OPINIÓN · 14 ABRIL, 2018 18:00

La derecha del chavismo

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Alberto Barrera Tyszka

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El cuento va más o menos así: en medio de una entrevista sobre la situación del país, la periodista me comentó la percepción, con frecuencia generosa, que tienen los europeos sobre todo aquello que les suene a “revolucionario” en Latinoamérica.

Hablábamos del gobierno de Venezuela y le mencioné entonces el caso de los Operativos de Liberación del Pueblo (OLP), ese salvaje programa de violencia policial y militar que se ha implementado en los últimos años en nuestro país.

En ese contexto, le dije: “Maduro se parece más a Pinochet que a Allende”. La nota salió con este titular y la periodista no tuvo espacio, tiempo o criterio, para incluir la referencia a esta nueva forma de exterminio que son los OLP. Sin embargo, creí que la frase se entendería en referencia al tema del militarismo. En cualquier caso, podría resultar una provocación para aquellos que pretenden, desde la izquierda más arcaica, defender a Nicolás Maduro. Pero quienes reaccionaron con vehemencia fueron otros: Los nuevos fundamentalistas.

Me interesa el tema del militarismo en el proceso que vive nuestro país. Desde su relanzamiento simbólico, que comenzó a hacer Hugo Chávez en 1992, hasta el momento culminante en que se encuentra ahora, cuando un Presidente supuestamente civil le entrega, de manera supuestamente legal, el control de la economía y de las políticas públicas a las cúpulas castrenses.

Creo que necesitamos entender mejor cómo se desarrolló y cómo funciona eso que la verdad oficial llama “la unión cívico militar”: una élite mafiosa, corrupta y criminal, que se aferra al poder e insiste tercamente en legitimarse. Gilles Deleuze decía que las ideologías son una engañifa, que lo que hay que analizar en cualquier sistema es su forma de organizar y de administrar el deseo y el poder. Creo que pensar el país solamente en términos de una pugna entre “dos modelos” es una manera de reforzar el discurso oficial. Al Cártel le conviene que se siga repitiendo que esta historia es un “proceso revolucionario”.

En cualquier caso, todo esto pudiera ser, de manera natural, parte de la discusión sobre lo que ocurre en el país. Sin embargo, ahora, hay quienes desde una nueva derecha se empeñan en simplificar el debate, quienes suponen que la historia solo puede narrarse como un guión escueto: o crees en el libreto castro comunista, o crees en el libreto de la libertad.

Quienes se indignaron frente a mi comparación entre Maduro y Pinochet señalaron, por supuesto, el éxito económico que se le atribuye al dictador Chileno, el respeto a las instituciones que –según aseguran- tuvo su largo gobierno, la condición “comunista” de Allende, etc. Además de ofrecer otro tipo de argumentos, como acusarme de “izquierdoso”, “progre”, “resentido” o “senil y ñángara”; también recordaron –como otras tantas veces- que hace casi 30 años firmé, junto a otros escritores y trabajadores de la cultura, un remitido de apoyo a Fidel Castro.

No creo que sea necesario volver a explicar el proceso que vivimos muchos con respecto a la experiencia cubana. Me parece más novedosa la fantasía de creer que quienes firmamos ese remitido, dándole la bienvenida a Castro en 1989, somos de alguna manera responsables de lo que ocurre ahora en Venezuela. Es una ficción demasiado básica. Muy probablemente, muchos de los que hoy vociferan y nos acusan votaron por Hugo Chávez en 1998.

Los radicales necesitan leer la historia como si fuera un catecismo. Se alimentan de simplezas religiosas. Alguna vez, Ángel Alvarez (@polscitoall), quien sí es un acádemico y se dedica seriamente al análisis político, me comentó sobre este tema y me refirió una reunión donde Teodoro Petkoff señaló que una de sus preocupaciones con respecto al chavismo es que, a su sombra, podría crecer “una derecha extrema, cristera y pinochetista, nunca antes vista en Venezuela”.

Perdónenme el paréntesis: (este es el instante de la lectura en que, como beatas histéricas, pueden saltar otra vez los nuevos fundamentalistas: ¿Lo ven? ¡Está citando a Teodoro! ¡Un ex guerrillero! ¡Otro ñángara de mierda! ¡Son todos comunistas! ¡Eso no se cura!) Fin del paréntesis.

Regresemos: ciertamente, eso ha ocurrido, está ocurriendo. Del tópico recurrente de decir que el socialismo está en la naturaleza de la identidad nacional se ha saltado al Estado petrolero y paternalista, se ha desbordado y ahora impulsa otra explicación de la realidad y una nueva cacería de brujas. Los fundamentalistas rojitos han conseguido un fundamentalismo a su medida. Mientras maniobran con las dos manos, en los bajos fondos de la política, celebran y promueven esta nueva derecha. Es el único dialogo que toleran: la sordera de dos, gritándose, les garantiza que ninguna negociación sea posible.

Ser de izquierda o de derecha, aun con las inmensas dificultades que haya para definir ambas opciones hoy día, no es ni puede ser un delito o un pecado. Se trata de dos posturas legítimas. No son ellas de por sí el problema. Lo que define la tragedia es un ejercicio del poder que convierte a todos los ciudadanos en distintos tipos de víctimas.

La nueva derecha que surge en Venezuela es un espejo del chavismo. Es la derecha que más le conviene al gobierno. En el fondo, cree en lo mismo. Piensa que la única salida pasa por la supresión del otro. Suponen que aquel que piensa diferente es un socialista apátrida y golpista. Si llegaran al gobierno intentarían de inmediato crear su propia hegemonía comunicacional. Todos los miércoles en la noche, tendríamos en la TV a un nuevo animador, con un viejo mazo lleno de púas y un nuevo cartel que ordenaría” “Aquí no se habla mal de la Derecha”. En el fondo, se parecen demasiado. Ambas están lejos de las mayorías. Ambas se empeñan en ignorar la complejidad de esta historia.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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Hablábamos del gobierno de Venezuela y le mencioné entonces el caso de los Operativos de Liberación del Pueblo (OLP), ese salvaje programa de violencia policial y militar que se ha implementado en los últimos años en nuestro país.

En ese contexto, le dije: “Maduro se parece más a Pinochet que a Allende”. La nota salió con este titular y la periodista no tuvo espacio, tiempo o criterio, para incluir la referencia a esta nueva forma de exterminio que son los OLP. Sin embargo, creí que la frase se entendería en referencia al tema del militarismo. En cualquier caso, podría resultar una provocación para aquellos que pretenden, desde la izquierda más arcaica, defender a Nicolás Maduro. Pero quienes reaccionaron con vehemencia fueron otros: Los nuevos fundamentalistas.

Me interesa el tema del militarismo en el proceso que vive nuestro país. Desde su relanzamiento simbólico, que comenzó a hacer Hugo Chávez en 1992, hasta el momento culminante en que se encuentra ahora, cuando un Presidente supuestamente civil le entrega, de manera supuestamente legal, el control de la economía y de las políticas públicas a las cúpulas castrenses.

Creo que necesitamos entender mejor cómo se desarrolló y cómo funciona eso que la verdad oficial llama “la unión cívico militar”: una élite mafiosa, corrupta y criminal, que se aferra al poder e insiste tercamente en legitimarse. Gilles Deleuze decía que las ideologías son una engañifa, que lo que hay que analizar en cualquier sistema es su forma de organizar y de administrar el deseo y el poder. Creo que pensar el país solamente en términos de una pugna entre “dos modelos” es una manera de reforzar el discurso oficial. Al Cártel le conviene que se siga repitiendo que esta historia es un “proceso revolucionario”.

En cualquier caso, todo esto pudiera ser, de manera natural, parte de la discusión sobre lo que ocurre en el país. Sin embargo, ahora, hay quienes desde una nueva derecha se empeñan en simplificar el debate, quienes suponen que la historia solo puede narrarse como un guión escueto: o crees en el libreto castro comunista, o crees en el libreto de la libertad.

Quienes se indignaron frente a mi comparación entre Maduro y Pinochet señalaron, por supuesto, el éxito económico que se le atribuye al dictador Chileno, el respeto a las instituciones que –según aseguran- tuvo su largo gobierno, la condición “comunista” de Allende, etc. Además de ofrecer otro tipo de argumentos, como acusarme de “izquierdoso”, “progre”, “resentido” o “senil y ñángara”; también recordaron –como otras tantas veces- que hace casi 30 años firmé, junto a otros escritores y trabajadores de la cultura, un remitido de apoyo a Fidel Castro.

No creo que sea necesario volver a explicar el proceso que vivimos muchos con respecto a la experiencia cubana. Me parece más novedosa la fantasía de creer que quienes firmamos ese remitido, dándole la bienvenida a Castro en 1989, somos de alguna manera responsables de lo que ocurre ahora en Venezuela. Es una ficción demasiado básica. Muy probablemente, muchos de los que hoy vociferan y nos acusan votaron por Hugo Chávez en 1998.

Los radicales necesitan leer la historia como si fuera un catecismo. Se alimentan de simplezas religiosas. Alguna vez, Ángel Alvarez (@polscitoall), quien sí es un acádemico y se dedica seriamente al análisis político, me comentó sobre este tema y me refirió una reunión donde Teodoro Petkoff señaló que una de sus preocupaciones con respecto al chavismo es que, a su sombra, podría crecer “una derecha extrema, cristera y pinochetista, nunca antes vista en Venezuela”.

Perdónenme el paréntesis: (este es el instante de la lectura en que, como beatas histéricas, pueden saltar otra vez los nuevos fundamentalistas: ¿Lo ven? ¡Está citando a Teodoro! ¡Un ex guerrillero! ¡Otro ñángara de mierda! ¡Son todos comunistas! ¡Eso no se cura!) Fin del paréntesis.

Regresemos: ciertamente, eso ha ocurrido, está ocurriendo. Del tópico recurrente de decir que el socialismo está en la naturaleza de la identidad nacional se ha saltado al Estado petrolero y paternalista, se ha desbordado y ahora impulsa otra explicación de la realidad y una nueva cacería de brujas. Los fundamentalistas rojitos han conseguido un fundamentalismo a su medida. Mientras maniobran con las dos manos, en los bajos fondos de la política, celebran y promueven esta nueva derecha. Es el único dialogo que toleran: la sordera de dos, gritándose, les garantiza que ninguna negociación sea posible.

Ser de izquierda o de derecha, aun con las inmensas dificultades que haya para definir ambas opciones hoy día, no es ni puede ser un delito o un pecado. Se trata de dos posturas legítimas. No son ellas de por sí el problema. Lo que define la tragedia es un ejercicio del poder que convierte a todos los ciudadanos en distintos tipos de víctimas.

La nueva derecha que surge en Venezuela es un espejo del chavismo. Es la derecha que más le conviene al gobierno. En el fondo, cree en lo mismo. Piensa que la única salida pasa por la supresión del otro. Suponen que aquel que piensa diferente es un socialista apátrida y golpista. Si llegaran al gobierno intentarían de inmediato crear su propia hegemonía comunicacional. Todos los miércoles en la noche, tendríamos en la TV a un nuevo animador, con un viejo mazo lleno de púas y un nuevo cartel que ordenaría” “Aquí no se habla mal de la Derecha”. En el fondo, se parecen demasiado. Ambas están lejos de las mayorías. Ambas se empeñan en ignorar la complejidad de esta historia.

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