención pública requerida. Entonces sí obtuvieron el derecho al voto hace apenas 100 años. Si se hubiesen quedado repartiendo volantes o hablando bajito, todavía hoy ni siquiera podríamos entrar a una asamblea legislativa a mirar lo que se discute.

Necesitamos todas las formas posibles de protesta, todas las tribunas, todos los espacios: las alocuciones de las famosas, las que se desnudan, las canciones con sus marchas, los grafitis, los foros, los artículos en los medios, las denuncias y todo lo que se nos ocurra que pueda poner el acento en la demolición de un sistema de creencias que discrimina, anula y asesina a las mujeres impunemente. No nos digan cómo protestar, no nos regulen cómo ser feministas, que justamente contra eso nos movemos. Hacer bulla y mucha, es necesario para transformar.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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Llevo seis años escribiendo de manera sostenida sobre feminismo. Mi intención ha sido mantener el interés en el tema de las reivindicaciones de las mujeres y la defensa por sus derechos, sobre todo en una región como la latinoamericana, donde se viven minuto a minuto las urgencias de las crisis y las otras prioridades, las que siempre están por encima de nuestros problemas.

Acostumbrada como estoy a escuchar que “Este no es el momento para alborotar el avispero”, “Estamos en medio de una verdadera emergencia”, “Mejor más adelante” y otras excusas similares, es todo un privilegio contar con ventanas donde la discriminación y el machismo en todas sus manifestaciones se haga visible sin más postergaciones.

De tanto insistir en que la exclusión genera y atraviesa todas las crisis, que sin mujeres no hay democracia, que no saldremos del marasmo invisibilizando a la mitad de la población, que la incorporación de las mujeres en la economía es factor fundamental de desarrollo y otras consignas similares, la gente se ha puesto a hablar de feminismo aunque sea para criticarlo, y ha aparecido en la lista de las tendencias en las redes sociales y medios de comunicación, con mucha más intensidad que en años anteriores.

Gracias a estos artículos he tejido relaciones con quienes me leen para construir programas y acciones en favor de la causa en medio de tantas carencias y noticias bizarras que colman nuestra cotidianidad. Parecerá de pronto disco rayado, pero la insistencia es necesaria para cambiar la red de conversaciones que sostienen esta cultura que conserva el malestar y formas poco sanas de convivencia.

El feminismo no puede ser femenino

Los hombres definieron lo que era ser una “mujer normal”: sonriente, aquiescente, colaboradora, callada, hogareña. No conflictiva, problemática ni ruda. Arreglada, bañada, depilada y olorosa. Todo eso lo engloban en la categoría de mujer decente, de su casa, correcta. En cambio, la que manifiesta un desacuerdo de forma airada, disiente o habla alto y fuerte es calificada de irracional, egoísta, machorra, grosera, agresiva, cuaima, feminazi o bruja.

Una mujer que demuestra o reclama poder, no entra dentro de lo esperado por la norma, y debido a ello la reacción en contra de quienes impugnan el sexismo es durísima. “Tienes que ser femenina, aunque seas feminista”, dicen algunos. No se dan cuenta de que la feminidad es un mandato patriarcal que a ninguna feminista le interesa obedecer.

El feminismo surgió justamente para quitarnos la etiqueta de la feminidad. No hay manera de romper estructuras siendo diplomática, portándote bien, complaciendo a todos, pisando pasito. Estamos luchando contra la necesidad interna de aprobación y reconocimiento de quienes nos dicen qué debemos ser, sentir y pensar. Soy abolicionista del género, esa construcción cultural acuñada para que las mujeres complazcamos al sistema patriarcal y nos mantengamos subordinadas a los hombres. Soy también, abolicionista del esencialismo que supone que ser femenina es una característica intrínseca a nuestro sexo y no un mandato injusto con el que nos machacan desde que nacemos.

En palabras de Helen Lewis, autora del libro Difficult Women: A History of Feminism in 11 Fights (Mujeres difíciles. Historia del feminismo en 11 peleas), el feminismo tiene el deber de luchar contra «la tiranía de la amabilidad«, que es y siempre ha sido una de las fuerzas más potentes que frenan a las mujeres: “El feminismo no es un movimiento de autoayuda, dedicado a hacer que todos se sientan mejor con su vida: es una demanda radical para anular el status quo. A veces tiene que causar malestar”.

Mucha bulla

Actos simbólicos que transmitan la ira por estar oprimidas puede cambiar el tablero de juego. Pasó con las sufragistas después de años de protestas pacíficas y de ir por el camino de las conversaciones civilizadas para intentar reformar las leyes sin lograr nada, hasta que se volvieron cuasi terroristas que dinamitaban buzones de correo, rompían vidrieras de negocios y se lanzaban a las patas de un caballo para ganar la atención pública requerida. Entonces sí obtuvieron el derecho al voto hace apenas 100 años. Si se hubiesen quedado repartiendo volantes o hablando bajito, todavía hoy ni siquiera podríamos entrar a una asamblea legislativa a mirar lo que se discute.

Necesitamos todas las formas posibles de protesta, todas las tribunas, todos los espacios: las alocuciones de las famosas, las que se desnudan, las canciones con sus marchas, los grafitis, los foros, los artículos en los medios, las denuncias y todo lo que se nos ocurra que pueda poner el acento en la demolición de un sistema de creencias que discrimina, anula y asesina a las mujeres impunemente. No nos digan cómo protestar, no nos regulen cómo ser feministas, que justamente contra eso nos movemos. Hacer bulla y mucha, es necesario para transformar.

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