La anormalidad que nos habita - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 23 JULIO, 2017 12:01

La anormalidad que nos habita

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Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

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Salgo de casa y me siento en situación de secuestro. Definitivamente nuestra vida cotidiana ha perdido su dinámica de normalidad. Me muevo, una vez más, entre la basura que pulula en las calles, los parapetos improvisados y las cuerdas que trancan el paso. Debo saltar los obstáculos mientras la gente me mira de reojo y alguien masculla por lo bajo ‘qué peo con los indiferentes’. Decido no hacerle caso (la llamada resistencia pertenece a una fauna infantilizada y violenta con la cual no me interesa polemizar), y sigo mi camino sorteando como puedo otra barricada. La escena es típica en el devenir de los últimos días. Mientras más se acerca el 30 de Julio, mas se incrementan nuestros grados de locura colectiva. Más se hace evidente nuestra profunda división social. Más erráticos nos volvemos.

Nuestra capacidad para comprender este momento histórico se hace borrosa ante la desesperación que nos causa un futuro que, entre el caos y la anarquía que prepondera, se hace cada vez más incierto. Uno ve rostros de preocupación entre la gente. La felicidad se hace esquiva para quienes viven en una situación desordenada y de profunda incertidumbre. Es terrible que el poder tenga que apelar a las dinámicas más rudas para mantener el orden social. Esta estética de la guerra que vivimos deja, como mínimo, una sensación de desolación en nuestra alma republicana.

Ni en mis sueños más terribles me hubiera imaginado una situación en la cual las fuerzas del orden público iban a permanecer en la calle de una manera tan permanente. Se ha hecho habitual ver pasar a los camiones de transporte llenos de hombres y mujeres uniformados. No me gusta la sensación de haberme familiarizado con el paso de las ballenas y de los rinocerontes a lo largo de algunas calles. Tampoco es normal que los vecinos se encierren a sí mismos en sus propias calles, que nos sometan a un secuestro colectivo cuando les dé la gana, que no se pueda transitar por la ciudad, que cierren el metro, que haya días sin transporte público o que la gente circule a contravía sin control. ¿Qué tipo de sociedad estamos creando?

El ejercicio del poder requiere de una construcción simbólica, cuando se apela a la fuerza cruda y ruda para ejercerlo estamos en presencia de un poder que se desnuda de los elementos que lo justifican y que pierde legitimidad. Se supone que el poder convoca y representa. Una situación como la que vivimos los venezolanos nos hace pensar en un poder que se ha erosionado en su ejercicio y que lo ha hecho porque ha sido incapaz de garantizar mejoras sustantivas en el bienestar de la nación.

No digo que el gobierno no haya hecho nada. Todos los gobiernos hacen algo. Lo que digo es que lo que ha hecho lo ha hecho ineficientemente, que las grandes mayorías no viven mejor y que eso genera un malestar que es evidente, que no es ideológico y que responde, creo, a la ausencia de un proyecto nacional viable en medio de una sociedad fragmentada, llena de resentimiento y desconfianza. Para mi es evidente que nos encontramos en una situación peligrosa sobre la cual tenemos que hacer un llamada de atención. Quizás un primer paso sea el de reconocer que estamos en una situación de ruptura, que estamos invertebrados desde el punto de vista de nuestras instituciones, que enfrentamos un quiebre de nuestra moralidad colectiva que implica un quiebre de nuestros mecanismos de contención. Esto hace que enfrentemos una situación potencialmente violenta sin que, al parecer, tengamos consciencia de ello.

Esto nos pone frente a una pregunta fundamental: ¿Qué hacer? ¡La vieja pregunta que nos persigue cuando la cosa se pone fea! Yo creo que hay que reconocer que nuestro problema colectivo trasciende la lógica electoral. Acá estamos obligados a sentarnos para negociar la manera cómo vamos a seguir conviviendo o reconocer que vamos a la confrontación abierta. Yo no creo que haya medias tintas. Se ha invocado la metáfora del juego de la gallina para explicar la situación venezolana, se ha dicho que ante el choque de trenes el Presidente Maduro maneja una bicicleta. Esa es una visión demasiado ingenua para mi gusto. Acá hay fuerzas que se enfrentan y, hasta ahora, no parecen dispuestas a hacer un viraje. Las consecuencias de un choque serían incuantificablemente negativas para todos. ¿Estamos dispuestos a echarle bolas, sin quejarnos luego?

Lo más barato para todos es construir una salida viable, negociada y lógica que nos permita desmontar la violencia potencial, que nos permita transitar hacia la normalización de nuestras relaciones sociales, que nos permita frenar a los violentos de lado y lado. Debemos movernos hacia el medio, rescatar el espacio civilizatorio. Por ahora queda claro que esto no se resuelve con Plebiscitos ni con Constituyentes, Ni nombrando Magistrados en la Plaza Alfredo Sadel ni mediante la militarización del país, ni quemando canales de televisión ni metiendo periodistas presos; el asunto en mucho más complejo. Cuando las dinámicas culturales se pervierten se impone la violencia, eso nos dice la experiencia histórica. Es necesario rescatar algún criterio de racionalidad ante las dinámicas de esta anormalidad que nos habita.

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