La señora de la esquina - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 25 FEBRERO, 2016 14:25

La señora de la esquina

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Armando Montero Rivera

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Todo el mundo que pasa por la Plaza Bolívar del centro de Caracas tiene que ver con ella: funcionarios públicos, barrenderos, compradores de oro y dólares, señores mayores, jóvenes, actores, músicos y hasta diplomáticos.

─Yo simpatizo con alemán, con chino a todos les caigo bien, hablan conmigo, les echo broma.

Al rato alguien la saluda y ella le responde:

─Tienes la yuca como el bolívar: ¡devaluada!

Algunos la llaman “la señora de la esquina”, “la revolucionaria”, “la princesa”, “Norkis”, pero su nombre de pila es Norka Josefina León. Tiene 43 años, nació en Cumaná, vive en Caracas desde los tres años cuando su mamá la entregó a una tía. Desde 1995 viene a la Plaza. Siempre está sentada en la esquina de la Casa Amarilla y la sala de espera del Terminal La Bandera, su habitación. En este su hogar solo hay una silla de metal con espaldar y asiento de madera, forrado en plástico de basura. El resto de muebles son bolsas oscuras con asas. En la primera guarda una maleta de ruedas dañadas con su ropa; en otra productos de uso personal, en la tercera periódicos donde se reseñan noticias que han llamado su atención; su botella de agua con dos vasos desechables y una última caja con chucherías. Al irse muchas de esas cosas son guardadas en las jardineras de una librería cercana.

Mide 1.65, de piel bronceada, brillante; una mujer menuda, aseada, de cabello recogido, ojos grandes y atentos. Su cuerpo está lleno de quemaduras. Siempre usa pantalones que no le lleguen a los tobillos y blusas sin mangas. Pero a pesar de eso, su adorno más precioso es su voz. Una voz de bolerista que se puede sentir a un kilómetro.

De vez en cuando canta boleros, rancheras, baladas y salsa con un amigo que la visita. De su garganta salen canciones como Besos callejeros, Dímelo e interpretaciones de Julio Jaramillo como Nuestro juramento y Azabache.

La gente pasa, la saludan, le preguntan una dirección. Ella no responde. Letra, melodía y ella son una sola. Revientan versos nostálgicos.

─Me quedo como el radio cuando se le va la onda, como el televisor buscando señal.

─Aunque me cueste la vida sigo buscando tu amor… ¿Quién canta esa canción? Oyendo la radio me aprendí las canciones. En mi casa se escuchaba la Emisora Popular, el programa de “Cheo” García, mosaicos. También había un tocadiscos.

Imposible no pensar en Edith Piaf, cuando cantaba en una esquina por algunas monedas que le alcanzarán para comprar licor. Una vida de calle, de amores perros, de excesos, de desgracias las une. Sin embargo, la de Norka ha tenido más espinas que rosas.

Se declara autodidacta, le apasionan las historias de guerras. Todo lo que sabe lo aprendió leyendo.

─Dios dice: todas las palabras que salgan de nuestra boca, de ellas entregaremos cuenta en el juicio final. Por eso hay que buscar las palabras en el diccionario, hablar con la gente que está “empapada”, para cuando venga alguien a preguntarle a algo, uno sepa que responder.

Cuenta que años atrás se paraba en la esquina de la Catedral y contaba los hechos ocurridos en la Batalla de San Mateo, donde tropas comandadas por el capitán neogranadino Antonio Ricaurte, lucharon contra las tropas realistas. Sus descripciones eran precisas se sabía la historia al pie de la letra.

─Mi mente es como una pantalla de televisor, recuerdo las cosas como si las estuviera viviendo.

─ Mi infancia fue como la de la Cenicienta, muchas ofensas, maltratos y oficios. Tú sabes: cuando el niño es huérfano, todo el mundo es padre.

A los 11 años se cansó de su tía y se fue a vivir con su abuelo al caserío Boca de Negro en San Casimiro, estado Aragua.

─Mi abuelo era como un mariscal de campo, me trataba como si dirigiera un ejército, era lo que él decía. No había palabras de cariño. Nada de eso.

A los 18 años se fue a trabajar a una quinta en la Urbanización Ciudad Alianza en Guacara, estado Carabobo. Allí conoce a Evelio Florián Noriega, con quien se va a vivir a Tocuyito, sector La Guácima. Evelio, tenía 60 años, era un colombiano machista que le repetía: a las mujeres venezolanas les gusta dominar a los hombres, pero a mí tú no me vas a dominar.
A los 20 años tuvo su primer hijo, llamado Isaías.

─ A los tres meses las convulsiones la agarraron conmigo, quedaba fuera de mí y otra familia se tuvo que hacer cargo del niño.

Intentó retomar el trabajo, pero los constantes ataques de epilepsia hicieron que la despidieran. En 1993, pasa de una casa de familia a una casa de citas. Se convierte en Belén, la de los Besos callejeros, la de los amores comprados. Alquila una habitación en la esquina La Cruz de La Pastora e inicia lo que ella llama “una experiencia crónica”, en el bar Puerta Amarilla, en Nuevo Circo.

Para trabajar como prostituta tenía que hacerse un frotis vaginal todos los meses y tener un certificado de salud. En una oportunidad un hombre se murió mientras tenían sexo. Eyaculó y empezó a retorcerse. Le dio una trombosis. Al llegar los bomberos le dijeron que ella como que tenía la “cuca eléctrica”. Y así la llamaron desde entonces en el Puerta Amarilla.

Siendo prostituta quedó embarazada. No sabe qué pasó, si siempre usaba preservativos. Se fue a vivir a la sala de espera del Terminal de Pasajeros La Bandera y allí acordó con una obrera del lugar darle el hijo apenas naciera. La obrera recibió el niño y le dio dinero. Después del parto le hicieron una ligadura de trompas y asunto resuelto.

Del Puerta Amarilla pasó a la Casa Amarilla. En esa esquina acordaba con viejos maduros, se iban a un hotel, le pagaban y todos felices. Pero la palabra de Dios hizo que Belén desapareciera.

─Él me habló, me dijo que yo no tenía la necesidad de una vida sexual, y la dejé. Ya no me excito.

Hasta febrero de 2015 vivió en casa de su tía en El Bruzual del Valle. Allí solo iba a dormir, la mayor parte del tiempo la pasa en su esquina.

─A los tres días, el muerto hiede. El 24 de diciembre me dio un ataque de epilepsia que me dejó inconsciente tres días. Mi tía me dijo que eso era mucha responsabilidad para ella, que cambiara el tratamiento y que buscara dónde irme.

El cuerpo de Norka está tatuado con quemaduras de tercer grado. Viviendo con su abuelo, a los catorce años, mientras aliñaba unas caraotas en fogón de leña, un ataque de epilepsia la sorprendió: cayó al piso, no había nadie en casa, las brasas del fogón le cocinaron la pantorrilla izquierda, dejándole un gran círculo que al tocarlo se siente como una bolsa plástica de supermercado. Otro día, hervía agua para hacerse vapores y le dio un ataque. La olla cayó al suelo de tierra, se empozó y le quemó todo el brazo derecho, la axila, el seno, la mano; dejándole los dedos anular y meñique inmóviles. Durante tres meses y medio estuvo internada en el Periférico de Coche, sometida a injertos de piel. Recuerda que estando quemada tuvo que caminar cuatro horas para llegar al hospital más cercano del pueblo.

En el brazo izquierdo no hay quemaduras, hay marcas de cortadas hechas con una máquina de afeitar en un embate de rebeldía provocado por los maltratos de su abuelo.
─La convulsión es como una tempestad, te deja inconsciente, es como dormir sin soñar. Un ataque de epilepsia es a traición, de repente…

De repente, llega la tempestad: Norka cae al suelo y se convierte en espasmos, en temblores, un joven corre a buscar los bomberos, la gente se amontona, todos le dan órdenes al joven que fue a buscar ayuda que no llega. Entre los espectadores hay una mujer rubia que dice ser médico. Revuelve las cosas de Norka y encuentra una pastilla. Se la coloca debajo de la lengua. Para ese momento ya habían caído sobre ella tres tempestades.

Dos hospitales más tarde y repetidos ¡mamita! ¡mamita! Norka vuelve a ser la “la Señora de la esquina” que una ambulancia ha dejado en el Terminal La Bandera.

Foto: Jorge Amín, 2008

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