OPINIÓN · 26 MARZO, 2019 05:15

Nadie vendrá a salvarnos

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Andrés Cañizalez | @infocracia

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No es la primera vez que traigo a colación la película “Hotel Ruanda”, para extrapolar escenas de ese filme, altamente recomendable, y hacer un contrapunto con la realidad de Venezuela.

A lo largo de las semanas transcurridas en 2019 ha estado flotando en el ambiente, como una de las opciones sobre la mesa, la posibilidad de una intervención militar de Estados Unidos. Dicha opción, debemos decirlo, parece menos viable en la medida en que la intervención militar provino de Moscú con el envío de militares para la protección de Nicolás Maduro.

A todas estas, cuál es y cuál puede ser el papel de la llamada Comunidad Internacional para lograr una efectiva resolución de la crisis que arropa hoy a nuestro país. Personalmente creo que si apostamos por un cambio democrático, eso lo tendremos que labrar internamente los venezolanos.

Sobre este tópico versa la película Hotel Ruanda, sobre la cual habría que volver una y otra vez. Como buen filme, el eje de la historia parece estar en el protagonista. Estamos ante un ruandés proeuropeo que desde su posición de gerente hotelero vive una metamorfosis personal –diríamos que espiritual-, para devenir en héroe de carne y hueso, que se sobrepone a sus miedos y creencias, y termina convirtiendo el hotel más lujoso de Kigali en un verdadero campo de refugiados, salvador de centenares de vidas humanas.

Imposible que el protagonista se aislara de lo que ocurría en las afueras del hotel que regentaba: casi un millón de personas fueron aniquiladas en un verdadero genocidio cometido por la etnia hutu que cobró mortífera revancha contra los que siempre habían gobernado el país, los miembros de la etnia tutsi.

Efectivamente, los tutsis impusieron su dominio sobre lo que conocemos como Ruanda desde hace unos cinco siglos, pese a ser una minoría en relación con el número de habitantes hutus. Hace pocas décadas, cuando Ruanda y Burundi, hasta entonces una sola nación colonizada por Bélgica, lograron su independencia, el poder imperial en retirada azuzó las rivalidades históricas entre las etnias, mientras las transnacionales europeas aprovechaban de implementar un modelo empresarial: hacer también de los conflictos un negocio.

Los hutus y los tutsis en su aspecto físico prácticamente no se diferencian, y en la vida real existían muchas familias entrelazadas. El protagonista de la película, basada en una historial real, es hutu, mientras que su esposa, sus vecinos y luego los centenares de personas que salvó eran todos tutsis. Para cometer las matanzas se acudían a ciertos barrios, se apelaba a la identificación en la que sí constaba la etnia, y sobre todo, resultaba vital la delación.

Inoperante y politizada

Por encima de todos los ruandeses, estaban las bocinas de una emisora de radio, hoy cuestionada y enjuiciada en instancias internacionales en la vida real; desde allí se alentaban los odios, se daban argumentos históricos y étnicos a favor de la matanza, y lo que es peor aún, se señalaban objetivos concretos, a través de la descalificación de personas o entidades, a los que se les colocaba el cartel del otro, del que hay que aniquilar.

Es también el filme un crudo retrato del papel, inoperante y atrapado en arreglos políticos que a veces poco tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, de entidades como la Organización de Naciones Unidas. La constatación de que la salvación no vendrá desde el extranjero (no vendrán a salvarnos, dice el protagonista) y que sólo está en sus propias manos la posibilidad de salvarse, constituyen punto de quiebre en la historia cinematográfica, y terminan siendo catalizador para una acción que finalmente logra sus objetivos: quienes lograron cobijarse en el hotel salieron con vida de Ruanda.

Mientras escapaban rumbo a Tanzania dejaban detrás una contraofensiva tutsi sobre Kigali. Ésta terminaría siendo, según reportes de prensa, tan sanguinaria como la matanza hutu, y devino en cruel metáfora para aquellos que buscando aniquilar al otro también acabaron devastados.

Tampoco en Venezuela, me temo, nadie vendrá a salvarnos. Esa es la cruda realidad.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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A lo largo de las semanas transcurridas en 2019 ha estado flotando en el ambiente, como una de las opciones sobre la mesa, la posibilidad de una intervención militar de Estados Unidos. Dicha opción, debemos decirlo, parece menos viable en la medida en que la intervención militar provino de Moscú con el envío de militares para la protección de Nicolás Maduro.

A todas estas, cuál es y cuál puede ser el papel de la llamada Comunidad Internacional para lograr una efectiva resolución de la crisis que arropa hoy a nuestro país. Personalmente creo que si apostamos por un cambio democrático, eso lo tendremos que labrar internamente los venezolanos.

Sobre este tópico versa la película Hotel Ruanda, sobre la cual habría que volver una y otra vez. Como buen filme, el eje de la historia parece estar en el protagonista. Estamos ante un ruandés proeuropeo que desde su posición de gerente hotelero vive una metamorfosis personal –diríamos que espiritual-, para devenir en héroe de carne y hueso, que se sobrepone a sus miedos y creencias, y termina convirtiendo el hotel más lujoso de Kigali en un verdadero campo de refugiados, salvador de centenares de vidas humanas.

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Inoperante y politizada

Por encima de todos los ruandeses, estaban las bocinas de una emisora de radio, hoy cuestionada y enjuiciada en instancias internacionales en la vida real; desde allí se alentaban los odios, se daban argumentos históricos y étnicos a favor de la matanza, y lo que es peor aún, se señalaban objetivos concretos, a través de la descalificación de personas o entidades, a los que se les colocaba el cartel del otro, del que hay que aniquilar.

Es también el filme un crudo retrato del papel, inoperante y atrapado en arreglos políticos que a veces poco tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, de entidades como la Organización de Naciones Unidas. La constatación de que la salvación no vendrá desde el extranjero (no vendrán a salvarnos, dice el protagonista) y que sólo está en sus propias manos la posibilidad de salvarse, constituyen punto de quiebre en la historia cinematográfica, y terminan siendo catalizador para una acción que finalmente logra sus objetivos: quienes lograron cobijarse en el hotel salieron con vida de Ruanda.

Mientras escapaban rumbo a Tanzania dejaban detrás una contraofensiva tutsi sobre Kigali. Ésta terminaría siendo, según reportes de prensa, tan sanguinaria como la matanza hutu, y devino en cruel metáfora para aquellos que buscando aniquilar al otro también acabaron devastados.

Tampoco en Venezuela, me temo, nadie vendrá a salvarnos. Esa es la cruda realidad.

* * *

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