OPINIÓN · 13 OCTUBRE, 2021 05:30

La inconsistencia: origen del desmadre

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Oscar Morales Rodríguez

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Si existe un comportamiento que nos lleva irremediablemente a errores o derrumbes, ese no debe ser otro más que la inconsistencia. Actuar de forma inconsistente en el ámbito personal nos conduce a darnos varios porrazos individuales -aunque algunas veces se extienden los golpes a los más cercanos-, pero ejecutar inconsistentemente cada medida o política pública sobre un país -desgraciadamente- nos empuja a millones de personas a sufrir un calvario. Esas varias inconsistencias en los últimos años ha provocado hambre y aflicciones.

En primer lugar, tenemos la relación con el dólar. Pasamos de referirnos a ella como la moneda del «imperio» y de perseguir penalmente a todos aquellos que pretendieran concretar alguna transacción económica con esta, pero hoy decimos que «gracias a Dios existe». ¿Cuánto no nos hubiésemos ahorrado si desde el día 1 sincerábamos su existencia y, en paralelo, diseñábamos alternativas para que su inserción a la economía fuese formal?

En segundo lugar, despunta el control de precios. Pasamos de amenazar con las penas del infierno a todo aquel que vendiera los huevos, la harina, el café o el azúcar por encima del precio establecido que dictara un organismo -con ínfulas de todopoderoso-, pero hace un par de años atrás nos dimos cuenta de que no era para tanto y que, por supuesto, era mejor relajar todos esos controles inútiles. ¿Cuánto mal hubiésemos podido esquivar si eliminábamos de nuestras opciones a esta receta prehistórica fracasada?

En tercer lugar, es necesario mencionar la postura frente a la propiedad privada. Hasta hace poco era pecado tener aspiraciones de comenzar un emprendimiento que generara algunas ganancias o defender la libre iniciativa privada. Sin embargo, ahora nos desesperamos para invitar hasta a nuestros peores enemigos para que se animen a inyectar unos verdes en Higuerote o Cumaná, a fin de que haya un poco de dinamismo en la economía (aunque esas invitaciones ciertas condiciones aplican, claro está). Incluso más, ahora redactamos leyes para que se permita alguna alianza público-privada con el objetivo de resucitar varias empresas estatales. ¿Cuánto dolor se hubiese evitado si desde el principio le asegurábamos la posibilidad de emprender a todos sin distinción?

En cuarto lugar, cabe destacar la política de importaciones de bienes y servicios. Apenas ayer el Estado era el amo y señor de la compra de los productos que ingresaban a nuestro país, el protagonismo estatal era imponente y no había dos opiniones. No obstante, hoy en día, el personaje principal de esta historia es el sector privado, quien está ofreciendo un poco de oxígeno para abastecer el mercado nacional dada la incapacidad del sector público, y esto parece que seguirá siendo la regla por mucho tiempo. ¿De cuánto tormento nos hubiésemos librado si se fuera comprendido que el sector público y privado pueden ser aliados?

En fin, todas estas -y otras más- inconsistencias han producido la depresión económica que está a la vista. Una de las señales más notorias de la inconsistencia es no saber hacia dónde vamos. Y hoy nuestro país -pese a los virajes comentados anteriormente- sigue inundado de inconsistencias y rituales ideológicos que no permiten llevar a cabo un plan estabilizador macroeconómico, o reformas estructurales, que disipen la permanente improvisación destructiva y nos ofrezca una mediana certeza hacia adelante. Esto último no se ve por ninguna parte. Y mientras no se vea, pues solamente seguiremos en presencia de una sola cosa: un país adaptándose a la supervivencia con paliativos de cuando en cuando o, lo que es lo mismo, una sociedad rumbo a la igualación en la pobreza sobreviviendo con tres paños fríos.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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