OPINIÓN · 25 ABRIL, 2020 04:25

El que se resbala, pierde

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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QUÉ INDIGNANTE
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QUÉ CHIMBO

“El apresuramiento puede dar vuelta atrás a todo lo logrado”

Las dificultades para controlar al coronavirus. El temor que ha generado esta epidemia en la gente. El colapso producido en infraestructuras sanitarias hasta en países ricos. La complicada situación para cualquier gobierno. Los estragos que produce el confinamiento en la vida cotidiana . Todo esto —y tanto más— articula un grito: ¡Hay que salir ya!  Sin duda, ese es un deseo colectivo, pero hay que detenerse y pensar ¿es posible? 

Quizás dos elementos están presionando para que los gobiernos aceleren las decisiones del cese de cuarentena: la necesidad de la gente de retornar a la  “normalidad” —cualquiera que esta sea— y la de retomar el trabajo. 

La inmensa mayoría de la gente pudiera estar hastiada del encierro. Las familias desesperadas, sobre todo, las numerosas y las que tienen adolescentes, niños y niñas. Muchísimas con restricciones de espacio y no muchos recursos de diversión dentro de casa. Sin embargo, todavía, por su seguridad, no se puede volver a la calle.

La gente joven, enérgica por naturaleza, ya no aguanta la quietud. Alguna, tonta y abusivamente, ha violado la cuarentena. No entiende que al exponerse se puede infectar y llevar el virus a su casa, donde los demás pueden estar protegiéndose e infectarlos. Otros jóvenes, cumplen rigurosamente las recomendaciones contra el virus. Todos tendrán que esperar para volver a la calle.

Y están los niños y niñas, quizás los menos vulnerables ante el coronavirus, sujetos a las decisiones de los adultos que les rodean, en quienes reposa la responsabilidad de su protección. Pensando en la epidemia, mientras más tarde vuelvan a la calle, mejor.

Prevención y la vuelta a la llamada normalidad

A las presiones de la gente, digamos, se suma la de las empresas, de cualquier tipo y tamaño, para reiniciar las actividades y evitar la quiebra que implicaría la pérdida de capital de los propietarios y la paga de los empleados.  

La vuelta al trabajo, a los estudios y a la calle, parece que no pudiera esperar. Sin embargo, son los datos epidemiológicos y el comportamiento de la epidemia lo que dirá si estamos listos para parar la cuarentena o hay que seguir en ella. 

La decisión del cese de la cuarentena está a cargo de los gobiernos y ellos se debaten entre ceder a las presiones o proteger la salud de la población, aunque parezca obvio por cuál deben decidir, no es así.  Para algunos, la productividad económica o el poder, está por encima de la salud de la población. En las noticias están los ejemplos.

El proceso de parar la cuarentena, de vuelta a la calle tiene que ser con mucha prudencia en las decisiones gubernamentales, de las comunidades, los empresarios y los ciudadanos. El apresuramiento puede dar vuelta atrás a todo lo logrado en contra de la epidemia en estos duros meses y devolvernos al principio de lo que ahora parece que fue hace años.

Ante todo, prudencia

Cada país, cada ciudad y localidad tiene que evaluar la situación de acuerdo a su realidad epidemiológica y, por tanto, las decisiones acerca de cuándo volver a la calle, tienen que ser diferenciadas.  Pero algo es cierto: mientras más tarde, aun con lo difícil que es aguantar más, será más seguro.

Bajar la guardia ante el virus por razones de angustia ante el encerramiento, la premura económica o las ganas de divertirse puede ser tan peligroso como la epidemia misma. Es jugar con fuego.  

Acercándonos al final de abril, cuatro países, entre los más ricos y con mejores  respuestas sanitarias del mundo, han acumulado ya, cada uno, un poco más de  20 mil muertes por coronavirus. Un muerto siempre es mucho, 19.999, muchísimo y la cuenta no ha parado. Ojalá que la prudencia de la gente y los gobiernos evite que la epidemia  se expanda tan agresivamente en los países pobres. Sería el acabose.

Sí, en algunos países hay eficientes métodos de monitoreo del virus, pero todavía este está suelto y aún no hay vacuna para evitarlo.   

La prevención sigue siendo lo mejor contra el coronavirus y, en este caso, es dura y larga. Las presiones sociales, empresariales o políticas no pueden arriesgar lo que se ha logrado hasta ahora.  Todo el sacrificio de estos meses se pueden ir por la borda si nos precipitamos.

El que se resbala, pierde y es que la desesperación es mala consejera, siempre, pero más cuando se trata de salud. Prudencia y paciencia, la cosa es difícil.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

 

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Quizás dos elementos están presionando para que los gobiernos aceleren las decisiones del cese de cuarentena: la necesidad de la gente de retornar a la  “normalidad” —cualquiera que esta sea— y la de retomar el trabajo. 

La inmensa mayoría de la gente pudiera estar hastiada del encierro. Las familias desesperadas, sobre todo, las numerosas y las que tienen adolescentes, niños y niñas. Muchísimas con restricciones de espacio y no muchos recursos de diversión dentro de casa. Sin embargo, todavía, por su seguridad, no se puede volver a la calle.

La gente joven, enérgica por naturaleza, ya no aguanta la quietud. Alguna, tonta y abusivamente, ha violado la cuarentena. No entiende que al exponerse se puede infectar y llevar el virus a su casa, donde los demás pueden estar protegiéndose e infectarlos. Otros jóvenes, cumplen rigurosamente las recomendaciones contra el virus. Todos tendrán que esperar para volver a la calle.

Y están los niños y niñas, quizás los menos vulnerables ante el coronavirus, sujetos a las decisiones de los adultos que les rodean, en quienes reposa la responsabilidad de su protección. Pensando en la epidemia, mientras más tarde vuelvan a la calle, mejor.

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La vuelta al trabajo, a los estudios y a la calle, parece que no pudiera esperar. Sin embargo, son los datos epidemiológicos y el comportamiento de la epidemia lo que dirá si estamos listos para parar la cuarentena o hay que seguir en ella. 

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El proceso de parar la cuarentena, de vuelta a la calle tiene que ser con mucha prudencia en las decisiones gubernamentales, de las comunidades, los empresarios y los ciudadanos. El apresuramiento puede dar vuelta atrás a todo lo logrado en contra de la epidemia en estos duros meses y devolvernos al principio de lo que ahora parece que fue hace años.

Ante todo, prudencia

Cada país, cada ciudad y localidad tiene que evaluar la situación de acuerdo a su realidad epidemiológica y, por tanto, las decisiones acerca de cuándo volver a la calle, tienen que ser diferenciadas.  Pero algo es cierto: mientras más tarde, aun con lo difícil que es aguantar más, será más seguro.

Bajar la guardia ante el virus por razones de angustia ante el encerramiento, la premura económica o las ganas de divertirse puede ser tan peligroso como la epidemia misma. Es jugar con fuego.  

Acercándonos al final de abril, cuatro países, entre los más ricos y con mejores  respuestas sanitarias del mundo, han acumulado ya, cada uno, un poco más de  20 mil muertes por coronavirus. Un muerto siempre es mucho, 19.999, muchísimo y la cuenta no ha parado. Ojalá que la prudencia de la gente y los gobiernos evite que la epidemia  se expanda tan agresivamente en los países pobres. Sería el acabose.

Sí, en algunos países hay eficientes métodos de monitoreo del virus, pero todavía este está suelto y aún no hay vacuna para evitarlo.   

La prevención sigue siendo lo mejor contra el coronavirus y, en este caso, es dura y larga. Las presiones sociales, empresariales o políticas no pueden arriesgar lo que se ha logrado hasta ahora.  Todo el sacrificio de estos meses se pueden ir por la borda si nos precipitamos.

El que se resbala, pierde y es que la desesperación es mala consejera, siempre, pero más cuando se trata de salud. Prudencia y paciencia, la cosa es difícil.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

 

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